miércoles, 25 de abril de 2012

El arte provoca el silencio.






Son dos pinturas (A y B) realizadas con los mismos colores, sí, aunque están dispuestos de distinta manera. El cuadro A no es feo, pero tampoco bello, no emociona, no nos interpela, nos resulta indiferente, los colores “solo” están  (inaccesibles e inconexos entre sí). En el cuadro A “no ocurre nada” y tiene toda la pinta de que nunca ha ocurrido ni ocurrirá nada. El cuadro B, y a bote pronto no acertamos a saber el porqué, se nos aparece como una magnifica obra de arte (el arte provoca el silencio). Aquí los colores (ora agrupados por origen ora por la meta y cosidos en algún punto: como en un abanico) y junto con ellos las formas enlazadas (la doble condición: la forma del color , el color de la forma), se “alteran” entre sí, bailan, fantasean, brincan y dan botes como canicas, se traspasan o se rodean o se rozan o se refriegan,  vibran (o ¿quizás tiemblan?), gozan e incitan de tal manera que sugieren, constituyen o resurgen “además” otras combinaciones o representaciones o apariencias (¿solo?), nuevas, acaso caprichosas y deliberadamente no acabadas (abiertas), “en construcción”. Conclusión (entre mil): En el cuadro B “suceden (de manera más que evidente) cosas” y la propia obra reclama participación “activa” (tiene cosas que contar, que comunicar) del que se planta enfrente e invita a mirar “más”, y a remangarse, a “alterarse” e “introducirse” y “fundirse” con la obra “en formación” y compartir “la busca”, que no deja de ser un incierto combate.

ELOTRO

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