Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 19 de junio de 2012

Un artista del fraude.






Aunque disfruto de un amplio número de seguidores predispuestos al aplauso unánime y la admiración incondicional, creo que no debo dormirme en los laureles ni caer en el inmovilismo conformista; algo típico de esos infelices que acaban invariablemente como pasajeros y efímeros   “triunfadores de temporada”. Mi ambición siempre fue mucho más allá, y va mucho más allá del año, del quinquenio, de la década, del siglo; y  abarca, y aprieta,  tanto el resto de lo que espero (con los dedos cruzados) sea mi larga vida, ay, como la imperecedera posteridad, que no verán, ay otra vez, mis ojos.
Por tanto debo discurrir y me urge encontrar, algún mecanismo renovador y revitalizador, por así decir, de “mi” obra. Mis obras no pueden seguir consistiendo básicamente en un mero amontonamiento de citas, trozos o fragmentos  robados de aquí o allá y más o menos disfrazados o camuflados dentro de una urdimbre también malamente arramplada, por la cara quiero decir, a éste o a aquel. En definitiva: haces tu obra con la de otros y contra esos mismos otros.
Se impone pasar del simple embozo remendón de las obras ajenas, a una apropiación íntegra y totalizadora de ellas, aunque eso sí, claro está, siempre y cuando se demuestre como fórmula absolutamente indetectable tanto para el vulgo como para  esa minoría de supuestos “expertos” marisabidillos.
Una operación de tal magnitud  requiere de una gran mente, potente,  imaginativa y planificadora, además de  una notable  pericia práctica y una no menos experimentada maña para el engaño de carácter innovador (I+D); y no solo, como ingenuamente creen los chapuceros de manual,  del descaro, el arrojo y la desvergüenza propios de cualquier mangante de los que puedan ejercer, y desafortunadamente son legión,  por esas infectas instituciones culturales.
El ratero de poca monta suele conformarse con embadurnar a base de toscos brochazos de pintura lóbrega o tenebrosa; o si no con manchar, camuflar y oscurecer la obra hurtada y amañada;  creyendo que de tal manera conseguirá hacer pasar gato por liebre y, por la misma, ocultar y rematar felizmente el fraude.
Craso error de vulgar aficionado, pues, la oscuridad, lejos de encubrir y evitar la llamada de atención sobre las miradas suspicaces y recelosas, está más que demostrado a estas alturas que despierta, provoca y estimula esa insana curiosidad con que se equipa el personal/consumidor, que, si además carece de  instrucción, el sector más numeroso por cierto, es extremadamente  propenso al mosqueo faltón y violento (que todos ellos tienen profundamente enquistado por motivos ancestralmente obvios) y, en encontrándose ahí apalancados, digo en plena erupción volcánica de ese hirviente magma mayormente compuesto de “rebote más cabreo”, se lanza sin demora a la impertinencia dañina de la busca y el furioso husmeo en pos del más que sospechado timo encerrado.




Dejémonos pues de excitar a las fieras y, por tanto,  nada de oscuridad; muy al contrario: ¡luz! ¡mucha luz! Un potente chorro de luz que lo alise, que lo aplane, que lo unifique todo, que consiga borrar cualquier límite, cualquier volumen, cualquier matiz diferenciador, cualquier singularidad, ¡cualquier claridad! ¡que ciegue! Como si “conocer” algo dependiese de la iluminación del campo (¿y sus ángulos muertos?) que alcanza la mirada. Tanta luz que impida distinguir, deducir, elucubrar, saber… que desanime la mirada, que amilane el entendimiento y que empuje a desistir y que obligue a aceptar, a acatar, a asumir, a digerir el insondable misterio iluminado. ¡Qué hermosa paradoja! ¿No les parece? ¡La luz que impide ver!
Si el que no sabe es como el que no ve: ¡Hágase la luz! ¡La luz cegadora!
El fraude pues, bien que a su manera, puede ser también una gran obra de arte, que nadie en sus cabales debería infravalorar. Y lo es en tanto que construcción fraudulenta, es decir, no desinteresada, está hecha para perdurar en la producción de sus innobles frutos, es, por tanto y a todas luces muchísimo más meritorio como objeto artístico, ya que no admite la participación ni la autoría del genio libre, de la inspiración caprichosa, de los azarosos palos de ciego; sino únicamente, la de la razón o sinrazón práctica, la del talento aplicado. Pero claro, este argumento, a mi parecer incontestable, no puede esgrimirse, por mucho que a uno le guste la bronca ventajista, ni ante la plebe-consumidora,  ni ante los expertos-sancionadores, y ello por razones obvias de naturaleza alimenticia y carcelaria (al menos para el que vive de ello, la obviedad, digo).

ELOTRO

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