miércoles, 14 de marzo de 2012

“El cretense”





Mi amigo y compañero de habitación en el “college”, al que por  propia petición llamábamos “el cretense”, explicaba vehementemente y justificaba su militancia en la  “corriente de pensamiento sincretista”, de la siguiente forma: “Verás, tus cinco sentidos te dicen que debes dirigirte a la derecha y tu intuición te pide que elijas el camino de la izquierda. Pues bien, allí estás tú, soportando bonitamente la angustia y el miedo, o, en una palabra: el canguelo. Y guardando precariamente el equilibrio en el alambre a más de treinta metros sobre el suelo y sin red: ¿qué opción eliges?”, y sin dar tiempo a respuesta alguna exclamaba: Ninguna: ¡Sincretismo!, amigos, ¡sincretismo común!
Lo tenía muy clarito “el cretense”. Sin embargo faltaban años para que, sorpresivamente, al menos para su novio camionero, su ya afligida familia y sus escasos viejos amigos (compañeros de estudios, filósofos también, aunque la mayoría acabaron ganándose la vida como publicistas o vendedores de seguros, lo que, por cierto,  no evitó que sucumbieran a la “maldición francesa” del oficio filosófico postmoderno: estrangular a la legítima. Excepción hecha de servidor, que aún trataba de terminar la carrera y seguía solterillo), aquel “filósofo” se convirtiera en el más famoso funámbulo del país, aunque lamentablemente segundo del mundo. Por eso quizá nadie se acuerda de él.




“Acrobacias del destino”, escribí, ¡y lo hice de una sola tacada!, en el margen de la portada del diario correspondiente al fatídico día 7 de agosto de 1964. Junto a la noticia de su proeza llevada a cabo, con el agravante rebelde de no haber solicitado los preceptivos permisos a las autoridades competentes, entre los dos más altos edificios de la ciudad. En la imagen de la primera plana, mi amigo “el cretense” (que se encontraba apuntalado y esposado, entre dos obesas “torres uniformadas” con porcinas caras de gángsters que sonreían muy ufanas al pajarito) no aparecía con un semblante especialmente  contento. Además de unas tensas y frías facciones, casi una careta y ni rastro de sus grandes dientes blancos, lucía una mirada, los ojos retraídos hacia dentro,  turbia, perdida, ausente, dolorida y perpleja. Para quienes le habíamos conocido, aquella era una mirada absolutamente insólita, vacía, derrotada, como ida, irreal; no era una mirada “cretense”; era una mirada ahogada, que no acierta  a encontrar espacio en que vivir, que parecía contemplarnos con indolente displicencia desde “otro” tiempo, no desde nuestra época sino desde  todos los tiempos “por venir”. En cualquiera de los casos una mirada inextricable, tan rigurosamente singular como escandalosamente múltiple, que, sin duda, se encontraba allí presente y que evidenciaba haber huido; y todo ello resultaba extremadamente inquietante. No, mi amigo no daba la esperada imagen “homologada y canónica” de “Héroe de las torres”, como le había etiquetado el anónimo redactor del escueto pie de foto que figuraba en la portada. Era en las páginas interiores donde se trataba el asunto con más amplitud textual y gráfica. Tras leer cuidadosamente las cincuenta y dos líneas, y las dos fotografías que dedicaban al acontecimiento pude vislumbrar el probable, he de reconocer que solo probable, motivo que logró cincelar aquella expresión en el rostro de “el cretense”  y sobre todo, trastornar su mirada. Parece que todo se desarrolló a partir de que un grotesco gacetillero (¿sería su ridícula apariencia lo que nos confundió?) del que nadie conocía antecedentes, y que debía de tener una edad que lo convertía sin duda en el benjamín de los chicos de la prensa, y que lucía una extravagante indumentaria (ni traje de alpaca, ni sombrero, ni el pelo engominado y cortado a navaja, ¿sería una estrategia de camuflaje?) y un no menos chocante y degradado vocabulario, con el que le espetó a nuestro héroe, entre otras peregrinas ocurrencias, una estúpida pregunta sobre la gran hazaña (eso afirmaba el desconocido petimetre) llevada a cabo por cierto franchute de nombre sonoramente ridículo, un tal Philippe Petit, y ahora agárrense, ¡en 1974!, es decir, ¡realizada así que pasen diez años! Y, según afirmó el mismo esquivo periodista, superando con holgura la distancia y la altura del paseo realizado por “el cretense”. Por supuesto todo ello, ¿había ocurrido?, en nuestra mismísima ciudad y entre dos gigantescas construcciones, para cualquiera que estuviese en su sano juicio, inexistentes, hoy por hoy. Pues bien, según refiere el agudo cronista del “Times”, fue esta excéntrica e incongruente pregunta la que sumió súbitamente a nuestro hombre, “como herido por el rayo”, en ese triste estado de rígido estupor, muy cercano a la catatonia, que era posible apreciar en la instantánea de portada.




Lo que resulta incomprensible, una vez que el reportero realizó su incoherente y, más que futurista yo diría lunática preguntita, no es tanto la extraña reacción de perplejidad mostrada por “el cretense”, como esa nueva mirada donde toda su excepcional heroicidad debía reflejarse y nada o solo confusión y derrota reflejaba. ¿En qué tiempo y en qué espacio se había situado esa mirada? Desde luego no en el de sus contemporáneos. Cuentan que, tras el consternado silencio del acróbata, fue cuestión de segundos que no quedara en la sala entusiasta o curioso o chupa-cámara alguno ¿Qué diablos le pasa a la gente? ¿Cómo explicarlo? Nunca pudo, o quiso, abandonar ese estado de abatimiento. No volvió a pronunciar palabra ni dio nunca muestras de “compartir” algo, fuese lo que fuese, con “otro”.
Toda su experiencia vital quedó truncada y menoscabada por la interrogante formulación “profética” de un indocumentado mequetrefe, a la que inexplicablemente alguien de talento tan excepcional como él, aunque eso sí, poseído por una fantasiosa e indómita imaginación, dio todo el crédito. Hoy, ocho años después, (ya hacía dos años que, desgraciadamente, mi amigo había abandonado este mundo) cuando desde aquí mismo puede observarse cómo se terminan de elevar, en unos terrenos junto al antiguo puerto, las que se convertirán en las torres más altas del mundo, sobre unos terrenos del antiguo puerto; me encuentro ante la modesta sepultura de “el cretense”. En la lápida, a falta de epitafio, está grabada con todo detalle la serpenteante silueta de la mítica isla de Creta. Por cierto, del “pequeño héroe” francés no he oído nada en estos años.
Se me ocurrió pensar (mientras mentalmente dibujaba, aprovechando mi privilegiado punto de vista cenital: un laberinto dentro de los contornos de la isla grabada sobre el mármol)  que la respuesta acertada a su enigmática encrucijada, quizá no fuera aquel “sincretismo común”; más bien ¡amigos! la respuesta adecuada podría ser: “sincretismo cuesta arriba o en las alturas del tiempo”. No sé, ni me puedo imaginar qué le pudo ocurrir o qué vio con sus propios ojos o qué discurrió su mente durante aquel inaudito paseo; solo algunos poetas se aventuran a caminar entre las nubes, solo ellos saben. Acaso porque conocen(*) que allí nada es imposible (“pasear fuera de tiempo, como si usara un reloj anticuado que se retrasa varios años”) y que son los únicos que dominan las músicas y las palabras idóneas (“¿El paseo entre las nubes, como la poesía o el dibujo, presupone otra visión del tiempo?".) para narrarlo. O por lo menos, pienso, eso es lo que todo poeta debería…

 (*) Alguien escribió que “la adivinación del porvenir es una superchería solo superada por la crítica de arte.”


ELOTRO

***

2 comentarios:

  1. Funambulistas aparentes, ué más da que la cuerda
    esté más o menos tensada por sus extremos
    o por la tensión del rencor o del odio,
    la caida es inminente.

    También existe un desequilibrio
    respecto al eje horizontal.

    De nada importa el orden natural, qué importa
    la regularidad del paso de los equinoccios
    o la clara armonía del nardo i del crisantemo.
    Todo se desmorona o vuelve para atrás.

    Ahora un paso delante de otro, procurando andar
    recto por los senderos de la murta olorosa
    pero ya sabes que el resentimiento ha confundido
    los caminos del derecho y la razón.

    salud
    Francesc Cornadó

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  2. Decía el poeta que la belleza puede llegar a lo más alto, a lo inalcanzable, más allá de las nubes, al fondo de las cosas. Y así parece.
    Un saludo, Francesc

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