Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 3 de agosto de 2012

Negro, rojo y… ¡Blanco!





“El tipo aparentaba andar cerca de la cincuentena, tez morena, los dientes muy blancos como las camisas que usaba, los ojos de un negro muy intenso como el pelo, (no el del bigote que era entrecano, casi blanco) liso y abundante. Como sus hijos, una niña y un niño, bueno, preadolescentes; los dos muy morenos y como su padre más bien tímidos y de labios gruesos, muy rojos y sonrientes. Hablaban poco, pero se miraban y tocaban mucho y siempre andaban con pequeñas caricias. La madre no apareció en ninguna ocasión, no sé la razón (todas las imágenes eran del exterior de la casa). La vivienda era unifamiliar con azotea de baldosas coloradas y  con un pequeño jardín (sin mástil ni bandera). Parecía pertenecer a una urbanización de lujo, en el extrarradio. No pude ver a otras personas adultas o jóvenes, vecinos o familiares. Parece que justo en aquel momento el padre volvía del trabajo (lo trasladaba cada día de casa al trabajo y del trabajo a casa un 4x4 negro de kunas oscuras), el chico estaba a la puerta de la casa tratando de arreglar la cadena de su bicicleta, negra, y su hermana, a horcajadas sobre la suya, roja, le estaba esperando pacientemente para el cotidiano paseo vespertino. El padre acababa de besar a su hija y pareció que le preguntaba al chaval algo sobre la avería…creo, no pude oír nunca lo que decían. Justo en ese momento fue la explosión blanca. Todos ellos, la casa, las bicicletas, el ingeniero nuclear y sus hijos, se fundieron en blanco.
En la siguiente escena aparecía un tipo, de aspecto casi idéntico al ingeniero árabe salvo que éste de ahora llevaba el pelo, negro, cortado al rape y vestía uniforme militar. Estaba solo, encerrado en una habitación tipo bunker y rodeado de monitores con imágenes en blanco y negro y botones rojos. Frente a él, el pantallón más grande de todos los que poblaban la sala y a su derecha, como si fuese una vulgar máquina de matar marcianitos, una palanca negra con gatillo rojo. En esa gran pantalla me pareció apreciar, aunque se veía algo borroso, las figuras del ingeniero iraní y sus hijos en el jardín. Debía de ser una película grabada porque las imágenes, a cámara lenta, iban hacia delante y hacia atrás continuamente: partían del negro, atravesaban el rojo y desembocaban en el fundido en blanco. Daba la impresión de que al militar se le había quedado el dedo pegado al botón de “Replay”.
Mucho tiempo después, ni idea de cuánto, el coronel, según gritaban sus galones, se quitó los cascos rojos y mandó a negro la gran pantalla. Las otras terminales seguían recibiendo imágenes, todas ellas cenitales, que no pude identificar. Ya en el coche de nuestro coronel podemos saber que ahora nos hallamos en una base militar de Siracusa, al norte de Nueva York. Exactamente a 11200 kilómetros de distancia de aquella familia del ingeniero nuclear a la que perdimos de vista en el fundido en blanco.
Nuestro coronel ha conseguido llegar hasta el aparcamiento de su casa, unifamiliar en una urbanización de lujo, sin vulnerar ni una sola de las normas de circulación si exceptuamos alguna pastillita roja que suele tomar los días conocidos, en la Base “Los drones”, como “días blancos”. Por otro lado los agentes encargados de los controles de drogas y alcoholemia en su zona están perfectamente informados por el mando del porqué de la medicación (el negro, el rojo, el blanco, el estrés, ya saben) de nuestro héroe. El heroico coronel llega a su casa – justo cuando el sol brillaba rojo sobre ella- aparentemente entero y emite su habitual: ¡Cariño, ya estoy en home! Que nunca consigue el menor eco (la cariño tampoco llega a aparecer, es una ausencia, un vacío, sin color). Y se pone manos a la obra con los deberes de su parejita de nenes que están a lo suyo en sus respectivos cuartos con sus respectivas consolas matando terroristas rojos y negros en sus videojuegos. Nadie en su círculo cercano es consciente de su última heroicidad. Ni siquiera él puede.   “¿Hay una muy buena razón para matar a estas personas?”. Se repite una y otra y otra vez, nuestro héroe. “Pero si solo es un juego papi…” dice su hijo que acaba de venir a preguntarle si necesita que le eche una mano con los deberes…
Y me desperté. En blanco.


La pesadilla original aquí: Aquí


ELOTRO


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