Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 24 de enero de 2014

Velázquez y los bufones. (2)






Velázquez y los bufones. (2)

El hecho de que Velázquez, artista de producción muy escasa, llegase a considerar que la peculiar historia o “experiencia de vida”, de estas “gentes de placer”, de estos bufones, fueran historias que pedían ser contadas, plasmadas para su contemplación y además por el pintor oficial de la Corte, resulta ser otro de los numerosos enigmas que el misterioso don Diego nos ha legado.
Me atrevería a decir que cuando Velázquez contemplaba a los bufones de la Corte, más allá del "ojo mecánico", en cierta manera, se estaba contemplando así mismo. Claro que salvando la distancia, cuya dimensión -el observador sólo cuenta con las "razones visibles"- él estimaría. Colega al fin y al cabo en las tareas de servidumbre (José Moreno Villa, dixit), supongo algún que otro pensamiento más o menos insoportable o quizás cierta reflexión e identificación y como resultado no menos inquietud ante aquellas demasiado cercanas:  “experiencias de vida”. Velázquez cuando muestra, invariablemente, juzga. Su pintura nunca es (ni nos permite ser)  indiferente. Una oferta que, para el mirón, no es posible rehusar o ni tan siquiera eludir. Velázquez, un tipo de flema, tranquilo, lento… nos atrapa con la veracidad incontestable y cautivadora de su “manera” de contar, sirviéndose de  lo que podríamos llamar "una documentada crónica", a lo que añade las “fuentes” de su abastecimiento real e imaginario que, consigue, en la mayoría de los casos, un impacto tan sensorial como intelectual; y, completa el ritual, remolcándonos, sin la más mínima posibilidad de resistencia por nuestra parte, a su nebloso, austero y escéptico territorio (“no fue por estos campos el bíblico jardín”). ¿Acaso la pintura no podía ser -como le contó Rubens y pudo ver en Italia- de otra manera? Así de provocativa era su apuesta, y así de perturbadora para sus contemporáneos... ¿y aún hoy?




El bufón llamado don Juan de Austria, del que no se conoce identidad, aunque trabajó en la Corte varios años, entre 1624 y 1645. Juan de Austria era su irónico apodo en referencia al hijo de Carlos V, héroe de la batalla de Lepanto en 1571.
Este retrato es una obra maestra excepcional por numerosas razones: es un retrato trágico, que nos habla de de decadencia, de derrota, de desastres… y no solo en la expresión de ese patético rostro, o de esa coreografía de armas y trofeos desperdigadas por los suelos o la escena naval, por cierto auténtico alarde de maestría expresionista (¿Vislumbran a Kokoschka o a Turner?), que apreciamos a la espalda, al pasado, del “buffone”; destacan los colores sutiles y armoniosos, de materia muy fluida, “casi acuarela” ha dicho alguien sin duda deslumbrado por las luminosas veladuras. Era tal la nobleza que desprendía el retrato que confundió a los expertos sobre la “identitidad” del modelo. Retrato que Goya admiró y  eligió para  grabar al aguafuerte y la aguatinta (inexcusable).





El retrato de “Pablo de Valladolid”, que también fue titulado “El cómico”, dado que  eso podría desprenderse de la pose comediante y recitativa –de eso también iba la faena del bufón-   que nos muestra en el retrato. Gesto muy vivo, declamatorio, mirada melancólica sobre el observador, plantado sólidamente con las piernas abiertas; excepto la golilla, vestido y calzado de negro; sobre un fondo claro tan indefinido como desaparecido, desusado en la tradición píctorica, insólito, aparentemente infinito ya que carece de las habituales marcas o límites visibles o sugeridos: suelo, paredes, vértices u horizontes. Pero ahí tenemos en todo su esplendor la peculiar perspectiva atmosférica de Velázquez, y esas inciertas sombras, vibrantes, proyectadas por el personaje y que se escabullen a su izquierda. Dicen los expertos que esta jugosa lección de pintura la aplicó Manet (que quedó deslumbrado ante las obras de Velazquez, “el pintor de pintores”, en su visita a Madrid en 1865)  en su famosa obra “El pífano”… y bueno, sí, algo sí, pero no, su atrevimiento a pesar del tiempo “a favor” transcurrido fue menor, muy menor… en mi opinión. Puede ser instructivo comparar ambas obras, en sus respectivos contextos históricos y secuencia temporal. Y así poder catar el progreso… de la decadencia… no sólo artística…




El bufón don Diego de Acedo, el Primo. También se dice que don Diego no era bufón, sino funcionario de palacio. “Según Moreno Villa era encargado de la estampilla con la firma real, a cuya tarea pueden referirse el enorme infolio que maneja en el cuadro y el librillo de hojas casi sueltas sobre el que se posa el tarro de cola para pegarlas. Otros dos libros parecen indicar cierta manía literaria, lo que me hizo sospechar si el apodo de El Primo, con que se le conocía en palacio, no sería alusión a un personaje del Quijote (2ª parte, capítulos XXII y XXIII), así apodado, cultiparlante de pretensiones librescas…”

Este prodigioso retrato contiene varios detalles curiosos. En el fondo, donde aparece la sierra de Guadarrama, estupendo a pesar de estar poco más que abocetado, es decir, claramente inacabado; se puede apreciar cómo Velázquez en un momento dado en el transcurso de la faena ha limpiado descuidadamente sus pinceles (Pero, por favor, no seamos tan cretinos de calificar de detalle genial lo que no pasa de ser un trivial y desaseado descuido). Y así quedó. Detalle que contrasta con el elegante y cuidadoso acabado del resto de la tela.

Extraordinaria la “viveza” de la naturaleza muerta del primer plano, el espectacular contraste entre las minúsculas manitas del personaje y el desmesurado tamaño del libro, el enorme sombrero negro que corona el majestuoso triángulo oscuro que marca la composición de la tela. Personalmente siempre he sentido devoción por ese trocito de pintura que, a la derecha de la rizada ola de hojas, contiene el tarro negro con la cola y el irregular pincel blanco. El refinado cromatismo del lienzo y su extraordinaria armonía, no debieron de pasar desapercibidas para ese gran admirador de la obra velazqueña que fue J. M. Whistler.

ELOTRO



*** 

No hay comentarios:

Publicar un comentario