Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 19 de abril de 2014

Me pregunto quién la envía





Me pregunto quién la envía


Me pregunto quién la envía, a esta y a las otras…siempre mujeres, y ya he perdido la cuenta, y cada día más jóvenes… ésta última resulta especialmente turbadora, tiene toda la pinta de una pecaminosa “Lolita”, en la carita salpicada de granos destacan unos labios reventones y bajo la ceñida camiseta  se marcan incipientes senos  y, hoy,  su minifalda a cuadros de colegiala cubriéndole a duras penas el pompis -por cierto de aspecto muy adecuado para, en su caso, recibir azotainas-… hace días que me sigue -y no negaré lo placentero de sentir su presencia detrás de mí-, no pierde comba, -me pregunto cómo hubiese reaccionado si -como pensé y no me atreví a inducir una situación delictiva- hubiese entrado en aquél cineX- la muñequita no para de mirarme de arriba  abajo, demorándose en mis pantalones, y lo hace con descaro, lo disimula mal…pero al final siempre soy yo el que baja tímidamente la vista...  las anteriores eran mucho más discretas, y algo menos jóvenes… claro que  quizás han cambiado de estrategia y ahora se trata de de eso, de que se note, de que no haya lugar a dudas, de que recepcione el mensaje limpio, sin interferencias, de que sepa que ella, por encargo de ellos, está ahí observando y de que soy yo el observado, y de que es así sin interrupción, de forma constante  y cada vez que pongo un pie en la calle… efectivamente algo puede estar cambiando… el asunto viene de lejos y el caso es que hace tiempo que terminé por acostumbrarme a la cercana y silenciosa compañía -sí, digo bien, compañía, no puedo negar que han cubierto un vacío, ¡Ah, cuanto les debo!- de estas sucesivas -en ocasiones se turnan varias el mismo día- y acechantes mujeres… ¿por qué me siguen y observan? ¿por qué husmean en mi vida? ¿Qué significado tiene este seguimiento y vigilancia, esta constante observación de todo lo que hago y de a dónde voy y de con quién, es un decir, estoy? …siempre solas, nunca tuve la ocasión de verlas hablar con nadie, tampoco que tomen notas o hagan fotos, aunque sí suelen hablar, y ahora que lo pienso quizás disparar, por el móvil… últimamente me ha dado por pensar en la posibilidad de que no sólo esté siendo sometido a vigilancia en el exterior, digo cuando salgo a la calle, sino, y por el mismo sinsentido, también en casa… ¿Cuando estoy o cuando no estoy en ella? …ciertamente nunca, ninguna de ellas, ha traspasado el portal, nunca he llegado a verlas en la escalera de casa o en el ascensor, nunca han llamado a mi puerta… desde la ventana, oculto tras las cortinas, suelo contemplarlas mientras me esperan cada mañana, en festivo o laboral, haga frío o calor… soy persona de costumbres rutinarias, ellas y quien les envía lo constatan pronto… aunque hay días que me levanto algo travieso y las desconcierto con algún inesperado cambio en los rituales habituales… si por la mañana retraso unos minutos la salida, puedo ver como mi vigilanta o guardiana o celadora entra en ebullición, camina cada vez con paso más impaciente a lo largo de la acera o cruzando mecánicamente la calle y cómo mira repetidamente hacia arriba, en dirección a  mi balcón o las ventanas que dan a la calle y de nuevo hacia abajo, al portal y cómo mueve los hombros o se atusa nerviosamente el pelo y mira el reloj de su móvil y cómo por fin envía algún mensaje o realiza alguna llamada, supongo que para dar aviso a la superioridad de la imprevista anomalía y recibir las instrucciones oportunas...  por mi parte también aprovecho esos momentos, que evidentemente provoco con toda la intención, en los que consigo que provisionalmente se inviertan los papeles de vigilante y vigilado para fotografiarlas a ellas -para esta labor me resulta de inestimable ayuda mi cámara digital marca “acme” dotada de magnífico zomm que facilita la obtención de nítidos primeros planos, a “Lolita” puedo contarle, sumas y restas, las espinillas, a pesar de la distancia- de esa manera he podido apañarme una más que curiosita colección de fotos de “mis chicas”, por supuesto acompañadas de las respectivas anotaciones referentes a cada  una de ellas y sus modelitos o peinados… bueno, pienso, que no deja de ser una forma de devolver, a quien quiera que sea, su propia medicina… digo que no sé si exactamente de todas ellas, claro, algunas cuando bajo a la calle o doblo una esquina, ya han sido sustituidas, desde luego sí de todas las que me han espiado desde el mismo momento en que  fui consciente de estar sometido a control y seguimiento…  por qué las van sustituyendo cada cierto tiempo es algo como tantas otras cosas de este asunto que ignoro, pero el caso es que el archivo de fotos que he ido completando ya pesa unos cuantos megas y los textos -¡la ficha completa!- que las acompañarán también ocupan varios documentos de Word… en cuanto empiece a publicar el material en las redes, con lo que espero, en primer lugar, tocar alguna cuerda que suene y resuene, y en segundo lugar, explicitar un intento para el inicio de “un diálogo” con no sé quién…  supongo que dado ese paso podré comprobar –he colocado sutiles trampas- si también dentro de casa -asunto que no me parece de risa sino más bien de espanto- o sea, en el ordenador, en el móvil, en el gotelé de las paredes… existe alguna okupa cotilla… aunque a veces también me pregunto si ella, cualquiera de ellas, sabe quién la envía.





PS: Dice mi psiquiatra, al que como es natural le cuento todo, bueno, todo aquello que estimo que desde su delicada e inestable posición es capaz de comprender,  que eso de no distinguir entre lo que acontece en el exterior y lo que por el contrario sólo “ocurre” en el interior, es una función mental que llaman diacrítica y que hay momentos o episodios en el transcurso de la vida de ciertas personas, en los que la tal función no funciona, está suspendida.
Yo creo, porque son muchas sesiones, que me está insinuando algo sobre los cada día más denigrados significantes vacíos envueltos en esplendores verbales o sobre los peligros de mezclar, -no agitar, suele ser su chiste inevitable-  las drogas blandas de mollera y los interrogantes válidos de cadera para abajo, junto con las embelesadoras recetas del declinante neoliberalismo pro-estatista. El hombre, y me duele decirlo, está como una chota y sigue empeñado –desde la primera sesión- en que el origen de todo hay que buscarlo en la complicada relación que mantuve con mi madre… a la que por cierto, y se lo he repetido miles de veces, nunca llegué a conocer…  pero, qué quieren que les diga, por mi parte a estas alturas ya no podría prescindir de su, aunque excesivamente onerosa, compañía…  esa, exterior o interior, que la vida, a cualquier precio, siempre me ha negado.

ELOTRO



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