Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 3 de abril de 2012

"1Q84" / Un pestiño nipón.





Haruki Murakami, como los más cultos de ustedes ya sabrán, es un escritor japonés de “Best Sellers”.  El caso es que acabo de “merendarme” enterito su último libro titulado “1Q84”. Recalco lo de enterito porque la cosa, bien mirada, tiene su aquel: el libro, además de infantiloide, es un latazo insufrible (un puto coñazo). Pero ocurre que el menda, por razones que no vienen al caso, es incapaz de abandonar una “primera” lectura a medias, sí, como lo oyen (para ser completamente sinceros algunas excepciones han existido pero tampoco vienen al caso). De ordinario me obligo a apurar hasta la última línea. La razón es que me jodería mucho que el autor, del que por otra parte no habré leído nada antes (si no de qué), se reservase para más adelante o el final la clave del argumento o la piedra angular que desvele la trama del artefacto que ha creado o la receta absurda de la broma que ha perpetrado. Porque lo que es la calidad literaria, la de la forma, la del cómo, la que te hace olvidar o relegar el qué; si no asoma en las primeras páginas, no te hagas ilusiones, mejor apaga y a otra cosa. Y efectivamente Murakami me ha parecido un excelente fabricante de “Best Sellers” y un pésimo “novelista”. Voy a tratar de explicarme. Para que un libro venda, tal y como está el patio de lectores, y lo haga por cientos de miles de ejemplares en el mundo entero, la primera característica que debe de tener es ser, en grado sumo, “legible”, como decía con sorna Bolaño. Y el caso es que yo no frecuento a muchos autores millonarios en ventas, pero, legible lo que se dice legible: el que más. No solo por esa prosa simplona, “filo-zen” y fluidísima y por lo tanto al alcance de cualquier lector por muy “cortito” que sea; sino sobre todo por lo que se repite, se repite y se repite el tío, tío, tío. La misma, la mismísima cosa unas doscientas veces. Pero no lo hace calcando las frases o las palabras, no; lo hace utilizando doscientas analogías, o semi-variantes gramaticales de frases o de palabras (eso si, se lo curra el japo, no es el trabajito fino de Flaubert ni sus veinte horas de media por página, pero curro lleva). Y las doscientas variaciones (¡qué matraca, qué mantra!) le quedan igual de legibles, supremas, ¡cristalinas!



Si algún lector de Murakami pierde el hilo del cuento, habrá que revisar su expediente académico o clínico, el del lector, digo, pero no se puede en ningún caso culpar al bueno de Haruki. Doscientas veces la misma idiotez, es más que suficiente, incluso para el más lerdo y menos atento lector de “Best Sellers”. Pero resulta que estas machaconas repeticiones no son un “capricho” de Murakami, qué va, qué se creen. El tipo es listo y japonés y debe de saber (habrá realizado encuestas, él o su agente de marketing) que la inmensa mayoría de los “lectores del patio” leen a ratitos espaciados en el tiempo. A ratitos muy cortitos. En el transporte público, en las salas de espera, mientras toma un tentempié, en la cama para coger el sueño mientras el cónyuge se pajea mentalmente… en fin, en porciones muy pequeñas separadas por espacios temporales grandes, medianos o pequeños, según. Y por eso, ¡qué servicial astucia!,  Haruki se repite (es lo que pasa cuando el  cuento solo tiene un estribillo), porque no quiere que nadie pierda el hilo, porque si pierden el hilo pierden su lugar en la fila y si pierden su lugar, su hilo y su fila... van a terminar siendo el hazmerreír de la biblioteca del parvulario.
El problema salta cuando en el “patio” aparece un lector, ni más listo ni más tonto, que lee cien páginas de un tirón y se percata, qué remedio, de que ha leído “cien veces lo mismo”, con levísimas variantes en los materiales, que no en el estilo. El hilo no lo pierde, ¿qué hilo?, pierde la paciencia, los nervios, las uñas, incluso las de los pies… y el respeto a toda la industria editorial.



Hay doscientos pezones que se marcan doscientas veces bajo doscientas camisetas de algodón de manga corta (a mi me salen cuatrocientas mangas) y doscientos pases en flashbacks de una chupada del pezón erecto de la mamá del prota por parte de un tío que no es el padre del prota. Hay doscientas enumeraciones  pormenorizadas de marcas de “Luxury” francesas o italianas de bolsos, zapatos, perfumes, vestidos, sujetadores… (Recuerdo que era Benet el que ¡hablando de Balzac! despreciaba la “literatura solo informativa”, es decir con exclusivo propósito de docencia) Hay doscientas semi-variaciones de la descripción del trabajo “dominical” de un tristísimo cobrador domiciliario… Hay cuatrocientas lunas, doscientas veces dos lunas, ¿no? Hay doscientas versiones de Nada, que son doscientas veces el Todo, de “1Q84”. Pero no voy a repetirme doscientas veces más… ¿por qué? Pues porque si fuese todo tan simple algún que otro cantamañanas que yo me sé, también estaría superando su “Handicap” de 500 lectores y ya tendría su columnita en el colorín de Prisa. Lo dicho, del mundo de  los “Best Sellers”, cuanto más lejos, mejor (si no eres uno de los que hacen caja, claro).



Murakami, por el mismo precio, incluye en “su” novela una no tan pequeña sinopsis de una obra de Anton Chéjov y añade algún dato biográfico de éste (una apropiación cultureta) y de camino sitúa en la mismísima isla de Sajalín, la infancia de uno de sus personajes “secundarios”, un guardaespaldas maricón, para que no falte de ;  Puesto a citar, no se corta un pelo en crear y utilizar “analogías baratas”, unas doscientas, entre “1Q84” y “1984” de Orwell y “Alicia en el país de las maravillas” de Carroll. Por supuesto que además de estas cucharadas “de culto”, Haruki, y en esto no se repite, nos ofrece un somero (risible) repaso (el sentido del humor no parece que le sobre) a la esencia del capitalismo, el comunismo (en no más de cinco líneas), los movimientos políticos extremistas de los setenta, las comunas ecologistas o religiosas, las sectas de lo que sea, el machismo de la policía del emperador del sistema solar y otras sandeces… y la soledad (toscos brochazos de relato psicológico) y la insatisfacción existencial de las mujeres niponas (la burda y oportunista pincelada seudofeminista también ha debido ser aconsejada por los resultados de la encuestita, me juego un huevo de gallina suelta). El caso es que algunas féminas niponas también salen por las noches (cuando hay dos lunas) de caza, a los antros de lujo, y follan con ejecutivos casados y estresados que pagan las copas y el hotel. Y alguna de ellas asesina a algunos hombres que, le consta a ella, no aman a las mujeres (la ración de Eros y Tánatos no podía faltar). Y aquí se ve un plumero que… pero no, que esto se está alargando demasiado y no son horas. Y creo que ya he descrito suficientemente el “completito cóctel” que ofrece la muy cotizada, en el Mercado y en los Mercadillos, “MARCA MURAKAMI”.


Para terminar reconozcamos que el señor Murakami es un tipo que tiene buen gusto musical, algo es algo. Entre reiteración y reiteración, te habla de discos antiguos de Louis Armstrong, de Janacek, de Glenn Gould, de Bach, John Dowland… en fin, se ve que en su anterior etapa ejerciendo de hostelero, de literatura ni puta idea; pero por el contrario se formó un gusto musical variadito y selecto. Pero la literatura, aunque vendas millones de libros, es otra cosa… como él muy bien sabe, aunque no sepa. Lo dicho, del mundo de  los “Best Sellers”, por lo que a mi respecta, cuanto más lejos, mejor.

A la mierda con Murakami, la Literatura, me consta, palpita en otra parte.

ELOTRO

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1 comentario:

  1. Yo, que soy de las de a ratitos, no puedo parar de reir. No están las cosas para jugarse los huevos de gallina suelta... aunque siempre aciertas.

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