Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 31 de enero de 2012

Bordeando círculos, desatando nudos…






Dicen: “La mayoría vamos por la vida dejando cabos sueltos”. ¿Consciente o inconscientemente? A veces porque desistimos en mitad de la tarea, ya fuese esta crucial o intrascendente. Y la abandonamos, a pesar de que a todas luces, (las de algunos) se nos muestra  obscenamente inacabada, precaria, sin rematar. Y, aún así, impelidos por una fuerza cuyo origen solemos desconocer, la damos, en lo que nos incumbe, por “mal” concluida, y la dejamos a medias. En ocasiones “algo” nos empuja imperceptiblemente, pero poderosamente,  al abandono, a la renuncia. Aquello dejó de arrebatarnos. Y ya solo nos provoca una especie de desagradable hastío. En otras, es evidente que nos desentendemos sin más.





Se dan casos en los que es posible que una cierta ceguera, más o menos deliberada, nos haya llevado a una situación sustancialmente distinta de la que anhelábamos y creíamos vislumbrar. ¿Error de lectura cartográfica? Pues no era para tanto, terminamos por afirmar decepcionados. La desgana y la inapetencia encuentran así el terreno abonado. El desencanto puede ser sin duda una de las razones para la renuncia, a medio camino, de la tarea. Más difícil resulta que explique, por sí solo, el inmediato comienzo de otra, o del abordaje de una nueva nave, antes del definitivo puntapié a la pretérita. Dicho esto sin intención de despreciar el tirón de nuestra ancestral naturaleza anfibia. No parece que voluntariamente dejemos a nuestras espaldas cabos sueltos, naves a la deriva, para a continuación dirigir nuestros pasos inmediatamente a anudar otros. Ocurre además que no siempre existe o se persigue  un “algo” que sustituya o llene el hueco del “algo” anterior. ¿O acaso están anillados todos los cabos, sueltos o atados, del circuito?






Situemos ahora nuestro punto de vista en otras atalayas. En cierta medida un nudo atado, lo digo por su vecindad “estructural” con el cabo suelto,  no deja de ser, también, una mera “derivación” de aquel y además equipado con marcha atrás o, también suele llamarse, inversión de sentido. En tal caso podríamos negar, con todo el énfasis que se quiera, que un cabo suelto sea impepinablemente un acto fallido, o algo “lamentablemente” inacabado. Más bien se me ocurre que podría ser, abriendo la profundidad de campo, una “obra abierta”. Qué bobo mecanicismo, inquiero, nos lleva a pensar que un cabo suelto necesita o reclama necesariamente “nuestro” anudar. Cuantas más vueltas le doy, más estúpida me parece la militancia ferviente en el “acabamiento”, en el “remate”, en la “finalización”. Díganme, ¿dónde termina la línea que traza la circunferencia? ¿Pueden decirme cómo situar la síntesis antes de la tesis? Obviamente ciertas vidas podrían consistir, estoy atando cabos de ciego, en un trayecto circular (imaginario o real, qué mas da) en el que no se hace otra cosa que anudar y desanudar arbitrariamente y  donde los nudos (mudables o no) no cumplen más papel que el de  “mojones”, (una gran constelación de nudos)  del itinerario, y que se afana en interpelar a los caminantes al principio o al final de cada cruce, cuesta, bucle o rodeo de la ruta, en la ida o en la vuelta y hasta en las horas de siesta.






En el anudar y desanudar cabos se sustenta el peculiar “viajar sin desplazarse”, fiel a sus anclajes, del nudo de uso corriente, entidad precaria donde las haya. Los cabos son retocables, moldeables, dúctiles y se transforman por asociación. Cada cabo contiene su memoria que en su caso comparte en el nudo, en el entramado, cambiante, compuesto de nudos y cabos sueltos que cubren los accidentes del veleidoso recorrido. Los arrepentimientos y los retrocesos y los destrozos que provocan y los fragmentos que se esparcen por la calzada, desmienten que el camino consista en  un inocente paseo. Los otrora cabos sueltos constituyeron los nudos que a posteriori reaparecieron de nuevo como “otros” cabos sueltos. Unos cambios intensos que repercuten a su vez en la orografía de la senda y que no pueden pasar desapercibidos en las castigadas plantas de los pies de los, siempre renovados, viajeros.

¿Se cansa uno de atar cabos o de atar ciertos cabos?
¿Hay cabos de más?
Hay nudos sin salida.
¿Alguien viene por detrás desanudando?
¿Hay nudos subterráneos?
A mitad de trayecto un inesperado desvío nos seduce con sus metáforas, y nos dejamos arrastrar  hacia su violento empedrado.
¿Abandonar la rueda?
¿Emprender el vuelo?
Cuánta cobardía. Cuánta desazón.
En esas estamos.
¿O soy un caso particular?


ELOTRO




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viernes, 27 de enero de 2012

(Dicho sea entre paréntesis)





Resulta imprescindible acatar el procedimiento, las reglas del juego, y bajo ningún concepto traspasar los límites que ellos han preestablecido. Porque es eso lo que garantiza tu derrota; su victoria. Es más, si acaso falla, recurren al método “Salvador Allende”. Y Feliz Navidad.



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El culto es un afán borreguil de saber todo lo que dice el líder en vez de quedarse con lo que hace.



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El producto más sencillo es más eficaz, pero, es barato. En cambio si complicamos el procedimiento baja la eficacia, qué duda cabe, pero sube el margen, lo que optimiza resultados. Eso explica la chapuza que ponemos en el mercado y los extraordinarios beneficios que conseguimos, sin contar con que, la tal chapuza, lleva incorporado el famoso chip de la obsolescencia programada, que es otra razón, quizás la más importante, a favor del beneficio, pero no queremos atosigarles más. Y sí, como lo de los fámulos es lacerante, pero…



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Tropiezo con la misma piedra cuatro veces; dos veces al día, todos los días. No fantaseo, tengo doble personalidad (una no es joven y la otra no es madura), todos los días. Como quien dice, soy dos veces tropezón. Y que conste que estoy hablando de pedruscos de los que dejan huella, no vayan a creerse.



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CHEPOSO: dícese de aquel que clava su mirada, (antes, después y durante o tesis, antítesis y síntesis) en su mismo ombligo, y alguno, créanme, se llega.



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Una sola tesis y una sola  antítesis. Una síntesis que solo se nutre del bipartidismo realmente existente.



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Algún día, tal vez se sepa: lo que ustedes estiman instintivamente en mi es el animal domesticado que puedo llegar a ser.



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Aquellas cuerdas vocales era muy capaces de hacer vibrar durante horas todos los tímpanos presentes en varios kilómetros a la redonda. ¡Y resulta que nadie entendía nada de lo dicho! ¡Nadie! ¡Nada!



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La presencia de “contradicciones a la deriva”, pone de manifiesto la probabilidad de “vida encarrilada” en el seno de las  ideas “ilógicas o desencaminadas”. O eso creí entender.



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Si se lo ocultas en la desmemoria,  en una de esas zonas profundas e inalcanzables, queda fuera también de tu alcance. Aun en el caso de que  te acuerdes del sitio, que esa es otra.



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Lo observé y tomé nota mental de ello. Y ahora vaya usted a saber dónde está el papelito.



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En la puerta de entrada, hacen; en la puerta de salida, deshacen. La virgencita es muy cumplidora.



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Sus ideas contienen siempre un componente de fuga, para que la vida tenga escape. Y la furia.


ELOTRO



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miércoles, 25 de enero de 2012

A propósito de…








“No hay como hablar de algo para lograr que exista…”

Umberto Eco  (El cementerio de Praga)



Una  cita que, en primera instancia, nos alerta sobre una sencilla manera de “crear realidad”. Hablas de “algo” y ese “algo” existe. Bueno quizás no sea tan fácil ni tan lineal en el terreno práctico. Porque, digo yo,  cuando hables de ese “algo” tendrá que haber alguien (los que sean) que reciba el mensaje.

Dicho de otra manera, para lograr la existencia de “algo”, además del “emisor” es necesario el  “receptor”. De una  boca a muchas orejas.

Debe de ser para eso para lo que se crearon los medios de comunicación. Para “crear” la realidad. Y contarla a los “otros”, a los que viven en ese nivel de realidad en el que los “algo” no se “crean”, sino que se “sufren” en las propias carnes. En el “nivel sufriente” de la realidad solo se puede crear realidad a pequeña escala, a nivel doméstico. Los súbditos del “nivel sufriente” se pasan el tiempo encadenados al trabajo, peleando entre sí, descansando lo justito para volver a trabajar y cavando su propia fosa (“una tendencia a aniquilarse”); son gente fundamentalmente receptora y, cuando emiten, se comportan como  antenas repetidoras. Y es ahí donde hacen su agosto los medios “emisores y productores” de realidad que siempre están en manos de esa minoría que mora en ese otro nivel de la realidad, donde sí hay tiempo y medios para “crear realidad”. Ni que decir tiene que dichas creaciones obedecen fielmente a un patrón establecido con un claro objetivo que fijar en la mente de los indefensos receptores: la realidad que fabricamos y les contamos (cada día, cada hora, cada minuto) es la única realidad que existe.
Como todo quisqui ha escuchado alguna vez: “Es verdad: porque ha salido en la televisión o lo he leído en el  periódico o lo he escuchado en la radio o…”.

Habla (con audiencia) quien manda, escucha (es la audiencia) quien obedece. Este orden de factores, en todos los niveles de la realidad, es, y siempre será, inalterable.
(Bueno eso es lo que los “fabricantes de realidad” sostienen).

Y abundando, saben aquel que dice…


ELOTRO



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Un poquito de por favor, no vaya a ser que...






Por favor, que alguien le diga a los “mercados” que no se puede estar todos los días en pie de guerra.

ELOTRO

lunes, 23 de enero de 2012

¿Botas o sandalias?









Levanté la vista y tropecé con su mirada. Tenía los ojos clavados en mí. Como cada lunes estoy en mi mesa del café situada junto al ventanal. Había levantado  la cabeza, como tantas veces,  para fijar y descansar la mirada en algún punto neutro. Trataba de poner algún orden en los apuntes que había tomado de las últimas lecturas y también de algunas ideas sueltas que se me van ocurriendo en los momentos y lugares más insospechados. Es jovencita, tiene el cabello castaño oscuro, casi negro, y largo y liso, me resulta atractiva, los ojos oscuros, no puedo distinguir el color. O no lleva maquillaje o es muy discreto. Sobre el mármol de la mesa, además del móvil, tiene un libro abierto con las cubiertas forradas. El choque con su mirada me ha sacado del ensimismamiento en el  que me encontraba. A partir de ese momento y de forma maquinal me he puesto a garabatear estos apuntes, sin pensarlo y sin pensarlos.




Ahora me vienen a la memoria gran cantidad de  obras que se han tejido a partir de encuentros accidentales o visiones pasajeras o  roces casuales. “Enamorarse”, con Robert de Niro y Meryl Streep, en el tren o en la librería “Rizzoli” de Manhattan. Menudo recurso este, lo mismo vale para gente que ni se conocía y que no se vuelve a ver, que para aquellos que hace años que no se ven o… en fin, que es un estupendo comodín. Se me viene a la memoria la película de Eric Rohmer, “Mi noche con Maud”, varios encuentros casuales con rubias y morenas y un amigo del colegio. Y no digamos la abusiva utilización del “truco” por Woody Allen. Y “Breve encuentro” de David Lean. Pero esto que estoy viviendo en estos momentos se parece más al “encuentro” que nos relataba  Hemingway en un café “no famoso” de París, donde precisamente se refugiaba de los conocidos para poder  trabajar, con una desconocida morena que ocupaba una mesa vecina y que le dejó impactado no recuerdo bien si por su belleza, su mirada triste o su soledad y, claro, le inspiró una historia, quizás un cuento... lo contó en su, para mí, magnifico libro, “Paris era una fiesta”.
Como no la vi llegar, no puedo calcular bien si es alta o baja. Observo que lleva botas negras con medio taconcito. Tiene toda la pinta de ser delgada, flaca, debajo de la ropa, pero parece, por como rellena su camisa de “rojo garibaldiano”, de tetas voluminosas. Está tomando o ha tomado una infusión. En la película antes citada de Rohmer, la rubia, decía que los sobrecitos requerían, para su gusto, siete minutos, y recuerdo que Clara, la señora “escritora y profe”, la del “ratoncito”, exigía tres. En fin, mujeres. Lo más parecido al paraíso que conocerás en la tierra, decía “el ligón” de Camus, y lo más parecido al infierno, habría que añadir por parte de los que no nos jalamos un “saci”.





Todo ha ocurrido muy rápido y además me he perdido su llegada porque, como ya he dicho, estaba en Babia. Por lo mismo no he podido oír su voz cuando haya llamado, supongo, la atención del camarero para pedir su consumición. La voz, ya se sabe, es un atributo fundamental. Tanto en ellas como en ellos. Acordaos de la catástrofe que provocó el “sonoro” en los actores del cine mudo. Por cierto en “Cantando bajo la lluvia”, además de lo del cine mudo,  también recuerdo encuentros casuales. Hay mujeres que pierden su atractivo, al menos para mí, en cuanto hablan. Por muy buenorras que estén. Y no estoy refiriéndome al temita del contenido de la charleta, no. Eso, mira tú,  lo puedo sobrellevar en casos justificados; pero el timbre, la entonación y la tonalidad cazallera-camionera, es algo que, junto con la gestualidad ostensiblemente “machorra”, me resultan absolutamente insoportables. ¡Que tienes vulva, cojones!
Para lo que tratamos ahora es mejor especular con las apariencias, y hacerlo de acuerdo a las necesidades del “guión”, que si no lo hay, ya llegará. Que interesa que el libro que tiene sobre la mesa del café esté forrado impidiendo cualquier mínima posibilidad de identificación, pues se forra. Que en vez de botas con taconcito lleva sandalias y exhibe las uñas sin cuidar y alguna que otra dureza, pues eso. Se cierran algunas vías y se abren muchas otras, se sacan a la luz o se dejan en la penumbra, según se te antoje que para eso eres el autor, o como dicen ahora: el puto amo.






Se trata de desarrollar hipótesis: la A, la B, la C, las que hagan falta, y a continuación elegir las combinaciones más adecuadas, jugando con los tiempos y las cronologías, según tu punto de sentido y significado. Eso pienso, sin pretensión de sentar cátedra,  que es la literatura: observar la realidad del mundo que te rodea, imaginarla y contarla, con lo que se calla y lo que se ignora, y así organizar el tinglado, en definitiva otro puñado de laberintos dispares sembrados de párrafos inconexos estibados al buen tuntún, y poniendo por en medio tu ángulo de visión, tus cristales de colores, tu manera de valorar e interpretar, tus intereses, tus talentos cargados de tus carencias, tus necesidades. La literatura te permite, en los límites de su territorio, desmantelar un trozo de vida, de esa vida que no estimas, y rehacerla, sobre el papel, según tu personal criterio o desvarío. Eso y pasar el rato, que no es poco.

¿Se levantó y se fue?… al final, se ha ido como llegó, y ésta, fíjate tú,  era una hipótesis no contemplada (hasta este momento). Cuando por fin decido mirarla de nuevo, su mesa está vacía. No está, se ha escabullido, no sé siquiera si ella me habría vuelto a mirar antes de abandonar el escenario, si habría llevado a cabo algún gesto de aviso para sacarme de mi profundo estado de retraimiento en el que paladeaba lentamente  mis  pueriles elucubraciones. Desde hace un rato no puedo dejar de mirar el “collage incompleto” formado por la que fue su mesa, su silla, y la taza de la infusión, que, ay, rozó sus sensuales labios, sobre el platillo ocupado con los exhaustos restos de los sobrecitos, estrujados a conciencia. Y veo con claridad su ausencia y sobre todo la de las sensaciones que había provocado en mí, y siento una profunda decepción. Y me sumerjo, una vez más,  en un desolador estado de estupor mental. Todo como la vida misma; no observada ni narrada, vivida a pelo.

Algo parecido a la más calcinante aridez crecía e inundaba mi interior amenazando con asfixiarme. Busqué entonces un punto de fuga a través del ventanal… para mi pasmo ahí estaba la cabrona, (por cierto, es más alta que la media) a un metro escaso de distancia, fumándose un truji  al otro lado del cristal…y me miraba… y me sonreía. Y, claro, yo…


(Pero no puedo anticiparme, ya si eso les cuento…)


ELOTRO




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sábado, 21 de enero de 2012

Cuatro brevas






¿Por dónde?

-Dime, ¿fue por el pretil? –le pregunté.
-¿Pretil, qué es? – replicó el niño.



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Un gran aparato.

Habitualmente en el periódico:
“Cayó una imponente tromba de agua, acompañada de gran aparato eléctrico”.

Sin especificar: gama, modelo o marca.



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Con el dedo.
Descruzó las piernas, se introdujo el dedo y lo sacudió de forma feroz, meticulosa y agotadora para aliviar el picor.


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Una de espadachines

DIRECTOR - ¡Acción!
………
CONTENIDO - ¡Muerte y rayos!
          FORMA -  ¡Sangre y truenos!

Y se desenvainó la tormenta literaria.

ELOTRO


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jueves, 19 de enero de 2012

Ahí van dos tazas…











Ahora que Rajoy  sube, ¡sorprendentemente!,  los impuestos a los que tienen nómina.

La justicia tributaria en las sociedades avanzadas puede significar, por ejemplo,  que el dueño del Rolls pague menos impuestos que su chofer, ¡cuando los paga! Este dato, no obstante, no molesta, incomoda ni enerva al colectivo de chóferes, que, en su práctica totalidad comulga gustosamente de la extendida creencia que sostiene que, en las sociedades avanzadas, un chofer, con dedicación, entusiasmo, entrega, compromiso, buen comportamiento con los señores y un poquitín de suerte, puede llegar a ser, poco probable pero no imposible, un magnate propietario de un Rolls y así no verse en la pedestre obligación de  pagar tasas ni tributos a la eufemísticamente  llamada hacienda pública. De hecho, en los territorios donde más proliferan los Rolls y los chóferes, se han llegado a celebrar auténticas performances (unos simpáticos montajitos teatreros) protagonizados por los más distinguidos poseedores de las más grandes fortunas reclamando, a sus propios siervos del gobierno en cuestión, la elevación, de forma sustancial, de la cuantía de sus propios impuestos, ya que, comienza a hacerse realidad aquel estúpido chiste del que abusaban las clases bajas y que  rezaba:”Gano tanta pasta que ya no tengo donde guardarla”. ¿No lo creen? Hacen bien. Pero estarán de acuerdo conmigo en que si no fuera por estos “ratos” (2,3 millones de euros de sueldo como jefazo de Bankia en el 2011), y por los del tálamo y los de cagar…

ELOTRO






Altamente adhesiva.

Como ese papel pegajoso del que no existe forma humana de desprenderse, porque,  cuando al fin logras despegarlo de tu mano izquierda, se traslada a la derecha y de ahí al muslo derecho o a la rodilla derecha y a continuación al zapato izquierdo de donde pasa, bien es verdad que ayudado de tu torpeza,  a la suela del derecho y, por último, y a pesar de haber puesto en juego todas tus presuntas habilidades y cuando parecías estar a pique de desligarte de él, retorna de nuevo, solo que bastante más arrugado y mucho más pegajoso, a los desmañados y reincidentes dedos de la mano izquierda, desde donde, obstinada e incansablemente, reanuda su periplo hacia…

ELOTRO

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martes, 17 de enero de 2012

De estirar se trata.








Se trata de estirar: una teoría, un cuento, una nadería o una gran verdad grande de verdad. Estirarla, a ver cuánto resiste, cuánto puede dar de sí. Sin romperla, claro, sin quebrarla, troncharla o escacharrarla. Medir fuerzas frente a ella, a su todo. No, así no creo que esté bien dicho: no se trata de medirse “contra” sino de mirar, de observar “frente” o desde arriba o abajo, darla vueltas, y vueltas y vueltas o, si se puede, desde “su” dentro o tomándola entre las manos y tocarla desde “su” afuera y palpar y mirar y oír sus caras inexplicables, su textura, sus sí y sus no u otras cavilaciones, sus túneles, su dureza, sus fluidos, lo que tiene de inconfundible, su esencia imperceptible, sus trazas y secretos, y huronear en sus recovecos, sus inquietudes y sus certezas, y con la mayor desvergüenza en sus límites, sus formas blandas, sus resquicios, sus huellas, sus filos y esquinas, sus franjas inmunes, sus defensas, sus zonas engañosamente vulnerables, su vacío. Desconceptualizarla, abstraerla, desestructurarla, aislarla, descomponerla, dividirla en “otras” partes y  vuelta de nuevo a rehacerla trastocando y configurando una nueva forma (inventar dentro de la forma, una forma inédita), una “otra” apariencia “inacabada” y, como suele decirse,  tramposa, delirante, anárquica… y hacerlo en tiempo, ni lento ni rápido, a capricho. Si se está en el humor, digo, porque en caso de fracaso lastima, a veces mucho, y puede resultar muy molesto. Si lo sabrá él.


ELOTRO


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domingo, 15 de enero de 2012

Viendo entrar y salir los navíos.








Por veces se me pone en el magín escribir alguna cosa que alivie el mientras tanto. De antiguo abundaban los que se buscaban el sustento contando historias inventadas, aunque a veces, bien que las menos, adornadas con alguna punta de verdad, y alternaban de preferencia por las posadas, cafeterías, y chiringuitos del centro.
Y sí, como decía el italiano, la casual lectura de obra maestra o bagatela puede ejercer de mecha o acicate. Los más leídos ya habrán podido apreciar que en esta ocasión el empujón se debe a don Álvaro, el de Mondoñedo. Aciertan, pero acertando en algo no aciertan del todo. No he de dar más pistas, solo que, sí, hay más hilos, no ha de haber, más que hembras avispadas, y el ovillo, el que derrama, viaja en una caja de mantecadas de Astorga. Aunque, no se me precipiten, de los “Panero”, en este pasatiempo, ni mentar. El juego, como cotejaran,  es de más bulto que peso, liviano lo marcan. Le doy, con permiso, el último tiento a la jarra. Y ya metidos en obras, y vuestras mercedes en gastos, no se puede ir a la caridad y menos en estos tiempos, es hora que asome el cuento. En un amén, lo doy por acicalado. No hay tal mérito, es mi tráfico de cada día





Se atribuye el relato, los derechos de progenitor, a un viejo e insolente loro, por lo demás,  sospechoso de herejía. Cuenta de un caballerete, espigado, de hombros apretados y resbalosos, tez rosada, el culo sumido, rubicundo, muy cortés y afecto al aguardiente de Portomarín. La verdad sea dicha, el rufián se daba aires de señorío con la gente de escaleras de abajo, como si el no fuese paje a soldada temporal o por obra o vía ETT. Faceta tal que daba en  restarle popularidad entre amplios sectores del personal subalterno. Circunstancia esta, además, que todos sabemos tarde o temprano termina por estorbar cualesquiera de nuestros empeños. El caso es que el malandrín valiéndose de mañas atravesadas y cierta habilidad en la versificación de lastimeros amoríos, supo conquistar el descocado pensamiento de la señora de la casa, que a partir de entonces no sosegaba. De cuando en veces, la señora reclamaba, con mucho mando, los servicios del bribón, recalcando que acudiera presto y sin compaña al interior de  sus aposentos. Tal coincidía, invariablemente, con el horario de las ausencias del amo. Repitiéronse a intervalos cada vez más cortos y con más dilatados tiempos. Las apreturas horarias acabaron por solapar las visitas del tunante con las escasas estancias caseras del amo, que, quizá picado por la curiosa y reiterada presencia  del paje en los aledaños del catre matrimonial, quiso saber de tan misteriosa circunstancia.
No tardó en crecer el resquemor tras la primera encuesta, a pié de cocina. Pertrechado de su habitual torpeza trató de sonsacar a la servidumbre señas del paje y sus cometidos en la casa. Claro que la mayoría de la servicial tropa, a disgusto con el petulante, corregía el desvarío   de la pregunta con el encarrilar de la respuesta: “Desconocemos, señor, cualquier cometido del paje en la casa, salvo lo que pueda o deba en la alcoba de la suya dama, donde fuera de alcance a nuestros sentidos, pasa todo su tiempo”.





Quizá fuese que la tal noticia, transformase al manso y boberas amo, en una airado  marido que se sospecha cornudo y, como de común, último en averiguar el origen del sobrepeso. Se planta frente al espejo y se pasma contemplando la triste figura del no avisado, del cornúpeto estupefacto que da en no creer posible el reflejo que vive en todos los ojos chisposos y chismosos del séquito que le observa. Más que la procesión que inadvertidamente le arrolla, le duele su cándida ceguera. A ella siempre dijo sí a todo. Siempre la vio mansita, dulce, inocente, sincera, recatada, sumisa. Se ponía colorada por nada. Por así decir no era un bellezón, pero parecía limpia y de buen conformar. Nada más conocerla se dijo que  la había de enamorar y llevarla a casorio. Así fue.






Puestos los anteojos que ahora a todas horas precisaba y  dado el cariz que tomaban los acontecimientos, convenía que se hiciesen perentorias pesquisas. Pareciole que se había pasado un poco de confianzudo. En caso de confirmación del engaño, se dijo, a la pareja de infames correspondería el pago que aguarda a los fanáticos del ilegítimo fornicio. Se sentía como esos  viejos que se casan con moza, y que aún no sale la pareja de la iglesia y ya están inventando, ¿inventando?, cuernos las imaginaciones  sospechantes. ¿Trocaron en puterías  las delicadezas y melindres de la señora? ¿Se enamoró en un repente traicionero de aquel granuja? ¿Qué arteras armas usó el perillán con la maliciosa intención de embeberla y perderla? ¿El amor con el que siempre la gratificó, no era impedimento de marrullero engaño? En vez de ir a soltar la cometa o jugar a las ranas, con su dama de compañía, ¿pasaba las horas libres viendo entrar y salir los navíos, ¡Oh!, y chupando palitos de canela, ¡Oh!?
No me vienen ahora ganas de seguir planteando dolorosas interrogantes, se dijo, y recordó además que de mozo él también desenvainaba fácil, que andaba levantando las faldas y traía amores con señoras a excuso de sus maridos y supo también que el amor no se paraba en preñadas. Decidió entonces, como  punto final y principal de esta acontecida, fijar la vista en el reloj de arena, a la manera de los más letrados, que  se distraen mirando el hilillo que va de vaso a vaso, perdiendo el de su triste discurso, el del inapelable ocaso de sus días.



ELOTRO  (Cunqueiro)


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