viernes, 7 de septiembre de 2012

No soy “yo”






En este momento, mientras escribo estas notas, estoy en casa sentado delante del ordenador mirando y remirando las fotos que le he tomado. Han pasado unas horas y todavía continúo trastornado por el encuentro con esa mujer. Es ridículo. No lo comprendo. Es algo muy raro lo que me ocurre. Pero así están las cosas. Tropecé con ella en el paso de peatones del Paseo del Prado, cruzábamos desde el Botánico hasta el Hotel. Estaba, esperando la luz verde, a mi lado. Llevaba la protocolaria botella de agua mineral. Me miró. Sus ojos tenían un brillo húmedo, su cara, sus brazos, sus largas piernas eran muy blancas, un blanco pálido, de yeso. Sus cabellos de un rubio de autenticidad muy dudosa. Mi mirada respondió incondicionalmente a su mirada. Y fue como si me hubiese colocado un collarín. O como si mi paladar hubiese sido atravesado por un potente anzuelo. Desde ese momento, esclavo feliz,  no veía a nadie más y creía que nadie me veía a mí, salvo, eso pensaba entonces, ella, mi nueva ama. Cruzamos el Paseo del Prado y nos abrimos camino, ella siempre en vanguardia tirando del sedal o del collarín, entre el hormiguero de Atocha. Como si hubiese perdido conciencia de mí mismo me dejé conducir tras sus pasos. Sentía la imperiosa necesidad de hacerlo. Mientras la seguía, procuraba que mis pasos pareciesen firmes y viriles. Sigo sus pisadas ignorando adónde va, me dije. Si acaso se vuelve a mirarme quiero darle la impresión de que camino a mi aire, que mis pasos no “persiguen” los suyos. Mientras tanto, mantengo una prudente distancia y la someto a una minuciosa inspección ocular. ¡Me había creado una ocupación placentera! Desde tan cerca, y favorecido por la empinada calle, dominaba un agradabilísimo y sereno panorama. Andaba de una manera que yo no había visto nunca andar. Serena, su orgulloso paso resplandecía inalterable con un extraordinario dominio de cada uno de sus movimientos.




A cada paso, parecía trazar, con los brazos, las caderas, las piernas el cabello, dibujos invisibles en el aire. Llevaba unos simpáticos pantaloncitos cortos, sin duda cortados a mano, de tela vaquera, que generosamente dejaban al aire un tercio de cada una de sus gloriosas nalgas. La imagen de su culo en movimiento era más fuerte que todo lo que tenía delante de los ojos. Es un culo precioso, me digo, verdaderamente precioso. No puedo dejar de mirarlo. Rebosaba de felicidad de sentirme tan cerca de ella y, eso intuía, algo menos lejos de mí. Al alcanzar cada bocacalle el sol entraba de soslayo e iluminaba de forma lateral su incendiaria figura. Jamás olvidaré la gracia de sus codos, el vaivén de sus senos, la leve sombra que proyectaban sus pezones. La contemplaba como un animal hermoso y diabólico, como una extraña, una mujer cualquiera de singular belleza. Sobre el asfalto, el estruendo espantoso de los motores enmudecía a su paso. Nos cruzábamos con gente que yo no veía. En la acera, los peatones zumbaban alrededor, impotentes, como si existiera un campo magnético que les impidiera acercarse, es como si estuviésemos solos, aislados en un espacio lleno de vida, nuestra vida. Y como si el tiempo se suspendiese en un guiño y dejase de respirar. Podía oír el silencio de sus pasos. Se detuvo junto a la boca de Metro de Antón Martín, miraba un plano de Madrid y se llevaba el dedo a la boca como una colegiala en apuros. Dicen que cuando estás soñando, sabes que sueñas. Yo, en medio de aquella realidad soñada, no lo supe. Creía tenerla al alcance de mi mano pero en realidad no había nadie más lejos de mí que aquella mujer. ¿En qué estado me encontraría que aquel “seguimiento” me parecía algo natural? Decidí robarle fotos. Estaba convencido de que aquella apariencia fría y distante escondía sin duda un interior inflamable. Consiguió hacerme sentir en condiciones de poder salir de quien era, de quien había sido hasta ese momento, y pasar a ser quien deseaba, o soñaba, ser. Hablaba constantemente conmigo mismo, pero tenía la impresión de que ella me escuchaba. En mi pensamiento le decía “Dime alguna cosa, es igual lo que digas, pero dime algo”. El caso es que siempre me digo lo mismo, “debes estar preparado”, con los ojos abiertos, con la guardia alta. Luego llega el momento y no estoy preparado. Suelo excluirme de antemano. Nunca he sabido mantenerme en mi sitio.




Es para volverse loco. Y sin embargo siempre tuve la secreta esperanza de un encuentro maravilloso al volver cualquier esquina, o en el autobús, o en la cola del paro. Hasta ahora el encuentro ha sido siempre con mi proverbial impotencia y mi recurrente nulidad. No me decidía a abordarla. Llevaba un buen rato siguiéndola, ¿ella lo sabía?, y me pregunté, ¿Qué más espera de mí? Y no me pareció una pregunta estúpida y ridícula, a pesar de que aquello no se sostenía en nada verosímil. Tal es mi insubstancialidad. Perdido en mis propios pensamientos esperaba una señal, una palabra, una petición de ayuda, una ayuda. Mi deseo no encontraba ningún punto de apoyo tangible.
El seguimiento se hace insostenible. Mi corazón late a baja intensidad. No puedo avanzar ni retroceder. Saboreo la fatiga del paseo. Siento que las piernas me pesan. Ella interrumpió bruscamente sus pasos, se volvió y nuestras miradas se cruzaron de nuevo, la de ella, como una bala de hielo, me atraviesa. Parece que no tenía nada que decirme. Pude entender la extensión que me separaba de aquella mujer. Siempre hubo, en la realidad o la ficción, “una mujer” que me permitió engañarme, bien que durante un breve tiempo. Una mujer/promesa que no hubiera amado a nadie y que no hubiese sido amada por nadie. Y  que me ayudara a huir de la soledad. ¿Me habré vuelto a extraviar como tantas otras veces? Durante toda la travesía deseaba desesperadamente hablarle, pero no tenía voz, supe que no lo lograría. Jamás he estado a la altura de estas situaciones. Tenía la intención de expresarle algo que se pareciera al agradecimiento, pero no pude hacerlo. Por añadidura tampoco suelo encontrar las palabras, en cuanto trato de explicarme, se esfuman. Me sujetaba, me frenaba en seco, el miedo a su desaprobación o desdén. Pensé que no la vería más. Fue una despedida poco afectuosa, la culpa debe ser mía. Antes de irse me tendió una mano en lo que creí que era un ademán de despedida. Pero no, señaló un libro que llevaba en el bolsillo de mi mochila, recien comprado en la Cuesta de Moyano. Se lo alcancé, lo tomó en sus manos, lo abrió, me pidió que me diese la vuelta y que me inclinase un poco hacia delante y por fin, en la tercera de portada escribió: No soy Stiller. Y una firma ilegible.


P.S.- Dicen que no hay nadie que escriba sin la idea de que alguien lo lea. Dicen que el que escribe, cuando escribe, representa el personaje de escritor. Y que para ello se sale del “yo” real y desde su “personaje” trata de expresar lo inexpresable. Dicen que algunos, muy pocos, lo consiguen.


ELOTRO


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2 comentarios:

  1. Seguro que era la chica de Ipanhema.
    Salud
    Francesc Cornadó

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  2. Es una probabilidad, Francesc, aunque ella negó, por escrito, ser Stiller.

    Un saludo

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