Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 12 de octubre de 2012

Paul Gauguin y el viaje exótico






“La aventura, la gran aventura, es ver surgir algo desconocido cada día, en el mismo rostro: es algo más grande que todos los viajes alrededor del mundo.”

Alberto Giacometti


No, no es que en la exposición “Gauguin y el viaje exótico”, en el Thyssen se hayan incluido obras de Giacometti, no, no es eso. Se trata simplemente de traer aquí un punto de vista contrario y simultáneamente complementario a la tesis “del viaje”, como huida o como busca, que sostienen los organizadores de la muestra. Frente al dinámico “salto” viajero, Alberto Giacometti, apuesta por la atenta e indagadora actitud contemplativa, como el que pudiera ser el más “grande y revelador” de los viajes.




¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? 
Entre los grandes artistas y a lo largo de la historia encontramos de todo un poco. El artista emprendedor y viajero y el sedentario observador que viaja con su imaginación. Cruzaron fronteras: Durero, Rubens, Delacroix, Manet, Kandinsky, Klee, Matisse, Melville, Stevenson, London, Conrad, Bowles, Chatwin… y, por el contrario, se quedaron en casita: Rembrandt (¡Ni Roma ni Florencia ni Venecia ni hostias! Parece ser que dijo); Verne, Braque, Ensor, Morandi…
Y claro está los que son una mezcla más o menos “proporcionada” de ambas actitudes, que suelen ser los más numerosos.





Paul Gauguin fue un artista activo, vertiginoso y muy viajero: “Occidente está podrido”, proclamó; y permanente fugitivo, afirman algunos. Abróchense los cinturones y vean que trajín de vida llevó: Como anécdota inicial apuntemos que cuando solo tenía un año de edad viajó de Francia a Perú, donde pasó sus primeros años de infancia. (Gauguin era nieto de Flora Tristan, a la que no llegó a conocer, pionera del socialismo utópico y del feminismo, amiga de gente como Fourier, Proudhon o George Sand).
Cinco años después volvió a Francia, a Orleans, y en su juventud se enroló como marino mercante; ya casado trabajó en la Bolsa de París, vivió una temporada con su mujer y sus cinco hijos en Copenhague; Más tarde, durante un tiempo, tras abandonar (nunca del todo) a su familia en Dinamarca,  vivió en Normandía, junto a Pisarro, dedicándose por entero a la pintura; viajó a Panamá y trabajó en las obras del Canal donde “ fue hecho preso por la policía por el delito de haber orinado en una de sus calles” y también tuvo ocasión de sufrir algunas enfermedades tropicales: disentería, paludismo o fiebre amarilla;  De Panamá pasó a La Martinica, estancia esta de singular aportación a su pintura: la luz, la exuberante naturaleza, los colores, las gentes y la atmósfera del Caribe; una vez más volvió a Francia, a Bretaña, donde pintó unos años con el Grupo de los Nabis; en 1888 pasó dos meses con Van Gogh en Arlés, en el sur de Francia; y ya en 1991 se trasladó a la Polinesia francesa y se estableció en Tahití; nueva vuelta a Francia y en 1901 se trasladó a las Islas Marquesas donde en 1903, a los 51 años de edad, acabó su periplo vital. Mareante, ¿no? 




No cabe duda de la pertenencia de Gauguin a los artistas “físicamente” viajeros y de su irrefrenable deseo de ver, tocar, explorar, husmear y sentirlo todo materialmente, en primera persona, en la propia piel. Desde la experiencia de La Martinica, sus viajes dejan, de eso se trata, una profunda huella en su obra y son las nuevas “realidades” las que se apoderan de ella y le permiten “limpiar” su arte de todo resto de artificial “sentimentalismo”, incluido el “simbolista”.
La “mirada” de Paul Gauguin, el cómo y el desde dónde, no es la mirada “exterior”, rápida, predispuesta y superficial del turista (cómo en su caso acaba de reconocer recientemente Woody Allen de sus pelis “europeas”), sino la de aquel que se integra voluntaria y pacientemente, la de aquel que vive, disfruta y soporta, las mismas luces y los mismos frutos, los mismos paraísos o los mismos infiernos. Si se quiere comprobar hasta que punto esto se hizo realidad en sus obras no tienen más que mirar sus retratos de los “otros nativos” y sus autorretratos. Y juzguen ustedes mismos si por ahí respira o aparece algún “mirón guiri”. 




Al inicio de la expo han situado un magnífico cuadro, unas mujeres argelinas en interior de Delacroix, junto a la obra de Gauguin, “Para api” (¿Qué hay de nuevo?). Por supuesto que salvando las distancias creo que estas dos obras ejemplifican acertadamente lo que podríamos llamar una “mirada del visitante, exterior” y una “mirada del, prácticamente, cuasi-nativo, interior”. En la obra de Delacroix (el viaje al norte africano de Delacroix fue como acompañante de una Delegación Gubernamental francesa) los nativos “posan” y exhiben su exotismo al mirón intruso (y según sus “tradicionales” indicaciones), en la de Gauguin “están”, sumidas en la indolencia, tal cual, en su momento, se muestran de ordinario y aparecen sin más (ajenas a la existencia y coacción de cualquier extraño observador que las coloque según el canon) Las dos obras, unidas solo por el exotismo del tema, a ojos “civilizados”, están realizadas con sesenta años de diferencia, además.



El hilo conductor de esta exposición es sin duda Paul Gauguin, su obra y sus viajes. Pero como en el caso de Delacroix, las salas está llenas de obras “acompañantes”, contemporáneas o posteriores, de artistas que vivieron situaciones similares, viajes o huidas, exploradores o accidentales, o que en su caso fueron directamente influenciados, (como su amigo y compañero de viaje Charles Laval) por la obra “viajera y exótica” de Gauguin.
El colorido de Gauguin, y en parte su composición y pincelada, queda perfectamente señalado y confirmado como una de las grandes influencias del “fauvismo”, y así lo atestiguan las obras presentes de Matisse (del que han colgado un jarrón de flores con fondo azul que es una pintura sencillamente sublime), Derain (extraordinarios sus bajorrelieves en madera) y Maurice de Vlaminck. No olvidemos además que Henri Matisse también viajó a los Mares del Sur (y veinte años antes al norte de África) en los años treinta del siglo pasado y que aquel “deslumbramiento” dejó nítida huella en sus obras últimas y experimentales realizadas con papeles coloreados y recortados.



Las obras “primitivistas”, (¿una suerte de contracultura?) realizadas por Gauguin en Tahití y en las Islas Marquesas, causaron un gran impacto en los expresionistas alemanes. La existencia, en los márgenes del mundo civilizado, de “Diversas” (tildadas por Occidente de “inferiores”) costumbres, razas, creencias, rostros, lenguajes, mitos… llamó la atención como fuente de inspiración de todos los artistas de la vanguardia de principio de siglo. Las máscaras africanas que Derain coleccionaba y que Picasso admiró en el Louvre o las esculturas en madera que Kirchner y compañía pudieron contemplar en los Museos Etnográficos de Alemania, tuvieron un gran impacto sobre aquellos artistas que, por encima de todo, deseaban elegir “su propio viaje” o su manera de afrontar la permanente contradicción tradición/revolución y la más moderna subjetiva/objetiva, y romper “amarras” con el concepto de “arte”, burgués, adocenado, tradicional y académico (¿puede haber mayor deshumanización en un arte?), que predominaba en la Europa de finales del diecinueve y principios del veinte y que “triunfaba”, económicamente y socialmente se entiende, en los Salones Oficiales.
La presencia en esta exposición de las obras de Kichner, Heckel, Macke, Nolde, o Max Pechstein, confirman con rotundidad el magisterio ejercido por la obra y la “actitud vital” de Paul Gauguin en este extraordinario y vanguardista conjunto de artistas. Quisiera también destacar en concreto las xilografías coloreadas de Gauguin (otro paradójico retroceso técnico), escasas en la exposición pero de gran relevancia en el conjunto de su obra. Una técnica de grabado “primitiva” que, en manos de Gauguin, produjo extraordinarias obras de “vanguardia”, es lo que tiene el conflicto dialéctico. Lo que, evidentemente no pasó desapercibido para Kirchner y los suyos.




Kandinsky también viajó a Túnez en 1905, y en 1914 lo hicieron Macke y Klee (que, bajo la luz africana “descubrió el color” y escribió en su Diario: ¡Ya soy pintor!) En distinta medida, bien es verdad, pero en todos ellos resulta fácil encontrar la marca “formal y colorista” de Paul Gauguin.

En definitiva, la obra de Paul Gauguin, de cuya pervivencia él tenía serias dudas, (fue calificado como “el gran innovador” por el poeta simbolista Mallarmé) sigue vivita y dando guerra cien años después no solo en sus obras sino en la de muchos artistas que llegaron después y supieron ver los valores antiacadémicos y revolucionarios que se contenían en su obra (tampoco vamos a ignorar sus abundantes obras religiosas o puramente decorativistas de sus comienzos o su etapa bretona). 



Paul Gauguin fue un rebelde, un solitario individualista (anarquista de derechas lo califican otros), un insumiso, algo ególatra y un salvaje pendenciero, tanto en la Bolsa de París, (de dónde sí que huyó, es decir, de dónde huyó del Paul Gauguin acomodado, aburguesado y alienado en que se había convertido) con traje y corbata, como en los cafés y burdeles parisinos, bretones o arlesianos,  como frente a las tiránicas y racistas autoridades coloniales francesas de la Polinesia. Un heterodoxo incivilizado, inclinado a las depresiones en sus repetidos periodos de penurias económicas y creativas, difícil de doblegar e integrar, alguien que despreciaba furiosamente a aquella sociedad filistea que tanto lo había humillado, (alguien al que nunca habrían ofrecido un marquesado y que nunca habría aceptado un marquesado) alguien al que aún hoy se maquilla y se falsea (lo del libro de Vargas Llosa es solo una pequeña muestra) porque aún hoy sigue resultando, para la gente de orden, (al igual que su compañero Van Gogh) difícil de asimilar en su auténtica dimensión, claro está.
 Escribió Gauguin: “Si nuestra vida está enferma, nuestro arte también tiene que estarlo y solo podremos devolverle la salud empezando de nuevo, como niños o como salvajes (…) He huido de todo lo convencional, lo artificial, lo habitual (…) Vuestra civilización es vuestra enfermedad; mi barbarie es vuestro restablecimiento”

Escribió Manuel Vázquez Montalbán: “La grandeza ética de Gauguin consistió en militar dentro de lo que Peter Weiss ha llamado “la ética de la resistencia”, como estrategia de la conducta insumisa contra las sucesivas morales filisteas”


ELOTRO

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