miércoles, 1 de enero de 2014

Hans Bellmer (1902-1975)





Cualquier obra del artista de origen polaco Hans Bellmer (1902-1975) con la que pueda tropezar en alguna exposición de las que se celebran sobre o en torno al movimiento surrealista acaba obligándome sin falta y sin ningún tipo de resistencia por mi parte, a fisgonearla, a olisquearla, a escudriñarla minuciosamente. Cierto que sus fotos, dibujos, collages o esculturas suelen ser muy poderosas e impactantes al primer golpe de vista, pero yo creo que no hay que quedarse en ese umbral, que ahí no acaba la cosa ni mucho menos. Más allá de esa violenta y grosera obscenidad de las formas, de esas muñecas desgreñadas y soñolientas, desubicadas, aletargadas y confusas, casi humanas o de esas otras  niñas con mirar de fuego y piel de látex; y escarbando en esa piel, esa superficie/frontera que a unos escandaliza y a otros excita, agrada o, a muy pocos, deja indiferentes, podemos curiosear entre los pliegues y texturas que pueblan de sombras tanto sus obras bidimensionales como sus esculturas.



Podemos analizar la provocadora apuesta de este artista “degenerado”, la autoridad nazi dixit y los bienpensantes, refinados por siglos de "civilización", asienten, contra el concepto establecido (el del discurso "artístico" dominante) en las cada día más puritanas y parafascistas sociedades de la Europa de entreguerras: de “lo perfecto” o de “lo puro”, en la idealización de los cuerpos (y la sangre, la raza) y las hipócritas y fantasmales mentes.
Y desmigajar y examinar los diversos materiales (o mercancías fetichistas) que conforman estas auténticas maquinarias “bellmerianas”  sobre las fantasías del deseo objetual: puede tratarse de un delicado calcetín o una apergaminada sábana o un matamoscas (¿herramienta SM de azote?) exquisitamente ornamentado: objetos susceptibles de condimentar las más diversas inclinaciones parafílicas. Elementos supuestamente triviales, y que ilusoriamente se presumen archisabidos, del “decorado” y que se revelan como símbolos demoledores tras una mirada más pausada y escrutadora, y que desvelan inquietantes “acontecimientos” aparentemente ciegos o mudos que sin embargo suceden en ese mismo espacio/tiempo compartido, coincidente y engranado con  el convenido  “asunto principal” de la obra.




La crueldad de  Bellmer se ceba especialmente  con el accidental espectador de sus obras: una de sus más eficaces materializaciones  tiene que ver con el lugar que con mano férrea preasigna, es decir, con el punto de vista que concede, con el predeterminado acceso visual que autoriza. Ahí se puede constatar, más que en el “asunto” propiamente dicho, la enorme fuerza y pericia de este artista, que es capaz de incorporar y atar al espectador a  la obra de tal modo que el tipo o modo de enfrentamiento con la misma resulte para el mirón absolutamente  insoslayable; del mismo modo que ocurre con las propias, y también prefijadas, reglas del juego. 
Ese ojo/ojete que te corta el paso porque te amputa la posibilidad de otra mirada. Ese racimo de senos blandos, fláccidos, decrépitos de pezones desfallecidos en pulida piedra o en bruñido bronce.   Esa cuerda tensa que ata con ferocidad las artificiales carnes hasta amenazar con trocearlas y que avanza voraz y sinuosa, de nudo en nudo, mientras surca esas improbables y torturadas anatomías –toda una sinfonía del sufrimiento del objeto-; o esos tersos y abombados pechos de mujer adulta que tergiversan a la núbil y morbosa pepona o esas puertas/piernas entreabiertas o quizá entrecerradas que nos sugieren, del otro lado,  la incierta presencia emboscada de impotentes vejestorios lastimeramente resignados al papel de mirones o propiamente la de aquellos auténticos anudadores –encarceladores- que vigilan como celosos cancerberos ocultos desde el interior mismo de la obra a su  juguete roto, su presa/amuleto, recreando la fetichista mirada  en  las amoratadas y laceradas desnudeces de esas cautivas e inanimadas criaturas.




El grito de Bellmer, sus dramáticas, crispadas y provocadoras representaciones de mujeres/niñas/objetos/muñecas, perseguía despertar a una sociedad, a unos cuerpos y a unas mentes cebados con la densa manteca del dogmatismo inquisitorial que, se hallaba cínicamente escindida entre hipócritas conductas públicas marcadas por severos y retrógrados valores (in)morales y fanatismos religiosos y, por otro lado, unos retorcidos hábitos psicopatológicos ocultos en la cavernaria cloaca de la vida privada, y descaradamente transgresores de aquellos que se predican y prescriben, sólo para el consumo de la gañada ignorante, en público. Algo así como una "llevadera" y por supuesto exclusiva doble moral oportunamente reversible.  
Y cómo no, en el apogeo, la mercantilización de los cuerpos, del objeto de deseo… y al fondo asoma, siempre estuvo allí, el dinero, "el conseguidor", en su papel protagonista de gran equivalente –Marx dixit-. Ese grito tan vitriólico como poético de un artista en rebeldía, en su obra y en su vida, (nunca olvidó la persecución nazi, ni su estancia en campos de concentración) que trataba de despertar a la sociedad de la profunda pesadilla de castración y represión en la que estaba sumida, resulta que es despectivamente calificado por los reaccionarios y moralistas de todo pelaje como “degenerado y pornográfico”. Dejemos pues que se mueran sin saberlo. Por otro lado, no podemos negar que, en cierto modo, se trata de una etiqueta orientadora, viniendo de donde viene.

ELOTRO


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1 comentario:

  1. El desgarro y la contradicción del finísimo trazo.
    Escalpelo de una mirada que no perdona.
    Y más y mas...

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