viernes, 28 de marzo de 2014

He decidido largar por esta boquita.





He decidido largar por esta boquita.
(Desplieguen las orejas y tápense la nariz…)


Si lanzan una somera miradita alrededor, sobre todo en dirección al selecto escaparate  “de triunfadores y gentes instaladas en los escalones del  éxito”,  constatarán cómo la hipocresía y el cinismo campean a sus anchas y, lo que es más significativo, se exhiben sin ningún recato. En otras palabras: tan alto como claro se presume y se alardea de “desvergüenza e inmoralidad”. Es lo más “in”, dicen, lo que más se lleva entre los privilegiados tocados por la fortuna.
Ciertamente y sin ningún esfuerzo se puede constatar la distancia existente, es decir la absoluta incongruencia, entre lo que dicen los sinvergüenzas “in” –la teoría- y cómo lo dicen y lo que  hacen –la práctica- y cómo lo hacen.

Y no se trata, lector, solo de la clase política, desde la cima del Estado hasta el más modesto concejal, -éstos al fin y al cabo disponen de la indecorosa coartada, pero coartada al fin,  de tener que ganarse, cada cierto tiempo, el voto del estúpido rebaño electoral- sino de toda una serie de estamentos sociales que, de una u otra forma, precisan ofrecer, (por lo “rentable y lo popular”) una imagen pública favorable, es decir, “legitimadora” de su destacada y lucrativa posición.







En esta ocasión, nos ceñiremos al campo de los llamados “artistas”, gentes del arte y la cultura propiamente dicho, y lo haremos con manga ancha, para que quepan todos los “creadores”: Pintores, músicos, cocineros de diseño, diseñadores de cocinas, cineastas en ciernes, cuentistas sin cuentos, poetas de monocultivo intensivo, locutores noveleros, expertos lenguaraces en lenguas difuntas,  medio-malditos-multimedia con carnet y sin obra civil, y otros “creativos” de pacotilla… en fin, todos los que se lo montan “de artistas”.

Hablamos, claro está, solo de los que están bien apoltronados en el escaparate y hacen –unos más y otros menos- caja. El que más y el que menos, es, en lo fundamental, un auténtico parásito social, esto, que les puede sonar muy duro e incluso ofensivo, es aceptado en cambio por todos ellos, en la intimidad,  claro, como una realidad “objetiva” -de la que por supuesto cada uno por separado se considera la “subjetiva” excepción de la regla-.
Sin mucha resistencia y tras varias copichuelas y algún que otro canapié, cómo no, a nuestra costa; suelen admitir que se trata de “oficios” directa o indirectamente subvencionados y que, por tanto, chupan todo lo que pueden (viciosa y reminiscente actividad mamatoria), cuando les toca, de la teta del Estado,  que, a cambio, solo les pide que produzcan piezas llenas de: ruidosa, esplendorosa e ilegible vacuidad. 






Se les cataloga de “parásitos sociales” (ya era hora de que se callaran ciertas cosas), quizás con excesiva severidad, porque esta gente no se ocupa de producir “cosas” que por decirlo de algún modo satisfagan necesidades -reales o artificiales-  comúnmente consideradas (por las gentes de orden) básicas, primordiales, esenciales desde el punto de vista material/vital, o sea, directamente conectadas con las necesidades de estricta supervivencia y mantenimiento de las constantes vitales, digamos, (y disculpen que no se me ocurra otra locución tan particularmente repugnante) animalescas, como, sin ir más lejos, la manduca cruda (sin especias ni nombres rimbombantes ni nada).
Ellos por su parte, los llamados “parásitos”, suelen alegar que, aunque no alimenten materialmente los cuerpos, -sí el suyo y el de los suyos a cargo-  dan, en cambio, de comer al “coco” y al espíritu -lo nutren con sus obras llenas de belleza, misterio, emociones... y doctrinas y propaganda- de cada uno de los miembros, no totalmente “incultos”, del rebaño social que, sin su “arte”, serían menos dóciles de “coco” o, por el lado metafísico, morirían de inanición “de espíritu” y abrumados por el exceso de preguntas sin forma y la falta de respuestas sin contenido.
De lo que deducen, y no carecen de cierta lógica, que tal contraprestación, de indudable “interés social y político”, invalida en gran parte la hiriente calificación de “parásitos sociales”, al menos en lo que a cada uno de ellos respecta por separado.



Llama la atención en los miembros de estas tribus, lo bien dotados que están (lengua afilada y vista de lince) para despellejar, hasta dejarlos literalmente en carne viva, los cuerpos de sus compañeros de profesión (aunque no le hacen ascos a ninguna otra especie); que no tengan, eso sí, la fortuna de formar  parte de su “bando o cuadrilla” (todos ellos, como no podía ser de otra forma, individuos de muy menor talla).
 Si un miembro de la cuadrilla, o sea “uno de los nuestros”, es premiado por el Estado o algunas de sus administraciones o instituciones subordinadas (es decir, con el dinero de todos), por un jurado elegido a dedo en votación de dedos unánimes: ¡Chapeau!
Ahora bien, si cualquiera de esas mismas instituciones y sus jurados elegidos a dedo, comete el delito de premiar a algún miembro (por supuesto, este sí, pringoso oportunista y adulador del poder) perteneciente a otra tribu rival, “banda”, “cuadrilla” o “facción” o simplemente a un (una) extraño y solitario y desorientado infeliz que pasaba por allí (esto pasa poco pero pasa), entonces…  ante tamaña provocación dictatorial y arbitraria, no queda otra que hacer tronar la artillería pesada y vejatoria, ofensiva, lacerante, injuriosa, desacreditadora, y enmierdadora… para que quede bien claro quienes son los nauseabundos practicantes del cinismo y la hipocresía…




Si el viaje y la conferencia y la estancia y los gastos de hotel y las dietas caen de nuestro lado… ¡Chapeau!
Si un día aparece un “artista” (por ejemplo Santiago Sierra, “que no es de los nuestros”, ¿lo cogen?) que dice NO, que rechaza un sustancioso premio concedido por “el gobierno socialista” y lo hace exponiendo las razones que sustentan su decisión… entonces, el mismo poeta ecologista y anticapitalista (que no duda en alagar a su “Gabilondo” ex rector y ex ministro) lo tacha de cínico e hipócrita… y añade que sus posiciones le producen náuseas… ¿Cinismo, hipocresía, náuseas?
Curiosos esos viajes, esas conferencias, esas lecturas, esas exposiciones, esas reseñas elogiosas, esos premios, esas becas, esos encargos institucionales… capaces o no de provocar náuseas dependiendo del agraciado (o desgraciado) final.
¿Será que el problema no es “el sistema” sino la balanza de pagos que tiene conmigo?
¿Es bastante (hipocresía y cinismo) por hoy?


ELOTRO


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