Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 10 de marzo de 2013

ELOTRO / Voyeur






Paráfrasis del mirón.

Es muy considerable la cantidad de obras de Degas, óleos, pasteles, dibujos y algunas esculturas, que nos ofrecen escenas protagonizadas por jovencitas bailarinas de ballet. El artista las retrata sobre las tablas del teatro en plena representación o en las escuelas de danza; dibujando poses con musicales nombres en francés, realizando estiramientos, ensayando imposibles torsiones sobre la barra bajo la atenta mirada del maestro o descansando después de los agotadores ejercicios.
Degas aprovecha el elenco de cuerpos rebosantes de juventud y elasticidad de las bailarinas, solas o en grupos, para experimentar con múltiples variantes de efectos cromáticos y lumínicos ya sea la fuente de procedencia natural (a través de los grandes ventanales de las escuelas) o artificial (la iluminación interior del teatro), y situando preferentemente las escenas entre tensos hilos de violentadas perspectivas.

Pero al margen de sus motivaciones estrictamente pictóricas, sabemos que el viejo Edgar era un gran observador, un voyeur, un impenitente mirón. Para el caso son muy ilustrativos su serie de monotipos (adquiridos por Picasso en 1958) realizados sobre apuntes del natural que fueron trazados en los burdeles parisinos (al igual que hizo Toulouse Lautrec) y que posteriormente “parafraseándolos” en parte, el propio Picasso grabó su conocida serie de aguafuertes “Suite 156”, incluyendo discretamente en algunas estampas al personaje “Degas” situado alternativamente en cualquiera de los extremos de la plancha, y ejerciendo, cómo no, de mirón.

Ocurre además, y a eso íbamos, que en estas obras de Degas, junto a las apetitosas bailarinas, aparecen algunos caballeros empurados y bigotudos , comiéndose literalmente con sus miradas procaces y hambrientas a esos gráciles y codiciados cuerpos juveniles, ágiles, sudorosos, tersos, expuestos en provocativas poses y delicado abandono. Y, ¡bendito sea dios!, escasamente cubiertos de vestido, desvelando a la mirada unas muy apetecibles zonas de la anatomía femenina, imposibles de observar, en aquel entonces, en cualquier otro ámbito social no descaradamente prostibulario.




Se podría presumir, que aquello que llevaba a estos señores burgueses, manifiestamente sobrealimentados y dotados de ese porte inconfundible de cateto potentado, y que se refocilan mirando a las “ninfas danzantes” en sus evoluciones sobre el parquet, es su amor por la danza. En algún improbable caso se podría conceder. En general, parece que no.

Figura documentado en la época, finales del XIX, que la cantera de bailarinas, mira tú que curioso, procedía en su aplastante mayoría de las clases más bajas, de la plebe, de la chusma. Y esto era así porque “el entorno del mundo del ballet” ofrecía a estas desdichadas adolescentes una posible vía de escape, una alternativa de salida del pozo de la miseria, el hambre y la enfermedad y una opción de esquivar la más que previsible carrera de criada y fregona o puta. Y no solo y tanto por las cualidades o vocación para la danza que pudieran atesorar las numerosas candidatas, sino más bien por el eficaz escaparate que suponían las tales escuelas, que eran diariamente visitadas por numerosos mirones, la mayoría de ellos pudientes vejestorios solitarios que se daban el festín escrutando ávidamente entre maillots y tutús, a las probables y asequibles amiguitas, amantes ocasionales e incluso esposas jóvenes y sumisas que les calentarían la sopa y la cama en el último tramo de su vida, a cambio de izarlas, dentro de un orden, fuera del arroyo.




De tal manera, así, como el que no quiere la cosa, las escuelas de ballet resultaban ser, además, estupendos “cotos” donde pasar el rato “calentitos” recreando la vista y del tirón, si se terciaba, practicar el muy noble arte de la caza o la pesca bajo techo. Por esa vía y de un sólo golpe, en el mejor de los casos, se podían satisfacer los intereses y la perspectiva de una agradable vejez para el burgués pudiente y la posibilidad de hacer realidad el sueño de una subsistencia “decorosa” de alguna zagala plebeya. El amor “desinteresado, puro y verdadero” quedaba para las “madames”; más o menos como ahora. No me cabe duda de que ustedes, perspicaces lectores, han adivinado que fue precisamente con estos ingredientes rezumantes de cualidades melodramáticas como se pusieron en pie ficciones folletinescas, a la manera de Eugéne Sue en Los misterios de París, con su poquito o su muchito de kitsh, principiando el despegue de la “literatura popular” y sentando las bases de los culebrones de hoy. Menudo “consuelo” para las clases humildes, y ¡oye! que el placebo lleva siglo y media haciendo caja.
Sí, sí, ya sé que “parecido no es lo mismo”, pues por eso, Faemino, por eso.

ELOTRO

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