Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 22 de enero de 2014

Velázquez y los bufones.(1)






Velázquez y los bufones.

“Me tomo mi tiempo, como si dispusiera de todo el  del mundo. Tengo todo el tiempo del mundo.” escribió John Berger acerca de  la actitud  con que abordaba la realización de un determinado dibujo.  Pues más o menos con ese espíritu he visitado hoy el Museo del Prado. Domingo gris, frío y lluvioso.

Llevo años, casi treinta, acudiendo asiduamente al Prado y, salvo en los casos de señaladas exposiciones temporales, sigo preguntándome cada vez cuál sería la más adecuada manera, (tampoco tengo tan claro que la que practico habitualmente  sea tan inadecuada) de “visitar” esa enorme cantidad de obras de arte que aloja de forma permanente. Y no se trata sólo de las limitaciones de la propia “capacidad digestiva”, que también, sino de la mejor oportunidad o la certera selección de nuevos enfoques o “variantes de abordaje” a tan variado y denso tesoro artístico.  



El caso es que cuando ya dirigía de forma automática mis pasos hacia la sala donde conviven las obras de Brueghel y El Bosco… cambié bruscamente el rumbo, tomé el ascensor y me planté en la sala de Velázquez donde cuelgan sus retratos de bufones… y de esa imprevista manera pude acotar, (un solo pintor, Velázquez; y un solo  asunto, retratos de bufones) la visita dominical. Ocurre que en estos días aún sigue colgada la exposición temporal: “Velázquez y la familia de Felipe IV”, de la que forma parte, cómo no, el famoso cuadro “Las meninas”, en el que Velázquez incluyó a dos personajes de los llamados “gentes de placer”, la macrocefálica Mari Bárbola y Nicolás Pertusato (el enano que a la derecha del cuadro parece querer dar una patada al perro).

“Gentes de placer” o bufones, hombres y mujeres deformes, grotescos, niños, enanos que bullen, en vez de en circos o manicomios, alrededor de reyes y poderosos mandatarios –de “afortunados cortesanos” los calificó Quevedo-, y tan obviamente “raros, monstruosos e inferiores” como, precisamente por ello, “especialmente consentidos”; se afanaban en divertir y entretener en salones y  grandes eventos de la corte a sus palaciegas señorías. Por medio de sus talentos cómicos o tragicómicos, habilidades, locuras, ridículas payasadas o  agudezas y siempre ayudándose de sus chocantes y extravagantes anomalías físicas o psíquicas.

El llamado “pintor de cabezas”, el consumado retratista que fue Velázquez, nos ha legado una estupenda serie de obras maestras en las que “retrata” de manera excepcional a un variado conjunto de bufones pertenecientes a la corte de los Austrias.




Don Cristóbal de Castañeda y Pernía, “Barbarroja”,   bufón de la corte de Felipe IV entre 1633 y 1649.  Fue un personaje corpulento, de rostro tenso y sanguíneo y de fuerte e irascible carácter, y en algún caso de ingeniosa irrespetuosidad incontrolable (un chiste sobre  el “intocable” Conde-Duque de Olivares) dicen le granjeó castigo de  destierro en Sevilla. Velázquez lo pinta con una mirada feroz, con gesto bravucón, con la espada recién desenvainada y ambas manos crispadas, la que empuña el espadón y la que sujeta la vaina. Lo viste, de colorado, a la turca, pero de chunga, más de bufón que de corsario, con un cómico gorro o turbante. En el museo noté, menudo soy yo cuando he mirado algo miles de veces, que el manto que le cuelga sobre el hombro izquierdo era un pegote. Leo ahora, no hace falta que me crean, que efectivamente es de “otra mano”. El manto tiene un acabado pulido y relamido, mientras que el resto de la obra tiene el sello inconfundible del pintor sevillano, pinceladas muy sueltas pero “exactamente en su sitio”, con muy poca carga de pigmento y con grandes zonas sólo abocetadas aunque con delicadísimas gradaciones de luz… “por acabar”, que dijeron medio siglo después  los del inventario…

ELOTRO


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