domingo, 26 de enero de 2014

Velázquez y los bufones. (y 3)





 Velázquez y los bufones. (y 3)


He de confesar que soy un asiduo practicante de ese ridículo juego que consiste en acercarse -hasta que suena la alarma- y alejarse -hasta el lamentable e involuntario pisotón-, con mirada y gesto de “interesante”, de una obra de arte; escena esta  que tantas veces podemos observar en los museos, (No me refiero a los disciplinados componentes de esos rebaños -que desfilan enfilados de uno en  uno- de turistas férreamente cronometrados por el guía de la agencia, o auto-cronometrados por su propio afán exclusivamente cuantitativo) y cuando se trata de Velázquez, aún más.
La “manera” del pintor sevillano, claro que dejando a un lado sus primeras obras de aprendizaje, agradece en mi opinión ese tipo de mirada que va del conjunto al detalle y de este a la distancia que permita abarcar la pequeña pieza en el engranaje total. Nada de miradas de refilón. No sé si me explico.
Por ejemplo, “Las meninas”, y no me refiero a la obvia distancia necesaria para abarcar una obra de esas dimensiones, sino, más bien para interrogarnos sobre esas decisiones que llevan a Velázquez, por otra parte un gran transgresor,  a saltarse las reglas de la perspectiva  y colocar en primer plano un rostro tan desenfocado y desvaído, ¿el movimiento?, que parece por su sucinto tratamiento plástico, lumínico y cromático más un personaje borroso  al fondo, en la distancia. Y justo a su lado, en línea con respecto al observador, otra figura tratada con absoluta nitidez (Circunstancia que se repite igualmente en  “Las hilanderas”). Si el tal Téophile Gautier exclamó ante esta obra: “Pero ¿dónde está el cuadro?”, cualquiera de nosotros enfrentado a estos “contrasentidos”, podría preguntar: “Pero ¿dónde se debe situar el espectador ante un juego de espejos o espejismos de perspectivas antagónicas?”… y así, cuando crees que te acercas en realidad puede que te alejes y al contrario… ¿o no? ...sucede en las obras de Velázquez que las esencias se pueden colar por atrás, o por cualquier otro ángulo inesperado, cuando nadie está mirando... 
En principio podría tratarse de otro enigma velazqueño, de una propina… con el que podemos entretenernos y aprovechar para internarnos en territorios menos hollados, (sobre todo por gente, como el menda, de  clase poco instruida) de su obra…





Francisco Lezcano, el Niño de Vallecas. Vestido de paño verde, color propio de las cacerías. El paisaje que asoma al fondo es el habitual velazqueño, la sierra de Madrid. Enano deforme que sirvió al príncipe Baltasar Carlos, al que Velázquez pintó en más de una ocasión de cazador y con el mismo fondo serrano. Al enano, vizcaíno de origen, lo sitúa junto a lo que parece una cueva, con mirada huidiza, vacía y con unos naipes en las manos. El modelo, muy expresivo en su particular atmósfera de cretina inexpresividad nos muestra una curiosa postura de equilibrio inestable: se contraponen la inclinación de la cabeza, con la de los hombros y las piernas. Y, qué me dicen de ese bocado de luz y profundidad que sufre el cuadro en su parte superior derecha. Un prodigio de composición, ¡en un pintor del que no se conocen dibujos o bocetos previos de tanteo y diseño!






El bufón Calabacillas, llamado erróneamente el Bobo de Coria. Es curioso e instructivo comparar este retrato de tal Calabacillas con el que le hizo el mismo Velázquez unos veinte años antes. Composición, luces, pinceladas… bueno, ahí está a nuestro alcance toda una lección sobre cómo “evolucionó” un joven pintor dotado de un talento innato pero de registros muy limitados, hasta convertirse en el “pintor de pintores” que diría Manet.  Nuestro bufón tiene a su izquierda una calabaza en la que se pueden apreciar, tras el paso del tiempo, algún que otro “arrepentimiento”, aunque dicen los que saben que la tal calabaza también podría ser una jarra de vino. En fin, sabios, y chiflados, tienen las infalibles iglesias. A su derecha tiene una gran calabaza dorada, esta sin duda, pero que ha debido de ser pintada con posterioridad a la figura ya que, otra vez el paso del tiempo, ha hecho emerger las capas de pintura oscura de la capa, por detrás de la calabaza. ¿Trabajo en progreso? En cualquier caso, Velázquez siempre en vanguardia, como sin querer, nada de requisito necesario... 
De este estrábico bufón se nos dice que: “no era bobo, no era enano y podía ser, perfectamente, un truhán”. ¡¡Julio Iglesias!! Y añaden: “…vivía como un señor, disfrutando de carruaje, mula y acémila y de la ración correspondiente”. Ojo,  acémila, aquí, es tributo.




Don Sebastián de Morra. Yo miro a este enano y veo la mirada de Pavarotti. Ya es manía. Digo la mirada, no ese cuerpo, con ese par de muñones, de muñeco de feria, ¿No parece un muñeco de ventrílocuo? Bueno, pues no. Este introspectivo, serio y triste bufón de mirada intensa, era todo un tipo y tenía criado a su servicio. De todos los bufones, este me parece el más desdoblado, o articulado, como un dos piezas. La fuerza, el empaque y la nobleza de esa “cabeza”, contrasta enormemente con el resto del cuerpo, tan desmadejado, tan embotado, tan de muñeco relleno de trapo o deshuesado… el violento contraste, en mi opinión, penetra en los huesos del espectador y mueve con fuerza a la compasión. La tela es un prodigio de colorido armónico, negros, grises, verdes, rojos, amarillos, tierras… El trabajo de sucesivas capas de pintura velada en el rostro, iguala, si no supera, a cualquiera de los retratos de la familia real que hiciera Velázquez. Esto creo que vale para todos los aquí reseñados, mucho me temo que el maestro, a la hora de pintar, no hacía demasiados distingos aristocráticos… que mejor ejemplo que, una vez más, Las meninas…

Para terminar, me parece que viene a cuento esta cita de Raymond Chandler: 
"Un maestro de escuela que tuve hace mucho decía: “Sólo se aprende de los mediocres. Los realmente buenos están fuera de nuestro alcance; no podemos ver cómo logran sus efectos. Hay mucha verdad en ello."


ELOTRO



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