Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 24 de octubre de 2013

Velázquez vuelve al Prado.



Velázquez vuelve al Prado.

No se había ido, el caso es que siempre ha estado ahí, desde mucho antes de aquellas históricas “colas”, pero en cierto sentido vuelve. Algunas obras lo hacen desde Viena, Londres…
Han montado una expo titulada “Velázquez y la familia de Felipe IV”, ya lo ven: el vasallo primero. La muestra la componen treinta obras, retratos cortesanos de su última década y algunas piezas de su yerno Martínez del Mazo y de Juan Carreño. Sí, aquél joven sevillano que arribó lleno de ambiciones a la corte de la mano de su suegro que por eso era su suegro y tenía mano y al que “los pintores de corte” calificaron despectivamente de “limitado pintor de cabezas”. Pues también. Entre las piezas que han vuelto destaca “Inocencio X” (1650, The Wellington Museum) no confundir con la pintura mucho más conocida de la  Galería Doria Pamphili de Roma. Esta es una versión que muestra sólo “la cabeza”. Bueno también muestra una gama de rojos, rosas, grises y negros que forman una sinfonía cromática a la que resulta imposible no solo vencer sino  no rendirse ante ella incondicionalmente y terminar por entregar la mirada atada, voluntariamente,  de pies y manos. Enfrentar la mirada puntiaguda del “Inocencio pintado” es toda una experiencia. Esa barba lacia y rala habla, y también lo hace esa oreja, ese par de cejas enarcadas, esa salivilla que da brillo a los labios o esa expresión afilada (digo que “habla” la “manera” de pintar, observaran que ninguno de los ingredientes resulta nada “fabuloso”). Y como siempre en Velázquez habla también todo lo que calla; lo que está a cubierto, bajo capa de color o de sombra; lo que se insinúa, lo que ni siquiera ha sido acariciado, a posta, por las cerdas del pincel; lo que “está” aunque lo llamemos aire o vacío o espacio deshabitado donde quedamos encerrados… también forma parte de la abundancia del “todo”, de su ley interior, de su apariencia y de su esencia: de su desorden. Tanto Juan Carreño de Miranda como Juan Bautista del Mazo por medio de sus magníficas obras presentes en la muestra se quedan, miren con calma y atención, unos cuantos escalones por debajo de lo que ese enchufado “pintor de cabezas” llega a decir y a callar ¡y a trastornar! en unos retratos cortesanos (o de barberos del Papa que ahora resultan tener nombres y apellidos de más nivel) cuya prosaica razón de ser no lastra el trabajo (¡una vez puesto!) del perezoso artista.

Sí, esa fama por lo visto bien ganada tenía Velázquez, la de pintor perezoso. En cualquier caso, y como se puede “ver” en Las Meninas, Velázquez está muy presente a los ojos del espectador atento, aunque no “visible” en todas las obras de esta muestra que, no lo olvidemos,  pertenecen a sus últimos y mejores años de oficio.

La reina Mariana, la infanta María Teresa, la infanta Margarita, el príncipe Felipe Próspero, y su perrito, Felipe IV… todos ellos vivitos y coleando, ¡ni una sola figura embalsamada salió de su pincel!,  en estas maravillosas telas en las que el más grande pintor de la historia, o el segundo, qué más da, imparte una lección magistral llena de ingredientes absolutamente vulgares y al alcance de cualquiera pero, pero… algo habrá, que misteriosamente resulta inaccesible para nosotros y que lleva más de cuatrocientos años viviendo, respirando, hablando y callando  en esas obras a cuyo embrujo este que esto escribe no puede ni quiere sustraerse de ninguna de las maneras…

ELOTRO


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