Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 28 de agosto de 2012

Robert Graves “Adiós a todo eso”








En una caseta de la Cuesta de Moyano encontré la obra de Robert Graves “Adiós a todo eso”, editada en 1971, es primera edición,  por Seix Barral en traducción de Sergio Pitol. Una joya en perfecto estado de conservación a cambio de 1 euro. La obra original se editó en 1929, cuando el autor cumplía 34 años de edad y se trata, al menos así me lo ha parecido, de un interesantísimo relato autobiográfico.
Robert Graves, como oficial del ejército de su Majestad se pasó en el frente, en Francia, toda la Primera Guerra Mundial. Nos cuenta con pelos y señales cómo se desarrolló aquella guerra de trincheras. Describe con detalle el barro, la muerte, el frío, los suicidios, el hambre, los consejos de guerra, la falta de sueño, la disciplina, la indisciplina, el odio al enemigo alemán, el odio al aliado francés, las condiciones de vida en el frente de los altos oficiales, con mansiones y palacios incautados y campos de polo incluidos y, por otro lado, los soldados rasos, por ejemplo: 56 soldados en una casa de tres habitaciones, la generosidad, las heridas, las amputaciones, la locura, la cobardía, el heroísmo inútil… de las primeras bombas de gas, de las inútiles máscaras antigas, de los nidos de ametralladoras, de las granadas de mano, de las pastillas de morfina, de los oficiales que ganan medallas sin pisar el frente…
Detrás de las líneas la exquisita organización de la imprescindible prostitución. Exclusivamente para la oficialidad, un acogedor establecimiento, señalado, en el exterior, reglamentariamente con su correspondiente bombilla azul (¡Como la sangre!) y equipado con todas las comodidades “de la retaguardia” y abundantes manjares y bebidas y putas jóvenes y sanas, además. Para la tropa, una casa, señalada con bombilla roja, con tres camastros y tres putas escuálidas y exhaustas que se tiraban a unos 150 soldaditos por noche. A pelo y a palo seco. Estas esforzadas putas “rasas” solían resistir, es una forma de decir, unos tres meses de “carrera”.





Transcribo un curioso párrafo:
“Una tarde, Bertrand Russell, demasiado viejo para el servicio militar y un ardiente pacifista (una combinación nada frecuente), se volvió hacia mí y me preguntó:
-Dígame, si enviaran a una de sus compañías a disolver una huelga de obreros en una fábrica de municiones y éstos se negaran a volver al trabajo, ¿les daría a sus soldados la orden de disparar contra los obreros?
-Sí, si todos los otros métodos hubieran fracasado. En realidad no sería peor que disparar contra los alemanes.
Me preguntó, muy sorprendido:
-¿Y los soldados, le obedecerían?
-Ellos detestan a los obreros de las fábricas de armamentos, y se sentirían realmente felices si pudieran matar a unos cuantos. A sus ojos no son sino gente que se aprovecha de la situación.
-Pero, ¿se dan cuenta ellos de que la guerra no es sino una imbecilidad perversa?
-Sí, tan bien como yo.
No pudo comprender mi actitud.”

Conviene anotar que no todo el libro versa sobre su espeluznante experiencia militar. Graves nos cuenta anécdotas y acontecimientos sucedidos desde su mas tierna infancia, nos habla de sus raíces familiares, irlandesas, inglesas, alemanas; de sus viajes a Suiza, Austria, Alemania y de su afición al esquí y a la escalada (hizo alpinismo con George Mallory); de su periplo colegial y de su estancia en Oxford; de su descubrimiento de la sexualidad en clave homosexual; de su matrimonio con Nancy Nicholson (Robert cuenta que llegaron los dos vírgenes a la noche de bodas). Casualmente descubro que esta Nancy Nicholson, feminista y socialista, era hermana del gran Ben Nicholson, para mí el mejor pintor abstracto inglés del siglo XX; de su relación con el coronel T. E. Lawrence; de Thomas Hardy, vecino suyo…





En fin, aquí dejo esta reseña. Me gustaría despertarles la curiosidad y motivarles a la lectura de esta estupenda obra y de paso, conocer su, dicen, extraordinaria obra poética (Para Graves la más importante “Era lo único que me sostenía cuando la situación se hacía insoportable”).
“Yo, Claudio” y su saga lo conoce casi todo el mundo, pero Graves es mucho más. Él decía que siempre había seguido al escribir un viejo consejo de oficio que le dieron en su juventud: “Recuerda que tu mejor amigo es el cesto de los papeles”.
Disfrutemos pues de lo que el poeta salvó de la quema.


ELOTRO


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