Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 15 de febrero de 2012

Sócrates: “El comadrón” de las ideas.







Se cuenta que el tipo (viejo, sabio y fiel seguidor de ese dios menor conocido como Dionisios o Baco),  tenía querencia por la libación, en su versión desmesurada, vamos que era un bebedor irredento de tinto peleón (en aquellos años ni crianza, ni reserva, ni gran reserva, lo que no impedía que la charla bien regada culminara en colosal melopea); que no sabía ni leer ni escribir (solo sé que no sé nada, repetía). Bien es verdad que estamos hablando de cuando quedaban 400 años para clavetear al madero al hijo de la madre “virgen” y, los planes de enseñanza andaban todavía empantanados en oscuros  trámites parlamentarios. Su padre  picapedrero y su madre comadrona. De lo más tirado de la sociedad ateniense, ¡que no fuese esclava, se entiende!, lo menos distinguido escriben los finolis. Pero el que “solo sabía que no sabía nada” supo elevarse, trepar, escalar los más altos muros (con el tiempo, miguita a miguita y mucha labia), de la jerarquía social y hacerse unos cuantos amiguitos influyentes entre la oligarquía y, por fin, acabó engatusando y esposando a una mujerona, (con un carácter de armas tomar, absorbente, mandona, que constantemente le malmetía contra su pandilla de amigorros) de familia patricia: y ya estamos todos dijo el jefe de casting. (Doy gracias a los dioses por haber nacido hombre y no mujer, griego y no bárbaro, libre y no esclavo, dicen que dijo el trepa beodo).






 Por no dejar fuera nada de lo que me han contado, digamos que tuvo tres hijos, era bisexual y que su amante más famosillo fue Alcibíades, también, (¡estos lascivos docentes!) discípulo). Y parece que el fulgurante ascenso social hizo que abandonase, paulatinamente, su pensamiento más radical y que mirase con otros ojillos, menos escépticos y más optimistas, ¡cómo no!, la opción “reformista”. Y se puso a bramar a los cuatro vientos que era posible regenerar la sociedad (aquella), eso sí, “acentuando el valor de sus principales elementos”. ¿Os vais coscando de lo antiguo y rancio y redundante y desolador que es todo en esta puta vida? De ahí pasó a defender el “idealismo” e incluso, ya puestos, a abrazar ciertas tendencias antidemocráticas (de la época) y, por qué no, a relacionarse amigablemente con la llamada “Dictadura de los Treinta”).





Se pasaba el día trasegando tintorro y charlando por las plazas de Atenas, y, del tirón,  mirando de soslayo a los mancebos más agraciados por la naturaleza. Invitaba a la gente a conocerse a sí misma, (Conócete a ti mismo) no negarán que es un eslogan impactante, y a salir (o entrar) de exploración en busca del manantial de la virtud. Por lo que cuenta gente de su cuadrilla (Platón y Jenofonte) era muy preguntón y muy irónico. Cada maestrillo tiene su librillo (esto creo que ya se repetía entonces por las Ágoras provincianas) aunque ese método de preguntitas una detrás de otra en plan cansina mosca cojonera, a lo “Colombo”, acabó siendo muy apreciado, sin duda daba resultado, por todos los que vinieron después (El Papá, le apodaron) a “currar” con las ideas y filosofar sobre lo divino y lo humano (bueno, las cosas de la  mayoría de la población que en aquel entonces se veía abocada a ejercer a jornada completa  la esclavitud y eso, no figuraba todavía en la apretada agenda filosófica). El caso es que el tipo no persuadía haciendo una de esas prolijas e indigestas exposiciones que primero te amodorran y luego te precipitan al más profundo de los sueños, sino que, era muy habilidoso, “divertido”, en el diálogo (es que se le entiende tó, decían), al que siempre transformaba como el que no quiere la cosa en “grata” entrevista introspectiva.  Y era el entrevistado (el otro, sin necesidad de diván) el que acababa por encontrar en su interior “lo que el alma ya sabía, bien que con el saber oscuro e incierto”. En otras palabras, “lo que no sabía que sabía porque no se hacía las preguntas precisas y adecuadas”. Así que, el borracho sabio, con sus certeras e inteligentes preguntas conseguía iluminar al “interlocutor-paciente” y a todo el que se pusiera a tiro de salivilla. A base de escarbar con las preguntas conseguía que emergieran a la superficie lo que antes no tenía carta de naturaleza o no parecía existir pero que, ignorado, estaba ahí, ¡existía! y además ejerciendo: él problema, los problemas. Y esta “revelación” o incómodo descubrimiento, provocaba la evaporación o el arrinconamiento de los saberes falsos y las ignorancias camufladas y camufladotas que habían reinado y mangoneado, sin mucha competencia, hasta la fecha aquella.





Con razón les irritaba “el preguntón”, y justificadamente se ganó la antipatía de toda una multitud de enemigos: aquellos (presocráticos) cuyo discurso recibía una auténtica  paliza, una buena somanta a base de “Razón” (más llevadera, dónde va a parar, que de bastonazos), ora al sol, ora a la sombra  de la plaza, ateniense, y con poco más de media entrada. Él cambia, con un brusco volantazo y aprovechando el rebufo de sus predecesores, de dirección el pensamiento. Lo odiaban, y no iban descaminados, porque veían en él, y de eso se trataba,  un destructor de las creencias tradicionales, (había que hacerle sitio a la “razón”) un inquietante agitador, que decía cosas como que  el saber de lo más importante –qué es lo justo, qué es lo injusto, qué es el bien, qué es el mal- no debe dejarse en manos de cualquiera (por muy sabio presocrático que fuese).
Según un tal Nietzsche, nuestro hombre fue “el sepulturero de la metafísica” de los presocráticos, y el racionalizador y, por consiguiente, “el destructor del mito a favor de la razón”. No aniquiló a los mitos pero estos ya nunca volverían a ser lo que fueron, les faltaba razón.






A nuestro hombre no le interesaba filosofar aturdido por los efluvios que alelan: el engreimiento, la satisfacción y la suficiencia, (él, por su parte, procuraba no pasarse nunca de listo) y ese era uno de los  motivos por el que  despreció a los sofistas (la escuela entonces dominante), los sabios, (los sabelotodo) los que alardeaban de atesorar muchos saberes. Pero el más sabio es aquel que sabe que no sabe nada. Interesar, a nuestro hombre, le interesa sobre todo el pensamiento que tiene por objeto examinar el bien (la virtud, los conocimientos, la razón) y el mal (la ignorancia).
No te atribules, dicen que decía, elije la opción que te parezca más conveniente; total, en el fondo es igual; tarde o temprana te arrepentirás de cualquier decisión que hayas tomado. Haz, por tanto, lo que debas. (Luego, veinte siglos después, vino un negrito “afroamericano” y se lo calcó para titular su peli).



En el año 399, tres chivatos acusicas (probablemente bien retribuidos con el oro sofista) le acusan de tres delitos: corromper a la juventud, no respetar a los determinados dioses antiguos de la ciudad e  introducir (por su cuenta y sin los papeles en regla) nuevas divinidades. Total, un subversivo de manual para cualquier indecente togado. El juicio fue en el Ágora (junto a la estación de “Cuadrigas” del mismo nombre)  ante 500 ciudadanos (los esclavos no podían juzgar, solo ser ajusticiados, se siente), voluntarios y mayores de 30 años elegidos al azar o no, que más da si la sentencia ya está firmada: 280 (para disimular, no como Fraga que ganaba los referéndums con el 101% de los votos) de los 500 jurados votaron culpable. En 399 “S” fue condenado a beber, ironías del destino, la cicuta (en mal estado, picada, rasposa al paladar, ágria, muy dañina en cualquier caso). Habría que puntualizar que todo lo que creemos que sabemos de él, es lo que nos han contado, uno que sí sabía escribir y leer, de familia aristocrática y autodeclarado seguidor del revoltoso, llamado  Platón o sea “el de anchas espaldas” , y el historiador Jenofonte y la caricatura teatral de otro, que no lo debía de apreciar mucho, o sí, que era comediógrafo y respondía por Aristófanes.


ELOTRO (compilador chistosillo)


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1 comentario:

  1. .....ummmmmmmmmmmm......me gusta.
    Siemdo ummmmmmmm onomatopeya de placer.

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