Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 8 de septiembre de 2013

Breves y brevas




Carmen tiene ochenta y tres años, viuda desde hace quince y diabética desde hace cuarenta, superó un cáncer de mama, sufre de osteoporosis, tiene una fuerte desviación de columna con un pinzamiento en no sé qué vértebra y las rodillas destrozadas por haberse pasado años fregando suelos, con agua fría y “algolfifa” limpiando casas ajenas y por supuesto la propia. Carmen vive en la actualidad con dos de sus hijos, “varoncitos”, más grandes que castillos y con más cojones que “sanarcario” y, eso les dice a sus amigas, tan inútiles que no valen ni para freír un huevo.
Carmen, que también sufrió desprendimiento de retina en un ojo y cataratas en otro, no anda bien de la vista pero sigue planchando su ropa y la de los dos “juancojones inútiles” que conviven con ella.
En la última sesión de plancha se esquinó un pantalón “presioso”. El bolsillo trasero tenía un maldito trozo de cuero o plástico o goma o quéséyo de color negro con la marca impresa que se ha “derretio” al contacto de la plancha caliente,  adhiriéndose a ésta y de camino pringando de pegotes como de alquitrán “negrusios” toda la culera del “presioso” pantalón. El disgusto de Carmen “de marca mayor”.  Lo primero ni pío a los inútiles y tratar de solventar el asunto en la clandestinidad. Lo intentó pero una vez seco y frío  no hubo forma de despegar aquello ni de la plancha ni de la tela. Siguiente paso: esconder  plancha y visitar tintorería. Lo lamenta la tintorera pero aquello no tiene arreglo, la goma o lo que sea se ha incrustado de tal forma en el tejido que aquello, tan “presioso”, no hay quien lo devuelva a su estado original (¿entropía?), no hay quien lo arregle.  Carmen pide una segunda opinión tintorera que coincide en lo fundamental con la primera, no hay tu tía científicamente hablando. Carmen vuelve a casa “encorajinada” y casi, casi, derrotada. (Pero si quieren una “imagen aproximada” al carácter y determinación de Carmen, la tienen en esa señora octogenaria cargada con un bolso más que mediano y subida sobre unos respetables taconcitos, repeinada de pelu de barrio, dramáticamente encorvada y con un envase en la mano derecha esforzándose por depositarlo en el contenedor callejero… es una escena misteriosa que Kieslowski introduce, con leves variaciones, en cada una de las partes de su trilogía: Azul, Rojo, Blanco…)
Sigamos, por fin nuestra heroína confiesa al propietario del “presioso” pantalón el lamentable suceso ilustrado con la impúdica exhibición de lo que queda de la prenda y la plancha. El “inútil” le quita importancia al asunto (lo normal habría sido una bronca de campeonato), total el pantalón ya tenía su tiempo y además había costado muy barato. De camino, rizó el rizo y se encargó de llevarse esa misma tarde la plancha al taller, de pulirla y dejarla como nueva. Al día siguiente ya está Carmen, que tiene la cabeza como el “marmolillo”,  de pie y apalancada en el lavabo, como si éste fuese un “lebrillo” y con un cepillo de púas rasca que te rasca hasta por fin conseguir, tras una o dos horas de denodados esfuerzos salpicados de variados improperios, que no quedara ni rastro de la pringosa goma quemada… y por fin comunicar a los cuatro vientos, en este caso concreto los cuatros tabiques alicatados hasta el techo,  algo así como… “A mí me vas tú a decir que esa mancha no sale… ¡Mira, mira si sale!  Pero hay que querer… guapa, hay que querer…”.

ELOTRO

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