Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 6 de julio de 2012

La pereza de los cagones cansa.






Lo que conviene evacuar debe ser dirigido por lugar conveniente.
Hipócrates


La dejadez, que por su propia naturaleza no necesita coartadas, dejó paso al abandono y el abandono, sin tan siquiera lavarse las manos (vieja tradición caída en desuso), permitió la acumulación de guarrería. Dicho acopio de suciedad es algo así como un estado (en proceso de construcción) intermedio; ocurre además que el permanente aumento, cuantitativo, de materia putrefacta produce llegado a un punto, el inevitable salto cualitativo, y es así como llegamos hasta la fase superior, conocida como  de mugre consolidada (según su datación se etiquetaría: Crianza o Reserva. Si la etiqueta del Consejo Regulador pone “Gran Reserva” estaremos ante una exquisita y carísima muestra de mierda fosilizada).
A partir de aquí asistimos a un gran cambio, a una metamorfosis en lo que llamaremos  “conciencia o alma”, es un decir porque de algún modo hay que nombrar,  de la roña.  Es, insistimos, el momento en el que aflora  el ancestral deseo de enraizamiento que anida en lo más profundo de la “Masa de Pringue”  (perfectamente estructurada ya a estas alturas en sucesivas costras de detritus cronológicamente  estratificadas) y por tanto, a tiro de meada de la conquista de ese anhelo largamente acariciado (a la vista del excelente y creciente nivel mierdoso alcanzado) que resulta tan grasiento como imparable. El continuo hacinamiento de la inmundicia, llegado el día M, despierta súbitamente en la propia argamasa basuril su viejo y voraz  apetito de sedentarismo evacuador.
 ¡Mucha mierda! Es la visión teatral. El futuro se ilumina, las pringosas y grasientas esperanzas se disparan: se acabaron las continuas mudanzas, el huir con lo puesto, el escabullirse por ventanas y azoteas, el arrastrado vagabundeo, los repetidos desarraigos, se acabó el ir dando tumbos sin una puta llave de buzón, punto final a las expulsiones (no confundir con evacuaciones), los lazos rotos, la vida chunga, errante, sin rumbo.
No, no  es fácil, nunca lo ha sido para lo putrefacto  encontrar un lugar donde avecindar. Ahora, se les nota en el color y en el tufo, lo han  decidido, puede que esta sea su última oportunidad. O no. Cierto es, se dicen, que la suciedad rancia, engancha, y que, a ciertas edades, cuando se despendolan los esfínteres,  resulta altamente adictiva, incluso entre aquellos especímenes histéricos, partidarios de la arbitraria y criminal limpieza preventiva, que se suelen conjurar periódicamente para conseguir nuestra extinción (los muy estreñidos parecen ignorar que llevan, y fabrican -¡somos su producto!-, el enemigo dentro). “Pero seamos realistas”, reclama alzando la voz un mierdoso y, por su aspecto casi fosilizado, veterano dirigente,  “no todo depende de la cantidad y calidad de la cochambre existente, si así fuese, el asunto sería pan mohoso comido; en cualquier caso, no podemos seguir mirando hacia otro lado y comiéndonos los mocos, ¡qué cagada!, ¡voto por quedarnos a  excretar aquí!”
Y súbitamente o visto y no visto o en un Pis Pas, una lluvia de excrementos multicolores cubrió con su apestoso manto toda la nueva tierra escriturada, y se hizo  justo hasta donde alcanzaba la vista o el olfato de las gaviotas carroñeras del PP… ni un euro más allá.

ELOTRO


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