domingo, 18 de marzo de 2012

J. y S. (casi un Malevich)



 


La única ventana del  apartamento de J, enclavada en un quinto piso, daba a un pequeño callejón sin salida, mugriento e impracticable de la avenida “Paradiso”, situado a la altura del número “1984”, junto a la boca del Metropolitano  “Lezama”. Se trataba, el proscrito recodo, de un lúgubre y estrecho rectángulo –unos quince metros de largo por poco más de cinco de ancho-  durante el día casi completamente en penumbra, -ya que excepto un pequeño ángulo lindante con la avenida , nunca recibía directamente los rayos del sol-. En su reducida superficie e irregular topografía con zonas ya sin pavimento, existía un yacimiento rico en variopintos materiales: secos matorrales, viejos colchones deshechos y cubiertos de verdín, cables, rotas sillas de tijeras, algunas mantas raídas, palanganas de plástico, envases de vidrio, escombros, cartones, juguetes desguazados,  basuras orgánicas o inertes y otras muchas inmundicias desperdigadas. Alguna descolorida bolsa de plástico solía levantar el vuelo y trazar en su paseo por el aire caprichosas volutas aprovechando cualquier inopinada ráfaga de viento. En resumidas: “un aliño pa chuparse los dedos”. Un variadísimo estercolero por el que maniobraban  a sus anchas, incluso a pleno día, innumerables, laboriosas, glotonas y lustrosas ratas del tamaño de conejos de granja, que resultaban ser los parroquianos más abundantes, pero no los únicos. De vez en cuando acudían chuchos esqueléticos y resabiados y, de pascuas a ramos una manada de famélicos gatos callejeros, y culebrillas, y lagartijas; algún pájaro hambriento o desorientado; pero ni rastro de dragones ni fantasmas cinematográficos; y, de extremo a extremo, surcado por incontables acequias (abismado desde la ventana  parecían brillantes costurones cicatrizados) de orines, y sembrado de pináculos y protuberancias –la mayoría petrificadas- de excrementos varios; ¡una completa olla podrida! Y, sobre todo en verano, el exacerbado y espeso hedor resultaba, incluso en las alturas, especialmente insoportable. Afortunadamente para alguien, el angosto callejón no contaba ya con ningún portal abierto, solo la antigua salida de emergencia –toscamente tapiada- del cine “Roxi”, cerrado y abandonado desde hacía la tira de años.



 
Cada día puntualmente, fuese laborable o festivo, a la altura de  la concomitante quinta planta del vecino edificio estratégicamente situado al otro lado del “vertedero”, y sobre las 6.30 de la mañana, hora local, se iluminaba una ventana. Aunque siempre permanecía cerrada: en invierno y en verano; constaba de dos hojas, con marco metálico visiblemente deteriorado y cristal esmerilado, uno de éstos, el de la izquierda visto desde enfrente,  estallado, y pegado, bien que de aquella manera, por dentro, con una cinta de embalar que a estas alturas lucía un color tipo mierda fresca o fango amarillo, en armonía con el cromatismo dominante en el solar de abajo, sin duda la cintita había acumulado “roña bíblica”. La ventana no disponía de cortinas ni visillos.
Cada madrugada, J se sentaba en el borde de la cama. En aquella hondura anidaba, callado. A oscuras y  a través de un pequeño hueco irregular, destinado a cargar con su infatigable mirada, que, cuidadosamente,  apañaba descorriendo levemente la cortina –procuraba siempre disimularlo, alternando la abertura, cada dos o tres días- asistía a aquel rito, encandilado como un niño magnetizado por un prodigio misterioso, que consistía en el danzarín ir y venir de aquella  inquieta y borrosa silueta femenina, a la que llamaremos S. Si se trataba de un día laborable, la sesión solía durar, minuto arriba minuto abajo, hasta las 07.15 horas, -los festivos podía alargarse hasta las 07.30 o, en ocasiones, hasta las 07.45- eso podía llegar a suponer unos cuarenta y cinco intensos minutos de minuciosa y placentera observación  por parte de J.

 



Aunque, por supuesto, la dinámica sombra no permanecía todo el tiempo dentro de los límites de la vítrea pantalla y la tamizada luz ambarina que la revelaba. Al final del día, a la vuelta al hogar, el horario de la “proyección” era más raquítico. Oscilaba, los días laborables, entre las 22.30 y, como mucho, las 23.00 horas. Dos momentos diarios en los que el mundo se componía y recomponía sobre aquel apretado espacio. Los movimientos de S también parecían otros: más lentos, más desganados, más fatigados y menos armoniosos: abaratados. La silueta de la sombra se curvaba, se recogía sobre sí misma y para sí misma, se deslizaba como a cámara lenta llegando a congelarse o a petrificarse o tal vez solo era que el tiempo se paraba por un instante; que S caía y se demoraba en un profundo e inmóvil ensimismamiento. Luego, se levantaba muy lentamente, como adormecida y se colocaba de frente a la ventana. Y era entonces cuando situaba, con un gesto cargado de absoluta delicadeza, la yema de sus dedos, durante un brevísimo instante, sobre el esmerilado cristal, como si se tratase de una señal de despedida, una pequeña caricia dirigida a algún misterioso habitante del otro lado de la noche. Enseguida se giraba, caminaba vacilante hacia el interior de la habitación (abriendo vertiginosamente el espacio, penetrando su profundidad -"Vienen de la oscuridad para desvanecerse en la oscuridad"- desgarrando la falaz apariencia de lo que hasta entonces figuraba como un solo plano -un solo plano para el cuerpo y su proyectada sombra- y trazaba un nuevo camino más ambiguo, lleno de meandros, cambiante encabalgado sobre un nuevo volumen. Progresivamente su silueta se astillaba, se difuminaba; y, súbitamente, se disipaba toda luz, todo color, como en el mestizo aire de una pintura extraña y silenciosa, de textura densa y nocturna.



Y entonces, J, desde su velado punto de observación, pronunciaba a su vez un inaudible y tímido “buenas noches”, que moría antes de traspasar los labios. A continuación se tumbaba, aún tenso y desabrigado, a lo largo de la cama, sobre su costado izquierdo, siempre cansado y casi siempre insomne; en el aire enrarecido la mirada testarudamente clavada, dónde si no, en el ya negro rectángulo, casi un “Malevich”. Y de esa manera, un día más se enfrentaba a la aterradora claridad que, como dijo el filósofo, poblaba lo oscuro. Un día más se acabó lo que se daba, no queda nada que rebañar, ni tan siquiera, “una sombra”, se atrevía  J a decirse, o a pensar burlonamente para sus adentros.
En eso, y nada más que eso,  consistía el curso maquinal de la vida de J; en esperar lo innombrable, cada vez de forma más desasosegada, impaciente, anhelante; asistir, una vez más como oculto y acechante mirón, y a través de una pasarela dibujada  sobre el vacío que los separaba, al vivificante espectáculo que cada jornada escenificaba S. Quizá con endiablada inconsciencia.




A aquellas alturas de lo oscuro, a J le resultaba imposible discernir entre los enigmáticos efectos y las esquivas causas. La mágica escena animada, acontecía cada día, en generosa función doble, en aquel rectángulo vertical, (pobremente iluminado y que a su hora adquiría un tinte sugestivo, magnético e inusitado) situado justo enfrente, bendito azar, de la única apertura de su jaula. La única ventana al mundo exterior, el de los sacerdotes y sus números tristes, el de la luz vomitada de las farolas sobre la chapa fría de los tranvías y el de las estrellas de mar reflejadas sobre los temblorosos charcos del asfalto, el de los ríos de fuego subterraneos. Cautivo y prisionero, gustoso y perpetuo, de aquella minúscula geometría llameante, donde se desperezaban en un inventario de gestos ¿de un pájaro? ¿de una serpiente? ¿de un pez?, como milagrosos frutos de una secreta alquimia, las más sugestivas formas del éxtasis, a cargo de  una sinuosa, frágil y magnética sombra: la silueta ¿felina? de S.
Un hombre precariamente colgado, prendido, de una sombra turbadora, escurridiza y siempre inalcanzable. Un hombre obsesionado ante  una apariencia, ante una “proyección”, y bajo el estricto cumplimiento de un ajeno, implacable e inalterable horario. Una relación intangible e improductiva; llena de vacío irrellenable y de ausencia; de desatención, sin sostén; aparentemente cercana, quizá por ceguera, pero definitivamente distante; imposibilitadora incluso del episodio vampírico, aplazada, diferida, inútil; con su cada vez más acelerado bombeo de sangre y desamparo. Se trataba de una cercanía espacial que vedaba el acceso carnal, el roce y que ni siquiera, por incapacidad,  sobrecarga de cobardía o por la falta de auténtico apetito,  contribuía a mermar  el peso y la dimensión de aquella irremediable soledad.
Un día todo aquello acabó. Se concatenaron los hechos. No alumbró la llama el rectángulo negro. No se desplegó la pasarela óptica que salvaba el vacío. No volvió el repartidor de pizzas. Todo se desvaneció de una manera misteriosa, como si todo aquello: J, S, los pobladores del callejón; se hubiesen desintegrado, aunque es obvio que no es esta la palabra precisa. Extrañamente solo quedó, en la pared, un rectángulo blanco sobre fondo blanco. Casi un Malevich.

ELOTRO

***

No hay comentarios:

Publicar un comentario