viernes, 28 de diciembre de 2012

Otrapenap’amicoño. / ELOTRO






Otrapenap’amicoño.

Colgaba de la pared, sin compañía, el tabique completo para ella. Solitaria e  incitante proyectaba sobre mí un irresistible magnetismo.
Desde su majestuosa indiferencia invitaba, pensé que me invitaba, a fisgar, a husmear, a rebuscar, a hurgar  en sus interiores, de tal manera que, incondicionalmente entregado como estaba, no tardé en  penetrar literalmente en ella… turbia, intrigante y retadora… fotografía. 
Una vez dentro de aquella novedosa y extraña bidimensión, pude  acceder sin que ningún tipo de obstáculo me entorpeciera el camino hasta su profundo, caliente y  recóndito cogollo, que se hallaba emboscado entre un  cegador exceso de iluminación.
Cuando ya pisaba ese preciso y riguroso núcleo central, quedé vigorosamente enrollado por una visión tan extremadamente “nítida”  -doblemente nítida en su doble dimensión- que produjo en mí una doble catarata de efectos aplastantes y asfixiantes que terminaron por ser, en su diáfana legibilidad, insoportables. Lástima. Otrapenap’amicoño.
Malogrado el sueño no quedaba otra, dar  media vuelta y apretar a correr, salir pitando, largarse cuanto antes de allí. Sin embargo no pudo ser, en un principio. Aquel despropósito de espacio bidimensional no se prestaba a carreras -a pesar de ímprobos esfuerzos me ocurría como en esos sueños en los que tú no avanzas, y por más que lo intentes no puedes moverte del sitio, mientras que el amenazante y ágil perseguidor, aprovechando tu impotente inmovilidad, se encuentra a un solo paso  de darte caza-. Todo lo más, empantanado en un dudoso espacio de doble dimensión, uno puede arrastrarse muy lentamente y bien pegadito todo el cuerpo, tenso y extendido, al plano; eso sí, en todo momento dentro de los limitados y limitadores parámetros que permiten el juego, dicho sea de manera aproximativa, entre los ajustados confines del  ancho/alto (¡por eso en esas resulta imposible meterse en honduras!).
Ciertamente y al igual, más o menos, que en nuestra realidad tridimensional, todo lo que a la entrada fueron obsequiosas y engatusadoras facilidades  tornáronse en agrestes escarpados y ariscos inconvenientes nada más decidir poner rumbo a la salida.
Finalmente conseguí abandonar (¿O fui expulsado y desterrado?) aquel inhóspito espacio… y retorné a disfrutar, bueno, es otro torpe decir, del característico y benéfico “desenfoque” de las cosas en nuestros familiares espacios tridimensionales. Y todo sumado –bueno, menos ella, que quedó allá ¿cautiva? entre dos planos-, de la inaprensible, fría, lejana, borrosa e incierta realidad.

ELOTRO

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