domingo, 22 de septiembre de 2013

Ecos de la extraña sociedad... / ELOTRO




Ecos de la extraña sociedad...

-Mira, por la consulta de un loquero pasa mogollón de gente, y no creas que toda tan escacharrada, eso sí, de pelaje muy variado, te lo puedes imaginar… pero dentro del gran muestrario en que se acaba convirtiendo toda consulta algunos especímenes terminan por descollar, bien por méritos o deméritos propios o ajenos, quiero decir los que son singulares, excepcionales.
Recuerdo una señora –un ejemplo- viuda reciente, de mediana edad y estatura y de las que se dice de buen ver. Y ella, que tonta no era, lo sabía. Acudía a consulta, -no recuerdo detalles de su “caso” tendría que mirar el expediente- dos veces en semana, lo más probable martes y jueves; muy peripuesta, era de las de  cabello siempre impecable, perfumes caros, manicura diaria y maquillaje abundante pero discreto, como de mano de estilista; vestía ropas de sport claramente “de más  jovencita”, todas buenas prendas de marca y zapatos de punta fina y medio tacón, a la moda pero no rabiosa. Siempre con faldas, siempre.
Visita tras visita durante casi un año y, justo al sentarse frente a mí, ella nunca quiso diván y pedía retirar -en cada ocasión con suma amabilidad- una mesita baja con florero y revistas que separaba los sillones, mira, aquella de allí. Comenzaba entonces la ¿actuación?: sus bonitas rodillas, mientras peroraba un poco a tontas y a locas (Y ahora no es mi deseo prorrumpir en vanas autorecriminaciones pero...¡no creo haber escuchado, realmente escuchado con atención, una mierda de todo lo que aquella mujer pudo llegar a decir en un año de sesiones y "eso", "eso es la materia con la que debía trabajar! ¡nunca me sumergí en ella, nunca buceé en su turbio y recóndito interior! ¡mierda de psicología "de bolsillo"!), iban espaciándose cada vez más durante el transcurso de la sesión. Por otra parte tampoco llegué a saber el propósito de este ejercicio físico un tanto exhibicionista que llegó a alcanzar cotas notables de  contorsionista profesional. El presagio casi nunca se presenta de forma cabal; al menos ante mí.
Recuerdo que sus visitas se interrumpieron bruscamente  a partir de cierto día que llegó a la consulta vestida, es un decir, con una mínima minifalda vaquera y una camiseta con amplio escote, y evidentemente sin sostén; el pelo se lo había aclarado y rizado y lo traía lleno de colgajos y pinzas pintadas con mariposas y florecitas y la abundante pechera y el canalillo sembrados de exóticos collares artesanales… las manos, las muñecas y antebrazos  cubiertos con  los más variados anillos y pulseras multicolores. Un desaliño como retrotraído del túnel del tiempo, ¡Una hippy trasnochada de los sesenta!
Sin decir ni pío y sin dejar de sonreír y mirarme fijamente tomó su asiento de costumbre y, cuando estaba en pleno proceso de la habitual apertura de muslos, pude observar casualmente que tenía el coño afeitado y coronado por unas flores tatuadas, ya que  aquel día por vez primera había olvidado ponerse bragas.  El caso fue que aquella sorprendente aparición “vintage” me había dejado desconcertado y aturdido y, supongo que, víctima del  nerviosismo, -debo de reconocer que impropio de un profesional del sector- abandoné mi proverbial mutismo y dejé escapar un absurdo comentario sin duda tan inoportuno como  inapropiado. Fue algo así como: “Señora mía, hoy la veo muy em-pe-ri-follada…” y para terminar de arreglarlo… “digo en su primera acepción…”
Para qué más. Súbitamente la “hippy vintage” se retorció violentamente sobre el sillón y dio un brusco  salto acompañado de fuerte aparato de ruido espantoso y ensordecedor. Era como si le hubiesen introducido una gavilla de guindillas por el culo. Supongo que eso explicaba en parte  las lágrimas que surcaban ambas mejillas. Lágrimas que no le impidieron traspasarme con una certera mirada asesina que logró petrificarme y clavarme en el asiento. Creo que a partir de ahí no le quedaron dudas sobre mi absoluta mansedumbre. En un pis pas la presumida mosquita muerta se había transformado en una auténtica alimaña que mientras emitía escalofriantes gruñidos ininteligibles clavó repetidas veces sus garras en la tapicería  de cuero que, como si fuesen diez afiladas navajas, desgarraron ambos reposabrazos y lo que no eran los reposabrazos. Por fin, tras un gemido ronco se derrumbó sobre el sillón, su faceta animal parecía exhausta. Y de pronto se precipitó en el silencio... ¿retornó de su mundo?.
No me preguntes qué pudo pasar en esos momentos por su mente porque lo ignoro, como en realidad siempre ignoré todo, fuera esotérico, simple o alambicado, sobre aquella enigmática mente y otras muchas que ya te contaré. La realidad que vivimos y conocemos, eso me dice la experiencia, siempre es insuficiente.
Pero lo que importa es que fue a partir de entonces cuando pareció calmarse y volver en sí. Acercó entonces sus labios exangües, rabiosamente mordidos y ensangrentados a mi todavía petrificado oído derecho, y susurró: “jo tío, qué pasote… perdona los desperfectos, enviaré a mi decorador… te dejará  como nuevo”.
Y mira, literalmente, fue así.

ELOTRO

***

2 comentarios:

  1. Absolutamente descriptivo, perfecta carne de sofá y dispuesta a llevar a él al otro...

    ResponderEliminar
  2. Divanes, terapias... cosas de los blogs... ya tenía escrita y programada esta entrada cuando tropecé con el Diván de Partisana... una coincidencia feliz detrás de otra... Walser, Wislawa, Bourgeois, Duchamp... me acuerdo a menudo de la loquera de Los Sopranos, me encantaban aquellas sesiones, aquellas sombras densas... y las conversaciones entre loqueros... el gran Bogdanovich... sí, habrá que compartir sofá...

    ResponderEliminar