martes, 16 de octubre de 2012

Nada; cosas mías…






Hoy mis cavilaciones, o mis desvaríos, no van principalmente dirigidas al campo de las “instituciones”, a las que tanto aprecio, que nos “pastorean”; que bien mirado también; sino al terreno llamémosle más personal y doméstico, al de los “asuntillos internos o externos”  que irremediablemente afectan a cada sujeto, incluidos los “don nadies”, en la confusa vorágine de sus avatares más prosaicos y cotidianos.
Es sabido que una persona  cualquiera tiene que enfrentarse cada día, si no te queda otra, claro está, a sus propios, engorrosos y peliagudos asuntos. Y, en línea con las “instituciones” que nos vigilan, lo primero que debe resolver, en mi modesta opinión, de cara a una  posible resolución, es determinar de qué tipo de asunto se trata: interno o externo. Ésta distinción, insistimos, es  “básica”, y debe ser realizada, sin excusa alguna, en primera instancia. Nos podrá ayudar, o no, pero sin duda nos informará de por dónde sopla. Y a partir de ahí, ya te digo yo, lo de barlovento y sotavento está tirao.
Como ya sabemos, o deberíamos saber, “lo exterior y lo interior”, mantienen, a pesar de sus evidentes diferencias de origen y calaña, innumerables conexiones y relaciones de carácter muy complejo y no menos conflictivo, aunque las más de las veces descifrables –afirman los listillos-, de índole antagónica o complementaria, o sincrónicamente, tanto en el tiempo como en el espacio.
¿Quién no ha oído hablar del “YO universal” (externo) –también denominados “los otros”- y el “Yo individual” (interno) -que en el caso de servidor, y del que desee apuntarse, se desdobla con ELOTRO-? Pues bien, tanto si la respuesta es positiva como negativa, la necesidad de saber de dónde proceden las hostias, sea del lado del enemigo externo o del ocupado por el enemigo interno, sigue siendo –desde un punto de vista defensivo- fundamental. Y esto no parece que tenga, que yo sepa, vuelta de hoja.







Para los que hayan tenido la santa paciencia de llegar hasta aquí, pongamos un ejemplo que puede ser clarificador:
El desprestigio social, el de uno mismo digo, ¿es un asunto calificable como exterior o interior? El desprestigio social que uno sufre, ¿nace o se origina dentro o fuera de uno? El desprestigio social que nos hemos ganado a pulso o que nos han adjudicado graciosamente  “los otros”, ¿es un asunto interno, externo o mixto? El desprestigio social que nos estigmatiza ante los demás, ¿tiene posible solución “interna”, “externa” o “mixta”? ¿O no la tiene externa ni interna ni mixta? ¿Existen vientos -¿mixtos?- que soplan las velas, simultáneamente, desde popa y desde proa? ¿Cuál es la posición de guardia correcta para bloquear un gancho propinado por un puño “interior” cuando estás en guardia, en paralelo, contra un derechazo “exterior”?
No es mi intención desmoralizar a nadie, que cada uno valore la cuenta que le trae, pero si el primer paso inexcusable es determinar “el lugar” (con relación al sujeto)  que ocupa el dichoso asunto en relación con el “lugar” (con respecto al asunto)  en el que se desenvuelve el sujeto en cuestión en estricta concordancia con el tiempo en que coinciden ambos, tengan, por lo que más quieran, mucho cuidado con los líos –no solo los de la picha-, con los nudos –que se auto-infligen los vientos- y con los hilos –y sus caóticas ilaciones- , tanto “internos” como “externos” – sin menospreciar los híbridos con huevo frito-. No sé si me explico.

ELOTRO


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