jueves, 20 de septiembre de 2012

Auguste Rodin (París, 1840-Meudon, 1917)







"Para cualquier artista digno del nombre, todo lo que hay en la naturaleza es bello, porque sus ojos, aceptando intrépidamente toda verdad exterior, leen allí, como en un libro abierto, toda la verdad interior"
(Auguste Rodin)

Dicen de Rodin que en el campo de la escultura fue el primer moderno. Su estricta formación tradicional y académica ( y sobre todo “decorativa”) no le impidió cuestionar y combatir “la coacción academicista” que impedía tanto el nacimiento como el  desarrollo de propuestas “originales” fruto a su vez de búsquedas, indagaciones y experimentaciones “arriesgadas”, llevadas a cabo en tierras inexploradas, más allá  del conocido, fiable y muy trillado campo del indigesto neoclasicismo que dominaba entonces el panorama escultórico. Como su maestro y referente, Miguel Ángel, Rodin era un gran conocedor de la anatomía humana. Y fue a través de los cuerpos, (en reposo, tensos, retorcidos, grotescamente desproporcionados incluso con respecto a las reglas de la anatomía biológica) como nos “relató” (con susurros, gritos, tartamudeos y aullidos) su visión de la belleza y crueldad de la vida, de la dicha y la tristeza, de la rabia desbordada o contenida, de la dulzura, del amor y del sexo, del miedo, de la violencia, de la soledad… para que sus contemporáneos pudiesen leerlo “…como en un libro abierto”. 





La modernidad de Rodin queda patente en el fondo y en la forma transgresora de su obra (esculturas, dibujos, grabados, acuarelas…). No solo supo empaparse de las lecciones del gran Miguel Ángel, (como por las mismas fechas hacía cada tarde Cézanne en El Louvre) sino que fue capaz de  “ver” (a pesar de su miopía, que por cierto sí le libró de la “guerra franco-prusiana) la extraordinaria “modernidad plástica” (por ejemplo los collages matéricos de las bailarinas) y la delicadísima expresividad que poseían las pequeñas (solo en tamaño) esculturas del ya “cegato” Edgar Degas.
“El pensador”, la figura más simbólica de la escultura de Rodin, fue en origen un retrato de Dante Alighieri, destinado en principio a su gran obra inacabada, “Las Puertas del Infierno”. 





Y la exposición que nos ocupa, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, reúne 140 grabados, para ser precisos “fotograbados”, inspirados en la obra de Dante. Efectivamente se trata de 140 dibujos a lápiz, tinta y aguadas (conocidos como los dibujos negros), pasados por medio de proceso fotográfico a plancha y estampados en tórculo (En cierta forma, la invención del “fotograbado” permitió la “democratización” de la obra gráfica, permitiendo las grandes tiradas y la serialización de obras “únicas”). Una muestra extraordinaria de la maestría de Rodin como dibujante e ilustrador.




Algunas obras, auténticas miniaturas, no son más que unos pequeños trazos de lápiz que siluetean una diminuta figurilla, quizás un centauro, que dada la “violenta expresión” que revela, parece albergar una fuerza colosal dispuesta a estallar sobre el papel estampado.
En otras obras no observamos ni rastro de lápiz. Parece que al artista le han bastado cuatro brochazos cargados de aguadas y tintas para crear cuatro manchas que nos ofrecen de manera fiel la figura de un hombre que, encorvado por el peso, carga con un cadáver destripado entre las amenazantes llamas de los círculos infernales.
Rodin demuestra un dominio absoluto del lápiz y del pincel, de la línea de tinta y de la mancha de aguada, del detalle preciso y de los “valores” sutilmente sugeridos, implícitos, de la composición “cerrada” y de las obras “abiertas” en su fondo y en su forma (El influjo de los grabados de Goya también es fácilmente apreciable). Rodin crea poesía de la línea, poesía de la mancha, poesía de la luz. Hay dibujos que no ocultan la influencia de Miguel Ángel y los hay donde se puede ver con claridad meridiana que Picasso pasó por allí con el cucharón y rebañó todo lo que pudo. Los grandes artistas ya se sabe, no pierden el tiempo copiando, roban.
La obra de Dante es el motivo central de estas obras de encargo,(El Limbo en la Divina Comedia está situado en el “primer círculo” del Infierno. Dante le dedica un solo canto, mientras que Rodin le consagra 31 planchas.), pero resulta más que evidente que “los infiernos interiores” del propio Rodin impregnan todos y cada uno de estos “dibujos negros”; por aquí asoman las blasfemias, los desgarros, las huidas, las traiciones, la locura, la alargada sombra de Camille Claudel…






Los dibujos de Rodin, al margen claro está de sus numerosas obras “alimenticias”, son algo más que los típicos bocetos-guía al uso entre los escultores académicos. Son grandes obras en sí mismas. Iba a escribir que empiezan y acaban en sí mismas, pero no, estos extraordinarios “fotograbados” no parecen acabar, tienen muchísimo que mostrar (como si fuesen una de esas "máquinas de hacer ver" de Raymond Roussel)… en su insondable interior. Una de esas extraordinarias exposiciones, nada que ver con los “eventos” mediáticos, de las que sales deseando llegar a casa y ponerte a dibujar…
(contemplar y reflexionar está bien, pero, ¡hay que crear!)


ELOTRO

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