Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 12 de febrero de 2014

Esopo / Velázquez






Esopo / Velázquez

La existencia de Esopo dicen los que saben que no está probada, pero ahí están sus fábulas -sobre cuyo origen nadie duda: los relatos orales populares- recopiladas en principio por otro –y luego muchos otros- al que naturalmente también hemos de creer. Ya metidos en creencias dicen que fue esclavo y después liberto, allá por el año seiscientos, cien arriba cien abajo, antes de Cristo. Se dice también que Sócrates memorizó algunas de ellas y por otra parte tenemos constancia de que esas narraciones satíricas han acabado en los libros de texto de las escuelas. “Compensa estar preparado para el peligro”, escribió, y resulta que cuentan que murió asesinado “tras una acusación falsa de robo”. No somos (ni siquiera eran en la época arcaica) nadie.




“Complace a todos y no complacerás a nadie” (Esopo).

En la pintura que  Velázquez dedicó a Esopo todo son pliegues y arrugas… lo que me hace pensar que este cuadro sería una mina para el gran Deleuze… donde podría husmear a sus anchas en esos prometedores “pliegues”, los pliegues de las enseñanzas morales, más o menos adoctrinadoras, a través del comportamiento de esas bestias “tan humanas”; sin ir más lejos: “El lobo con piel de cordero” se titula una de sus fábulas..  El que sí ha escrito un texto muy interesante sobre esta obra velazqueña ha sido mi admirado John Berger, al que como siempre que “pienso” en pintura, tengo muy presente. Dice Handke: “Sólo puedo pensar a través de la escritura.” Y por su parte Vázquez Montalbán: “Ordenar parcelas del lenguaje no es entender”… y digo yo que por ahí entremedias andamos, no sé si ordenando o desordenando signos, señales, huellas, datos, símbolos, pensamientos incompletos…

El caso es que la asombrosa imagen que nos proporciona Velázquez de Esopo no creo que pueda dejar indiferente a nadie. Todo lo contrario, resulta altamente turbadora. Para empezar, en su ancho y ajado rostro (escribe Berger: “He conocido a viejas campesinas con una cara como la suya”.),  esos dos ojos cansados –que indudablemente tienen mucho, incluso demasiado,  visto- nos taladran con una majestuosa y, en cierto modo, desafiante mirada “desde arriba”; podemos apreciar que el personaje tiene los pies bien plantados en el suelo, pero esa imponente cabeza -donde la extraordinaria luz que baña toda la pintura “se detiene” de forma especial- que corona el ángulo superior del sólido cuerpo/triangular con el que ha compuesto el pintor sevillano el lienzo. Parece, aun sabiendo con Esopo que “las apariencias, a menudo, engañan”, situada “en las alturas”, sean estas del saber entendido como vital, no libresco; del descreimiento, de la decepción…  también de “flema vacuna” han calificado algunos animalitos humanoides la expresión de este Esopo de aspecto fatigado pero  robusto (¿algo animal? Yo no lo veo ni por el forro) de ondulados y desordenados cabellos entrecanos –detalle que permite a Velázquez introducir un vibrante movimiento basado en juguetonas y certeras pinceladas colmadas de tonos grises, blancos y negros- que carga en su mano derecha con un viejo libro (¿el idealismo?) -¡qué fabulosa simbiosis entre el rostro, la carne del torso y las manos, el tosco y deslucido sayo, el muy sobado libro y las raídas botas!- y que oculta la izquierda en la cintura, a la altura de su algo prominente barriga (¿el materialismo?), aprovechando un pliegue del gastado sayo que mala y pobremente viste su “evidente” desnudez. Lo bonito, el ornato, el afeite… no son materiales del gusto de don Diego, y claro, no figuran en el reparto. Podríamos decir en palabras de Roland Barthes que el Velázquez que logra erguirse sobra la "Tradición",  busca hacer estallar la pintura clásica e internarse en insólitos caminos "de la problemática del lenguaje pictórico", o cosa parecida.
Sigamos. Los dos vértices inferiores de la composición triangular están “rellenos de color, de peso, de vacío atmosférico” con forma de un barreño para el agua o el tinte a su derecha y a la izquierda una piedra, algo parecido a una corona chunga, unos retales de tela, pellejos secos y pieles, la mayoría atributos clásicos del oficio de curtidor. Aquí sí, en este interín de la obra, el "estilo" de nuestro pintor ha dejado sitio a la "Tradición", utilizando un recurso simbólico muy desgastado... ¿o quizá no? lo cierto es que la obra velazqueña anda sobrada de enigmas por desanudar...


Dice Berger que Velázquez era un escéptico y que su pintura era escéptica, y dice también que el Esopo que pintó nos indica de forma inequívoca con su mirada que era un hombre escéptico… y que ese escéptico Esopo no era más que un reflejo del mismo Velázquez que a lo largo de su vida no hizo otra cosa que pintar apariencias, reflejos… y de un modo tan naturalmente escéptico que le impedía, cuando con sus pinceles documentaba y levantaba acta de lo que veía, adoctrinar… y ELOTRO, ya se pueden imaginar, suscribe. Aun sabiendo, con Esopo, Velázquez, Berger... que “las apariencias, a menudo, engañan”.


ELOTRO



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