Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 6 de marzo de 2012

Mirar / Ver.








Un hombre a la  busca: me gusta mirar la calle, y a la gente, y los árboles y los pájaros, hasta los autobuses descapotados, o sin techo, que recorren incansables la “oficial y comercial” ruta turística (y que, como ahora mismo observo, pasean a  esa monumental hembra que se incorpora de su asiento como una auténtica diosa, crujiendo –yo la escucho- y oliendo –también pero menos- cual hogaza de pan recién horneada, desplegando desde las alturas todos sus poderes de seducción mientras fotografía el “oficial” monumento realizado en dura piedra y frío bronce). No me gusta que me miren, me gusta, necesito, mirar. Ningún caminante pasea por vocación sino por necesidad, he leído en algún sitio y, humildemente, corroboro. Y mejor, sólo, aunque en el fondo sabes que nunca estás sólo. Sientes que hay “otra” persona, escondida en alguna parte, dentro de ti. La “mirada” puede ser también un lugar de residencia.

El caso es que cuando camino por la calle no suelo mirar mucho a  la gente, ni a los animales, ni al cielo, ni a las nubes. Cuando estoy en movimiento, creo que inconscientemente, suspendo la mirada curiosa, la interesada, la que desea ir más allá, la que persigue escrutar. Miro, eso sí, aunque sin excesivo detenimiento, los guiños cromáticos de los semáforos, los rótulos de neón, los culos, los pechos trémulos y los cadenciosos andares de ciertas mujeres, los escaparates de las librerías y de las tiendas de antigüedades; pero no los de las floristerías. No me gustan las flores apelotonadas en los cubos, ni en los jarrones “preparados”, en lo que se me antoja, a pesar de su colorido, “fúnebres” escaparates.
A veces, las más, el soñado paseo deviene en pesadilla, (el famoso entramado sueño/realidad). Como, y citaré varios ejemplos, cuando me cruzo con los eficientes ensuciadores, a la par que pueriles exhibicionistas, paseantes de mascotas (ya sean éstas cursis y cobardicas o agresivas y pendencieras), con su arbitrario defecar y su irritante ladrar y los asquerosos zurullos y otros desagües que  dejan ¿olvidados? tras de sí.



Y qué decir del inevitable encuentro/visual  con esos porteros de fincas, vestidos casi todos ellos de gris “perla de rata”, haciendo guardia perruna en los portales marmóreos y broncíneos y por tanto presuntamente señoriales; ostentando su típica palidez de sótano y su sonrisa babosa y servil frente al emperifollado zorrón de (más que discutible) elevado standing, al que, presuroso y solícito, libera de las elegantes bolsas de Loewe y Prada. Toda la ceremonia escenificada ante la no muy atenta mirada del enjoyado chuloputas engalanado con, eso sí, corbata de diseño “divertido”.
Y por si fueran pocos los ingredientes pesadillescos, ahí están esos omnipresentes niñatos, escupidores compulsivos y rigurosamente uniformados, según mandan los cánones de la moda “joven y rompedora y rebelde”, con imposibles e inmensos pantalones “cagados” y, ¡angelitos!, exhibiendo frente a involuntarios e indefensos espectadores, exactamente media raja del culo y el “logo molón” del, se supone, enmierdado calzoncillo. Cambias de acera y te topas con las manadas de niñatas histéricas, en su mayoría notoriamente sobrealimentadas, groseramente vocingleras, disfrazadas y súper maquilladas, ¡a su edad y con su piel!, como auténticos putones verbeneros.  Tampoco me arrebata coincidir con esos agresivos cabrones, escudados tras sus guantes/muñequeras, sus cascos, sus protecciones, sus culotes, sus ridículas mochilitas y demás ortopedias,  que circulan haciendo “slalom”, casi, y sin casi, rozándote con el puto manillar, a toda velocidad con sus bicis ¡por las aceras!, claro, si no ¿Dónde está la gracia?
No, no me alegra el trayecto ir viendo tanta policía, se repiten ad nauseam, ¡demasiada! (sin embargo son los únicos funcionarios que no sufrirán recorte de plantilla con la excusa de la crisis, ¡qué curioso!) Para mi siempre serán demasiados: en coche, en furgones, en moto, a caballo, a pie, en tríos, camuflados de secretas (para troncharse), en frecuentes actitudes chulescas y siempre con ese gesto de estar perdonándote la vida (¿o no ves el arma que tú has pagado, pringado?), que es lo único que les deben de meter en la mollera en la ¿academia? a esos animales (me gustaría pensar que existen excepciones) descerebrados.




Por eso me gusta sentarme, refugiarme, ¿habré acabado en nenaza asustadiza?, en un café, junto al ventanal, (yo necesito esa distancia, es como un ejercicio de distanciamiento que me facilita un acercamiento) con algo de beber y picar, (ya que no se puede fumar, aunque hace tiempo que ni para tabaco), y un libro y un cuaderno para anotar o garabatear. Y probar a captar, a apropiarme, algo de la magia circundante.
En definitiva, para disfrutar de la sensación de sentirme “quieto” y a resguardo de “la realidad realmente existente”. Y en esa sonora y acogedora quietud, mirar sin ser visto, escrutar, es decir, jugar a descartar y elegir con la mirada, hasta encontrar aquello que, cuando estoy en movimiento, no veo, o no veo bien, con la suficiente atención, con el necesario cuidado y distancia y espacio. Y en esas condiciones puede ocurrir que, hasta el uniformado que bracea como un naufrago en el centro del océano de tráfico que inunda de ruidos y de humos la soleada plaza, y que probablemente sea el mismo cabronazo (¡por supuesto que es un asunto personal!) que nos puso una multa (que la debería de pagar la señora madre del jefe que le paga extras en función del número de multas que imponga) de 200 euros, un domingo a las dos de la tarde en un lugar prácticamente deshabitado y donde era imposible molestar o perjudicar a ningún automovilista o peatón; llegue a parecerme, sigo, un pobre diablo más, -aunque armado y con número de placa oculto- uno que, como nosotros, los seres inferiores, quizá conoce y arrastra dolores, y que también nos puede mover a la compasión, y que, como dice el otro: “no es tan malo, es solo un paleto ignorante, y también tiene miedo.”
A veces me aventuro a pensar que el mundo muy bien se podría dividir, digo imaginariamente,   en gente a la que le gusta mirar y gente que prefiere que le miren y ser el objeto de las miradas, o por lo menos motivo de atención; acaso, todos ellos, llevados del mismo prosaico deseo/objetivo: Ser. Y también pienso que puede que de tanto en tanto convenga rolar, permutar, trocar la posición. Apartando los miedos. Y mirar y esforzarse por “ver” en todas, pero en todas-todas las direcciones y, tal vez, reflejarse en los “otros” y ser visto por los “otros”, también, de esa manera cercana, aunque no demasiado. Y que sea una mirada menos venal. Porque, nada, ya sería la hostia.

ELOTRO

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2 comentarios:

  1. Uy, uy, uy, pero que dispares somos. A mi si me gustan las tiendas de flores, me gustan las flores y en su planta iban a durar casi el mismo tiempo que en la tienda, eso si, han quedado desarraigadas de sus amistades y eso duele, pero no me voy a poner ahora en plan de los de la Sociedad Protectora de las Plantas –si es que existe-. Tampoco coincidimos en lo de la raja del culo de los niñatos, porque a “las” involuntarias e indefensas espectadoras nos gusta, igual que a “los” indefensos e involuntarios espectadores les gusta mirar “sin excesivo detenimiento”, los culos (imagino que femeninos, aunque cada uno que mire lo que quiera). A mi también me gusta mirar, pero no soporto que me miren, me pongo nerviosa y creo que les voy a decir a mis allegados que cuando me convierta en “finada” que no me pongan en el escaparate, que me va a dar corte.
    De la chica del autobús destocado admiro el equilibrio ¿O en la siguiente foto estaba con los muslos hacia arriba?.

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  2. Disparidades es lo que necesita este aburrido y monótono mundo lleno de clones revestidos de uniformidad uniformada.
    Un saludo

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