Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 29 de abril de 2012

(Dicho sea entre paréntesis)






El retorno nostálgico (huida) al pasado (“un triste camino de retroceso”) no es más que un salto (“de turismo vintage”) de una irrealidad a otra. A pesar del envoltorio sepia.
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Apenas había apagado la luz: yo, mi otro yo y ELOTRO, se desvanecieron. Se ve que la oscuridad les hace bien.
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La realidad es eso que se desvanece cuando apagas la televisión. Lo que queda es pura, o no tan pura, ficción (barata).
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La ficción es un arma cargada de estricta realidad.
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Bajo la maldita máscara de la injusticia se escondía la benevolente máscara de la caridad. (¿O era al revés?)
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Se me ha extraviado el otro yo; adrede, creo.
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Le dolió su mirada cortante, de brillo metálico, afilada, fría: fue como un autentico navajazo. Aunque nunca apareció la faca.
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Andar por esas cuestas con mis andares a cuestas… o aprender de una puta vez a escalar “simas”.

ELOTRO

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Otrerías


viernes, 27 de abril de 2012

(Dicho sea entre paréntesis)







(En el laberinto) “No, no estoy perdido; estoy buscando una papelera donde tirar este hilo. Y usted, ¿de quién es?”
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Salí de un agujero y entré en otro; no hablo de caer hablo de entrar.
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Bien mirado, una voz inaudible también yerra menos.
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“El cerebro, por término medio, es el 2% del peso corporal, pero consume el 40% de nuestras energías.” (Digo yo que el que parte y reparte…)
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Bajo aquel puente del Sena, en compañía –aunque cada uno para su bolsa- de otros  clochards, pensó que si en el futuro tenía la mala fortuna de cruzarse con alguno de sus viejos conocidos, nunca pensarían que había venido a menos. Siempre había sido tan poca cosa.
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-Que no te duela el dedo gordo no te concede la certeza de haber dado en el clavo, dijo una.  -¡Y eso que no había ningún clavo!, dijo otra. Y yo, como me conozco y las conozco, opté por callar. Además, ¿a cuento de qué? Por otro lado, mis padres y su comitiva  llegarían de un momento a otro. Y con ellos, los días festivos, pocas hostias.
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El fuego fatuo es una luz que sale de todo lo que se pudre… ¿comprendes, iluminado?
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Gracias al distanciamiento, se amplia y profundiza el campo, se descubre el contexto y lo que parecía el todo se muestra como parte. No es que se de un vuelco la forma, es que es otra forma.

ELOTRO

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miércoles, 25 de abril de 2012

El arte provoca el silencio.






Son dos pinturas (A y B) realizadas con los mismos colores, sí, aunque están dispuestos de distinta manera. El cuadro A no es feo, pero tampoco bello, no emociona, no nos interpela, nos resulta indiferente, los colores “solo” están  (inaccesibles e inconexos entre sí). En el cuadro A “no ocurre nada” y tiene toda la pinta de que nunca ha ocurrido ni ocurrirá nada. El cuadro B, y a bote pronto no acertamos a saber el porqué, se nos aparece como una magnifica obra de arte (el arte provoca el silencio). Aquí los colores (ora agrupados por origen ora por la meta y cosidos en algún punto: como en un abanico) y junto con ellos las formas enlazadas (la doble condición: la forma del color , el color de la forma), se “alteran” entre sí, bailan, fantasean, brincan y dan botes como canicas, se traspasan o se rodean o se rozan o se refriegan,  vibran (o ¿quizás tiemblan?), gozan e incitan de tal manera que sugieren, constituyen o resurgen “además” otras combinaciones o representaciones o apariencias (¿solo?), nuevas, acaso caprichosas y deliberadamente no acabadas (abiertas), “en construcción”. Conclusión (entre mil): En el cuadro B “suceden (de manera más que evidente) cosas” y la propia obra reclama participación “activa” (tiene cosas que contar, que comunicar) del que se planta enfrente e invita a mirar “más”, y a remangarse, a “alterarse” e “introducirse” y “fundirse” con la obra “en formación” y compartir “la busca”, que no deja de ser un incierto combate.

ELOTRO

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lunes, 23 de abril de 2012

(Dicho sea entre paréntesis)








Y el caso es que nunca tuve, o eso creo, motivos para escribir versos. Motivos, digo.
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No sabría decirles si me encontraba en medio de un sueño o inmerso en la realidad o en sus márgenes o más allá de la imaginaria línea fronteriza o en el otro lado del espejo que ni medianamente me refleja o en un mundo kafkiano o dantesco o borgiano o estaba borracho o embebido en la lectura, a oscuras, de la orden de desahucio que amablemente me alargó el funcionario… No, no sabría…
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¿Se puede desenmascarar la ridícula y falaz palabrería utilizando palabrería falaz y ridícula?
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En el tercer acto de las comedias de enredo “todo se explica”. (Benet)
Después, a la salida del teatro, “todo se complica”.
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Antes de fabricar “verdades irrefutables”, producíamos “preguntas y respuestas”. El problema surgió cuando la productividad de la cadena de montaje de “respuestas” superó, cuantitativa y cualitativamente, la de las “preguntas”. Pequeño desajusta sistémico, hubo que argüir. Liquidamos el “sobrante” con una oferta de 2 x 1. Se vendieron las dobles respuestas como rosquillas. No hubo necesidad de fabricar más preguntas ni sus correspondientes respuestas. ¿…?
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Corté mis contactos con el llamado mundo real… y todavía estoy cayendo.
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Se trata de criaturas despreciables y odiosas que practican una violencia infundada y gratuita. Además tiran los precios y nos quitan el trabajo al “Crimen Organizado”. El capitalismo no respeta ni su propio submundo del hampa. ¿Acabaremos los matones del sistema como antisistemas?

ELOTRO

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sábado, 21 de abril de 2012

(Dicho sea entre paréntesis)






Y así acabas. La mente como un colador, no retienes nada. No te crees nada de lo que te dicen. No te crees nada de lo que te escamotean. No te crees nada de lo que piensas ni nada de lo que callas. Llega un momento en que solo quieres desaparecer confundido con la niebla de la ciénaga. Pero no te crees ni la meteorología. Y así acabas. Como un colador, lleno de agujeros incrédulos, que nada retiene.
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No me importaría ser solo un “objeto” en sus manos. Siempre  y cuando fuese un “objeto” familiar, cercano, necesario. No, no tendría nada que objetar, es más, sería una suerte y quiero esa suerte. De “objeto” igual se padece que se goza y también desigualmente se entiende y se yerra. Lo digo con conocimiento de causa: objetivamente.
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Siempre nos quedarán (los que saben dicen que es lo único seguro) las bacterias.
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Puestos a elegir, entre dominio o sumisión, elegiría sumisión pero como los dominantes no me  permiten elegir… no podrán conocer, de viva voz, mis preferencias. ¡Que se mueran sin saberlo!
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Dicen que una patraña resulta un enigma para sí misma. Dicen.

ELOTRO

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jueves, 19 de abril de 2012

Ojito con la dosis.





Me hinché a estibarlas, una tras otra, pero, -eso creía entonces- bien disimuladas. Con toda la sutileza de que soy capaz dejé el contenedor infladito. Por la noche me vino el colapso, me puse a morir. En “Urgencias” el doctor nada más verme me soltó, en un tono más angelical que diabólico: “No puede drenar bien amigo; menudo atracón, qué empacho. Sufre de retención ¡y de campeonato!, hágame caso y deje los excesos, no abuse de las metáforas, de los signos, de los símbolos, de las alegorías, de los sobrentendidos, de los entrelíneas... Me paso las guardias repitiendo lo mismo, ¡la dosis, hostias, cuídenme la dosis! No es tanto el “qué” como el “cuanto”, entiéndame, será por recetar... aunque le pueda parecer paradójico, una dosis de ese calibre no hay organismo literario que lo resista. En la ficción, contra lo que se suele creer, tampoco vale todo… ni que se vendiese al peso. No, no se le puede pedir al lector, a este paso especie en vías de extinción, que trague y suspenda sumisamente todas sus constantes vitales, ¡nos quedamos sin lectores inconscientes! Es de cajón. Déjese de meta-modas y singularícese hombre de Dios, deje a Kafka y a los otros tranquilos ¡carajo! y procure realizar algunos ejercicios de estilo… ya verá como  hace músculo y combate el mal aliento. Siga mi consejo y le quedará la obra dabute, más ligera –eso fijo-, flamante, ¡niquelada! Usted, como expendedor al mayor, quizá no lo disfrute tanto, pero los lectores ¡los lectores encantados!, ya verá. Y de camino colaborará con  nosotros en la “Urgente” tarea de acabar de una puta vez –una pequeña fechoría solidaria- con esta aburridísima meta-epidemia metafórica y las consiguientes listas de citas kafkianas  y esperas becketianas –a la plebe ilustrada no hay quien la entienda- en las bibliotecas semi-públicas de repago, sección: “Metaliteratura Metalúrgica del Periodo Carolingio Tardío (MMPCT)”.
Como me lo cuento.

ELOTRO

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martes, 17 de abril de 2012

Hemingway también teorizó aquí.






Parece ser que Ernesto Hemingway, además de cazar fieras salvajes, haber hecho acto de presencia o haberse plantado y acodado, y se supone que libado, en todos los bares del mundo (a tenor de las miles de chapitas conmemorativas) y haber escrito algunos relatos memorables, estableció una teoría (que curiosamente también llevó a la práctica) sobre el relato breve que es conocida entre los entendidos o iniciados como “Teoría del iceberg”. De la misma manera que el gigantesco bloque de hielo solo nos muestra una pequeña parte de sí mismo (lo grande bajo el agua, por la caló), en el relato corto o cuento, según la “ernestiana” teoría, lo más importante nunca se cuenta. Se cuenta lo demás, y con alusiones y sobreentendidos se permite al lector “alcanzar” la oculta, según afirman realmente existente (refugiada debajo de las palabras o entrelíneas), historia “secreta”.
Si he de ser sincero, a mí las teorías literarias en general, como lector, me importan un pimiento. Y en particular también, salvo que lleven aparejadas ejemplos concretos de “puesta en práctica” y que, por lo tanto, arrojen alguna luz sobre ciertos “enigmas abstrusos” que habitan, y por eso nos tropezamos con ellos, en la literatura. Y que, una vez desvelados, nos ayudan a “entender” esas zonas de sombra que, en lecturas menos “profundas”, se nos suelen escapar a los lectores menos dotados.  Y es que claro, si por el mismo precio de una historia te dan dos, lo lógico es que una de ellas, la grande, la que está “construida” con lo “no dicho”, circule, con su importante cargamento, por otras vías, seguramente subterráneas, oscuras y poco “evidentes”.




También se leen cosas del tipo: “Si el relato es ininteligible, la culpa es del lector” o “Si el cuento es infumable, la culpa es del editor” o “el propio narrador cuenta sin entender del todo (la historia)” o cualquier otra acusación que excuse al “creador” del engendro. Yo pienso que el “autor” tiene todo el derecho (y en mi opinión el deber) a experimentar lo que le parezca, a probar nuevas formas, a aventurarse por caminos menos trillados o sin hollar y, por supuesto, a equivocarse y fracasar en el intento. Repito: el derecho y el deber. Ahora bien, tratar de vendernos un bodrio, una pifia, vistiéndola y emboscándola bajo una colección de abalorios verborreicos pretendidamente doctos, y por tanto inescrutables, cuando, en el mejor de los casos, lo único que consiguen es transformar la gansada fallida en algo (autor+obra) irremediablemente patético. Esa estúpida huida hacia delante, mira tú que son idiotas, suele confirmar los peores augurios: “soy oscuro, soy difícil, soy ilegible: soy un genio”. Suena bobo, ¿verdad? Pues es lo más corriente en el mundillo (si lo sabré yo) de los geniecillos de pacotilla; a altivez, de cintura para abajo, no les gana nadie y siempre resultan más tontos de lo que suponías; tan triste como cierto. Pero resulta que en este estercolero la verdad hace pupa, destroza; incluso a quien la desvela compasivamente. Y bien, esto en lo que toca al extremo “intelectualoide”. En la otra esquina del cuadrilátero nos encontramos con la “inocua sopita aguada” de los Pérez Reverte, los Ruiz Zafón y los Murakami… o las no tan inofensivas, más bien intoxicadoras, de Muñoz Molina o Vargas Llosa. Sobre el particular, no quiero cansarme ni cansarles, les remito a una entrada anterior titulada “Un pestiño nipón”. Con leves, o no tan leves variaciones, puede valer (para qué vas a insistir) en “casi” todos los casos de superventas del mundo mundial.
Cierto poeta catalán ha escrito: “Bromas aparte, a mi me parece que solo es válida la poesía que se entiende”. Lo que vale para la poesía, en mi opinión, vale para toda la literatura, al menos así lo “entiendo” yo. Eso sí, concedámosle al verbo “entender”, el poeta lo subraya, la más amplia gama de acepciones hasta el límite mismo de aquello que nos resulta, a los lectores del montón, estrictamente “inaccesible”.


No deberíamos de olvidar que ha sido solo en los “contextos vanguardistas” del siglo XX, donde puntualmente se ha producido una literatura y un arte en general que, en muy contados casos han llegado a realizar, intencionadamente, “obras” absolutamente herméticas o inaccesibles para el común de los mortales, con el único fin de “provocar” o “subvertir” a los autores y consumidores de la “oficialidad apoltronada” y su previsible y estandarizada producción literaria o artística que el gusto dominante (conservador) impone por cojones (los que presta el dinero). En este punto creo que no estaría de más aclarar que entre el peñasco inaccesible y la cremita templada, sin grumos y fácilmente digerible para bebés de encías delicadas, existe un amplísimo territorio en el que pueden cohabitar artistas y escritores del más variado pelaje. ¿Nombres? Allá cada uno, los que frecuento suelen asomar en “escomberoides” y en “ELOTRO”.
Y, mientras tanto llega el escarmiento, “cada cual en su absurdo”, sigamos a la busca de nuevos saberes y placeres, porque…
“¿qué me importa lo que sé de sobra?”  (Paul Valéry)

ELOTRO

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domingo, 15 de abril de 2012

Yo solo.






Yo solo me hago preguntas, al tuntún. Yo solo me digo, no haré comentarios, basta de enemigos. Yo solo me miento, detrás del espejo. Yo solo me voy por las ramas más monas, las más cucas, las de alto nivel. Yo solo me callo, me censuro, me tergiverso; también en prosa. Yo solo, ¿Qué te hace creer que me importan tus heces, tu color, tu sabor, tu significado, tu estrategia vital? Yo solo, a lo tonto, sin atisbar. Yo solo, aplastado bajo mi sombra. Yo solo me hago el sordo, el cegato y el mudo y, cuando se distraen, el despistado. Yo solo, puedo desaparecer en otro. Yo solo, sin lazarillo, dos veces ciego. Yo solo, en el disparadero y en el gatillo. Yo solo, a dos pasos a la redonda de mi. Yo solo, un cadáver parlanchín que cree que da el pego. Yo solo, sin puertas ni ventanas. Yo solo; perdone, podría repetir su pregunta en o con mi lengua. Yo solo, pero a mí no me interesaban sus preguntas, ni siquiera en o con su lengua y ella seguía sin querer saber. Yo solo no me extraño. Yo solo me desordeno, me desarticulo, me retuerzo, me ignoro, por ese orden. Yo solo, ¡de qué leches me callas! Yo solo, me entero pero no me entera o semi. Yo solo, no tengo una opinión formada sobre ese asunto ni sobre ningún tema, ignoro, desde siempre, cómo se forman las opiniones, ¿no suelen venir formadas de fábrica?. Yo solo parte, todo, nada. Yo solo, la mala compañía, la compañía adecuada. Yo solo, persiguiéndome. Yo solo y demasiado concurrido. Yo solo, un montón de escombros camuflado en la escombrera y prefiriendo no haber sido, no volver a estar, no tener que soportarte ni soportarme. Yo solo desisto de yo y del otro. Yo: solo de tantos. Yo solo, aborreciendo(me). Yo solo, vacilante, que no indigno, como otro cualquiera. Yo y solo, a secas, sin más adorno. Yo solo, aunque me quede con hambre. Yo solo, ¿Hasta cuándo? ¿Para qué? ¿A dónde me arrastran o dónde me permitirán caer?
Yo solo, lo mismo: “¡Naide!” (sin don)
¿Yo solo?

ELOTRO

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viernes, 13 de abril de 2012

(Dicho sea entre paréntesis)






Mírenlo de este modo: Un señor vestido con hábito, da igual el modelo, te comenta que el Dios Todopoderoso en el que él cree y para el que está reclutando fieles seguidores y contribuyentes, te está vigilando a ti, en todo momento y en cualquier lugar en el que te encuentres; sabe todo lo que haces y todo lo que piensas. Nada escapa a su inmenso ojo vigilante. Y un día lejano, ese Dios, que no te ha quitado ojo durante  todos los días de tu vida, va a juzgarte, es decir, va a evaluar tu comportamiento a lo largo de toda tu existencia sobre la tierra y, además, procederá a premiarte o a castigarte en función de ese determinado proceder. Pues, francamente, no te queda más remedio que convertirte en un fiel seguidor de esa iglesia. Que pueda existir un ser superior y Todopoderoso que se ocupe de un débil e insignificante personajillo tan irrelevante como tú mismo, es una propuesta que, vista la alternativa, no se puede rechazar.
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La fuerza de la gravedad no varía, no aprieta, no afloja, no se concede un instante de duda, no se toma ningún descanso y todo apunta a que le queda cuerda para rato. (No es seguro, -por si alguien piensa devanarse los sesos haciendo cálculos- que funcione a cuerda).
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Me he prometido a mí mismo que en cuanto supere esta primera fase de decadencia, retomaré seriamente y con nuevos brios la segunda etapa de formación. Y como soy un fiel creyente de el asunto ese de la reencarnación, espero poder disfrutar embutido en cualquier “otro yo” que pueda caerme en suerte, de una merecida tercera etapa de esplendor. En mi oficio, digo, el de esta vida. Aunque ahora que lo pienso…
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AVISO: Las crudas verdades dictadas desde los centros emisores de propaganda por mandato de las autoridades competentes deben ser “tragadas”, a ser posible (servidumbres de la democracia), sin rechistar; pero, en cualquier caso “tragadas”.
(Desde el departamento de Excrementos Humanos aconsejamos masticar bien la doctrina. Hagan caso y evitaran los consabidos trastornos digestivos. Recuerden que los protectores estomacales ya no los cubre la (In) Seguridad Social).
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¿El pedrusco con el que carga  Sísifo es además o en lugar del peso de la propia vida con el que todos apechugamos cuesta arriba?

ELOTRO

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miércoles, 11 de abril de 2012

(Dicho sea entre paréntesis)






A la gente hay que responderles lo que quieren oír, así que procura siempre ser el primero en preguntar o callar.
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Aquellos que nos piden que hagamos de lo banal algo interesante, ¿Podría ser que nos estuviesen pidiendo que hagamos de lo interesante algo banal?
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No es obligado que el final sea feliz; pero, ejemplar, sí.
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Cuando al escritor se le acaban los “temitas” que describir o la imaginación, si se diese el caso, le queda el humo y el estilo. Aunque no fume, cigarrillos con boquilla de plata o en cachimba de madera de cerezo o caoba. El humo admite todo tipo de pijadas, es absolutamente dúctil, maleable, muy sufrido y siempre está ahí. A tres palmos del suelo, como la irrealidad flotante, resulta mogollón de zen.
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La realidad ya era mi enemiga antes de mi nacimiento. Según me informaron con pelos y señales, mis engendradores.
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Sufría el mal agudo de la impuntualidad. También conocido familiarmente como eyaculación precoz.
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En el relato corto tendía hacia la insensatez, pero cuando se extendía demostraba tanto sus virtudes innatas como sus finas dotes para el disparate.
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En el laberinto, cualquier laberinto, no se trata tanto de buscar la salida como de encontrar el mecanismo.
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Él “era” absorto frente a su propio “ser”.
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Se veía a sí misma como una enigmática e impenetrable abstracción; como una palabra desprovista, acaso a su pesar,  de sentido y significado.
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La lógica me detiene, el pensamiento me limita, la luz me ciega, del horizonte desconfío.
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Hablar de dinero es hablar de “falta” de dinero y de ahí, precisamente, la  “falta” de elocuencia. La falta de elocuencia depende siempre del que escucha hablar de dinero. De falta. De elocuencia. De no tener una perra. O sí, vida.

ELOTRO

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lunes, 9 de abril de 2012

(Dicho sea entre paréntesis)





Tratas de construir un Teorema; pero por descuido dejas un cabo suelto en un callejón sin salida; como consecuencia  te encaras con un enigma que cuelga del cuello de una Esfinge. La susodicha  se muestra impaciente, vaya usted a saber a santo de qué. Y no para de babear y afilarse las uñas, mientras te atraviesa con una acuosa mirada tan seductora y tentadora como asesina.
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Se le quedó una cara como si aquello estuviese escrito en una lengua extranjera o, qué sé yo, en una lengua de esas que dicen que están muertas. Sin embargo no es menos cierto que él nunca había tenido delante un diario, una revista o un libro escrito en alguna lengua extranjera o muerta. Lo que no quita para que su semblante ofreciese, sin lugar a dudas, exactamente aquella inconfundible expresión del que se pregunta estupefacto: ¿en qué mierda de lengua  han escrito esto?
Lo cual no nos sorprende puesto que nos consta que, a pesar de que nunca en su vida había tenido aún la oportunidad de sacar a pasear aquel característico rictus facial, él contaba en su escueto catálogo de gestos con la tal expresión. Y, créanme estimados lectores, si dispusiésemos del tiempo y espacio necesarios, gustosamente pasaríamos a exponerles las razones, por otra parte nada difíciles de imaginar en un prototípico representante de la casta inferior, de la gente sin relevancia, que sostienen nuestra afirmación. Lamentablemente sería una digresión demasiado larga y tediosa como para incluirla en esta breve nota.
Ahora les dejamos con unas breves horitas de publicidad (por supuesto, toda ella subtitulada en nuestro vivísimo lenguaje corporal). Mañana, si a nuestro generoso patrocinador le place, retomaremos las lecciones de adoctrinamiento. Hasta entonces, disfruten de la ignorancia que atesoran.
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Les importa su obra, y su obra y su obra… y lo que menos les importa de lo que les importa es su obra. El resto no les importa. Nada.

ELOTRO

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sábado, 7 de abril de 2012

Detrás del burladero, por si los cuernos.




Como si hubiese nacido ya atrincherado, incluso de sí mismo. Tras las almenas miraba, oía –sobre todo lo insignificante, lo vago, lo potencialmente exaltable- y no decía. Cuenta como oyente pero el oyente no cuenta o solo experiencias inaplicables o gratuitas en su doble acepción. Nuestro oyente omite, situado discretamente en la primera butaca de la primera fila. No se trata tanto de odiar el argumento como los diálogos, aunque conviene, por muy latazo que resulte, no desperdiciar balas; nunca sobran en las historias en las que aparece un arma, dicen que decía Chéjov. En el entreacto prefiere irse a hacer gárgaras. Lo cual no deja de ser una forma, aunque considerada costumbrista y rancia, de resistencia. Escuchar, siempre que sea ineludible, arbitrariamente, y desoír firmemente las llamadas a la imparcialidad y hacerlo desde el dogmatismo y la visceralidad, desde la intransigencia “sanchopancesca”. Esta actitud resta autoridad ante los espectadores razonables, pero de eso se trata. Se trata de actuar siempre con  exquisita y esmerada irresponsabilidad. Todo texto deviene en pretexto y por consiguiente en arma o herramienta (de mucho o poco alcance no es lo relevante), así que mucho mirar, mucho oír, mucho callar y no perder comba ni la pista del hilo narrativo (Hay mucha cordelería dispuesta, para cuando se pierde el hilo, como señuelo; así que olfato). Sin embargo, hay percepciones que por su naturaleza son intransferibles y en consecuencia no tienen centro, ni ondas, ni eco; se agitan en el vacío, a ciegas y, claro, no perduran. A veces es un vacío de origen, con sus correspondientes altibajos, el que le espolea a perderse en cualquier tramo del sueño; aventurarse en oscuras cavernas que resultan con frecuencia fantasmagóricos atolladeros, quedando, según el hilo de la trama, oportunamente  enganchado a un pecio, cualquier pecio, que flota cubierto de brea y que procede de algún infortunado buque (el escenario de la destrucción). Y que, en medio de una calma chicha o no, nos cuenta valiéndose del crujir de su madera y con el vistoso acompañamiento de sus babas de espuma, historias de sirenas cantoras y marineros retadores y de olas que surcan,  entre admirables desvaríos y rumores,  las viejas estelas  que roturaron aquellas desaparecidas y desconocidas  tripulaciones. Y que algún día volverán y ajustarán cuentas.

ELOTRO

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jueves, 5 de abril de 2012

Palabras






Emboscado un mundo de palabras y de palabras hecho; y donde los hechos están forjados por palabras y son contados con palabras y callados con palabras y derrumbados a base de palabras y ruinas. Con palabras que ya estaban ahí en otros desórdenes y que imaginan, y desmienten, y olvidan o se ponen, a tontas y a locas, a recordar viejas palabras. Y que hacen como que escuchan pero no, qué van a escuchar, no paran de hablar, de declamar, de encabalgar obscenamente palabra sobre palabra. Palabras que te traen y te llevan y no te mueven del sitio o del tiempo, y ni siquiera te alivian el mareo. Palabras río, extraviadas, impracticables o ilusorias. Palabras parapeto, invulnerables incluso a las palabras altisonantes o, en su caso, a la munición de las escritas. Palabras antidiluvianas e impermeables a la estricta realidad, la de las palabras, se entiende. Palabras inverosímiles que conforman, colocaditas en perfecta formación y, ni que decir tiene, en su debida proporción, las  verdades y las infamias. Palabras vulgares que delatan su origen y acarrean el tuyo, el inconfesable. Palabras colosales para lo minúsculo, palabras deshabitadas, palabras negras, ¡como la tinta!, sin reputación, palabras desdentadas, palabras remendadas, palabras mordidas… y mordedoras, de las que meten miedo.

ELOTRO

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martes, 3 de abril de 2012

"1Q84" / Un pestiño nipón.





Haruki Murakami, como los más cultos de ustedes ya sabrán, es un escritor japonés de “Best Sellers”.  El caso es que acabo de “merendarme” enterito su último libro titulado “1Q84”. Recalco lo de enterito porque la cosa, bien mirada, tiene su aquel: el libro, además de infantiloide, es un latazo insufrible (un puto coñazo). Pero ocurre que el menda, por razones que no vienen al caso, es incapaz de abandonar una “primera” lectura a medias, sí, como lo oyen (para ser completamente sinceros algunas excepciones han existido pero tampoco vienen al caso). De ordinario me obligo a apurar hasta la última línea. La razón es que me jodería mucho que el autor, del que por otra parte no habré leído nada antes (si no de qué), se reservase para más adelante o el final la clave del argumento o la piedra angular que desvele la trama del artefacto que ha creado o la receta absurda de la broma que ha perpetrado. Porque lo que es la calidad literaria, la de la forma, la del cómo, la que te hace olvidar o relegar el qué; si no asoma en las primeras páginas, no te hagas ilusiones, mejor apaga y a otra cosa. Y efectivamente Murakami me ha parecido un excelente fabricante de “Best Sellers” y un pésimo “novelista”. Voy a tratar de explicarme. Para que un libro venda, tal y como está el patio de lectores, y lo haga por cientos de miles de ejemplares en el mundo entero, la primera característica que debe de tener es ser, en grado sumo, “legible”, como decía con sorna Bolaño. Y el caso es que yo no frecuento a muchos autores millonarios en ventas, pero, legible lo que se dice legible: el que más. No solo por esa prosa simplona, “filo-zen” y fluidísima y por lo tanto al alcance de cualquier lector por muy “cortito” que sea; sino sobre todo por lo que se repite, se repite y se repite el tío, tío, tío. La misma, la mismísima cosa unas doscientas veces. Pero no lo hace calcando las frases o las palabras, no; lo hace utilizando doscientas analogías, o semi-variantes gramaticales de frases o de palabras (eso si, se lo curra el japo, no es el trabajito fino de Flaubert ni sus veinte horas de media por página, pero curro lleva). Y las doscientas variaciones (¡qué matraca, qué mantra!) le quedan igual de legibles, supremas, ¡cristalinas!



Si algún lector de Murakami pierde el hilo del cuento, habrá que revisar su expediente académico o clínico, el del lector, digo, pero no se puede en ningún caso culpar al bueno de Haruki. Doscientas veces la misma idiotez, es más que suficiente, incluso para el más lerdo y menos atento lector de “Best Sellers”. Pero resulta que estas machaconas repeticiones no son un “capricho” de Murakami, qué va, qué se creen. El tipo es listo y japonés y debe de saber (habrá realizado encuestas, él o su agente de marketing) que la inmensa mayoría de los “lectores del patio” leen a ratitos espaciados en el tiempo. A ratitos muy cortitos. En el transporte público, en las salas de espera, mientras toma un tentempié, en la cama para coger el sueño mientras el cónyuge se pajea mentalmente… en fin, en porciones muy pequeñas separadas por espacios temporales grandes, medianos o pequeños, según. Y por eso, ¡qué servicial astucia!,  Haruki se repite (es lo que pasa cuando el  cuento solo tiene un estribillo), porque no quiere que nadie pierda el hilo, porque si pierden el hilo pierden su lugar en la fila y si pierden su lugar, su hilo y su fila... van a terminar siendo el hazmerreír de la biblioteca del parvulario.
El problema salta cuando en el “patio” aparece un lector, ni más listo ni más tonto, que lee cien páginas de un tirón y se percata, qué remedio, de que ha leído “cien veces lo mismo”, con levísimas variantes en los materiales, que no en el estilo. El hilo no lo pierde, ¿qué hilo?, pierde la paciencia, los nervios, las uñas, incluso las de los pies… y el respeto a toda la industria editorial.



Hay doscientos pezones que se marcan doscientas veces bajo doscientas camisetas de algodón de manga corta (a mi me salen cuatrocientas mangas) y doscientos pases en flashbacks de una chupada del pezón erecto de la mamá del prota por parte de un tío que no es el padre del prota. Hay doscientas enumeraciones  pormenorizadas de marcas de “Luxury” francesas o italianas de bolsos, zapatos, perfumes, vestidos, sujetadores… (Recuerdo que era Benet el que ¡hablando de Balzac! despreciaba la “literatura solo informativa”, es decir con exclusivo propósito de docencia) Hay doscientas semi-variaciones de la descripción del trabajo “dominical” de un tristísimo cobrador domiciliario… Hay cuatrocientas lunas, doscientas veces dos lunas, ¿no? Hay doscientas versiones de Nada, que son doscientas veces el Todo, de “1Q84”. Pero no voy a repetirme doscientas veces más… ¿por qué? Pues porque si fuese todo tan simple algún que otro cantamañanas que yo me sé, también estaría superando su “Handicap” de 500 lectores y ya tendría su columnita en el colorín de Prisa. Lo dicho, del mundo de  los “Best Sellers”, cuanto más lejos, mejor (si no eres uno de los que hacen caja, claro).



Murakami, por el mismo precio, incluye en “su” novela una no tan pequeña sinopsis de una obra de Anton Chéjov y añade algún dato biográfico de éste (una apropiación cultureta) y de camino sitúa en la mismísima isla de Sajalín, la infancia de uno de sus personajes “secundarios”, un guardaespaldas maricón, para que no falte de ;  Puesto a citar, no se corta un pelo en crear y utilizar “analogías baratas”, unas doscientas, entre “1Q84” y “1984” de Orwell y “Alicia en el país de las maravillas” de Carroll. Por supuesto que además de estas cucharadas “de culto”, Haruki, y en esto no se repite, nos ofrece un somero (risible) repaso (el sentido del humor no parece que le sobre) a la esencia del capitalismo, el comunismo (en no más de cinco líneas), los movimientos políticos extremistas de los setenta, las comunas ecologistas o religiosas, las sectas de lo que sea, el machismo de la policía del emperador del sistema solar y otras sandeces… y la soledad (toscos brochazos de relato psicológico) y la insatisfacción existencial de las mujeres niponas (la burda y oportunista pincelada seudofeminista también ha debido ser aconsejada por los resultados de la encuestita, me juego un huevo de gallina suelta). El caso es que algunas féminas niponas también salen por las noches (cuando hay dos lunas) de caza, a los antros de lujo, y follan con ejecutivos casados y estresados que pagan las copas y el hotel. Y alguna de ellas asesina a algunos hombres que, le consta a ella, no aman a las mujeres (la ración de Eros y Tánatos no podía faltar). Y aquí se ve un plumero que… pero no, que esto se está alargando demasiado y no son horas. Y creo que ya he descrito suficientemente el “completito cóctel” que ofrece la muy cotizada, en el Mercado y en los Mercadillos, “MARCA MURAKAMI”.


Para terminar reconozcamos que el señor Murakami es un tipo que tiene buen gusto musical, algo es algo. Entre reiteración y reiteración, te habla de discos antiguos de Louis Armstrong, de Janacek, de Glenn Gould, de Bach, John Dowland… en fin, se ve que en su anterior etapa ejerciendo de hostelero, de literatura ni puta idea; pero por el contrario se formó un gusto musical variadito y selecto. Pero la literatura, aunque vendas millones de libros, es otra cosa… como él muy bien sabe, aunque no sepa. Lo dicho, del mundo de  los “Best Sellers”, por lo que a mi respecta, cuanto más lejos, mejor.

A la mierda con Murakami, la Literatura, me consta, palpita en otra parte.

ELOTRO

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