Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 17 de abril de 2012

Hemingway también teorizó aquí.






Parece ser que Ernesto Hemingway, además de cazar fieras salvajes, haber hecho acto de presencia o haberse plantado y acodado, y se supone que libado, en todos los bares del mundo (a tenor de las miles de chapitas conmemorativas) y haber escrito algunos relatos memorables, estableció una teoría (que curiosamente también llevó a la práctica) sobre el relato breve que es conocida entre los entendidos o iniciados como “Teoría del iceberg”. De la misma manera que el gigantesco bloque de hielo solo nos muestra una pequeña parte de sí mismo (lo grande bajo el agua, por la caló), en el relato corto o cuento, según la “ernestiana” teoría, lo más importante nunca se cuenta. Se cuenta lo demás, y con alusiones y sobreentendidos se permite al lector “alcanzar” la oculta, según afirman realmente existente (refugiada debajo de las palabras o entrelíneas), historia “secreta”.
Si he de ser sincero, a mí las teorías literarias en general, como lector, me importan un pimiento. Y en particular también, salvo que lleven aparejadas ejemplos concretos de “puesta en práctica” y que, por lo tanto, arrojen alguna luz sobre ciertos “enigmas abstrusos” que habitan, y por eso nos tropezamos con ellos, en la literatura. Y que, una vez desvelados, nos ayudan a “entender” esas zonas de sombra que, en lecturas menos “profundas”, se nos suelen escapar a los lectores menos dotados.  Y es que claro, si por el mismo precio de una historia te dan dos, lo lógico es que una de ellas, la grande, la que está “construida” con lo “no dicho”, circule, con su importante cargamento, por otras vías, seguramente subterráneas, oscuras y poco “evidentes”.




También se leen cosas del tipo: “Si el relato es ininteligible, la culpa es del lector” o “Si el cuento es infumable, la culpa es del editor” o “el propio narrador cuenta sin entender del todo (la historia)” o cualquier otra acusación que excuse al “creador” del engendro. Yo pienso que el “autor” tiene todo el derecho (y en mi opinión el deber) a experimentar lo que le parezca, a probar nuevas formas, a aventurarse por caminos menos trillados o sin hollar y, por supuesto, a equivocarse y fracasar en el intento. Repito: el derecho y el deber. Ahora bien, tratar de vendernos un bodrio, una pifia, vistiéndola y emboscándola bajo una colección de abalorios verborreicos pretendidamente doctos, y por tanto inescrutables, cuando, en el mejor de los casos, lo único que consiguen es transformar la gansada fallida en algo (autor+obra) irremediablemente patético. Esa estúpida huida hacia delante, mira tú que son idiotas, suele confirmar los peores augurios: “soy oscuro, soy difícil, soy ilegible: soy un genio”. Suena bobo, ¿verdad? Pues es lo más corriente en el mundillo (si lo sabré yo) de los geniecillos de pacotilla; a altivez, de cintura para abajo, no les gana nadie y siempre resultan más tontos de lo que suponías; tan triste como cierto. Pero resulta que en este estercolero la verdad hace pupa, destroza; incluso a quien la desvela compasivamente. Y bien, esto en lo que toca al extremo “intelectualoide”. En la otra esquina del cuadrilátero nos encontramos con la “inocua sopita aguada” de los Pérez Reverte, los Ruiz Zafón y los Murakami… o las no tan inofensivas, más bien intoxicadoras, de Muñoz Molina o Vargas Llosa. Sobre el particular, no quiero cansarme ni cansarles, les remito a una entrada anterior titulada “Un pestiño nipón”. Con leves, o no tan leves variaciones, puede valer (para qué vas a insistir) en “casi” todos los casos de superventas del mundo mundial.
Cierto poeta catalán ha escrito: “Bromas aparte, a mi me parece que solo es válida la poesía que se entiende”. Lo que vale para la poesía, en mi opinión, vale para toda la literatura, al menos así lo “entiendo” yo. Eso sí, concedámosle al verbo “entender”, el poeta lo subraya, la más amplia gama de acepciones hasta el límite mismo de aquello que nos resulta, a los lectores del montón, estrictamente “inaccesible”.


No deberíamos de olvidar que ha sido solo en los “contextos vanguardistas” del siglo XX, donde puntualmente se ha producido una literatura y un arte en general que, en muy contados casos han llegado a realizar, intencionadamente, “obras” absolutamente herméticas o inaccesibles para el común de los mortales, con el único fin de “provocar” o “subvertir” a los autores y consumidores de la “oficialidad apoltronada” y su previsible y estandarizada producción literaria o artística que el gusto dominante (conservador) impone por cojones (los que presta el dinero). En este punto creo que no estaría de más aclarar que entre el peñasco inaccesible y la cremita templada, sin grumos y fácilmente digerible para bebés de encías delicadas, existe un amplísimo territorio en el que pueden cohabitar artistas y escritores del más variado pelaje. ¿Nombres? Allá cada uno, los que frecuento suelen asomar en “escomberoides” y en “ELOTRO”.
Y, mientras tanto llega el escarmiento, “cada cual en su absurdo”, sigamos a la busca de nuevos saberes y placeres, porque…
“¿qué me importa lo que sé de sobra?”  (Paul Valéry)

ELOTRO

***

No hay comentarios:

Publicar un comentario