Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

sábado, 15 de marzo de 2014

Ocurrencias






De fin en fin y tiro porque me toca.

Nunca me convencieron los “finales” felices. No logro, además,  “leer” los “finales” tristes. Prefiero los relatos cortos aunque rebosen de excesos y largos aunque resulten escasitos, tristes de troncharte y felices a lágrima viva, pero sin “fin”, que por ahí no paso. Aunque se titulen (esto con el único “fin” de abundar) “El final al fin de todo fin” y desde el principio sepas (o te sepan) cómo acabarán el chico y la chica, o el chico y el chico o la chica y la chica o el maduro ciego y la menor vidente o la vieja verbenera y el mancebo hogareño. Aunque en la historieta salgan alcobas y se folle menos que poco. Aunque no pase, lo que es pasar, nunca nada de nada en ningún sitio o pase de todo a todos todo el tiempo en todos los territorios (los ignotos inclusive) y no se pronuncie un solo taco ni se diga una sola verdad sobre, es sólo un ejemplo, quién es el bueno (no tiene, o sí, por qué serlo todo el tiempo) y quién el malo (en este caso tampoco importa una mierda la duración del ciclo) y por qué (o sutiles insinuaciones que no hirieran, en su caso, ni a los más tibios socialdemócratas con mano -se entiende- en premios y subvenciones).
Aunque ignoremos (adrede o a sabiendas del mecanógrafo omnisciente) dónde está situado (esos no-lugares tan poco comprometedores y tan pintorescos), en qué época, dentro o fuera de qué calendario o qué coño o qué churrinita es el que corta el bacalao. Aunque fuese un relato abstracto, blanco sobre blanco, de esos de: ¡que arree el lector!




No puedo tragar nada que concluya con un “final” (sólo ellos “poseen” el poder de “nombrar” y “colocar” la meta: el innegociable “esto es todo”) , del color que sea, que me obligue (las maneras no son irrelevantes, ellos prefieren las más aparentemente afables, en las que por contra subyace la más agresiva hostilidad) a aceptar el trazado de la línea (figurativa o abstracta) que subraya y acuna el resultado definitivo antes de haber principiado, en mis partes, a digerir la canónica derrota (a todas luces y sombras omnipresente e inevitable) del que (desde tiempos inmemorables e incluso ancestrales) es “contado” (silenciado) y “no cuenta” (no puede, no le dejan, alegan que no le corresponde por ley de mercado mas que ejercer el papel de extra sin frase –se entiende- que “diga”) nada. Y claro, es del género bobo esperar que sea de la mano de “ellos”, los detentadores del poder y sus siervos (con sus reglas, sus tabúes, sus límites, sus sacrosantos intereses…) de donde provenga la decisión de orear los “asuntos” sistemáticamente barridos debajo de la alfombra y ponerlos, “al fin”, bajo los focos y sobre el tapete para a continuación someterlos a la indagación, el escarbe, el análisis, la removida, la exploración y “en fin”, “la explicación racional de las cosas” que a “nosotros”, los sometidos, los silenciados, los explotados, nos interesa, más allá, faltaría más, del “Obby” de cada uno.  






De tal manera que, ese no por hábil menos amañado “final”, busca ser (y lo acaba imponiendo) el continuo principio del continuo no-empezar, lo que también podríamos llamar “el silencio ininterrumpido” del “contado”, que figurar figura (no les queda más cojones, por lo de la verosimilitud, digo) pero  que como tal “no cuenta”. En resumidas “cuentas”, la derrota eterna; y a pesar de lo que suelen poner en las solapas, tomen nota: el mismo arquitecto, Dédalo arriba Dédalo abajo, el mismo laberinto, el mismo hilo, el mismo final, a plazo (o distancia) fijo. Aquí sí, (estimados y fieles clientes) sin “fin”.

(No, si tontos no son.)

ELOTRO



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