sábado, 4 de febrero de 2012

Paseo con Duchamp.








Miércoles uno de febrero de 2012

“Todas estas bagatelas, existencia de Dios, ateísmo, determinismo, libre albedrío, sociedades muerte, etc., son las piezas de un juego de ajedrez llamado lenguaje y solo son divertidas si uno no se preocupa “en ganar o perder esta partida de ajedrez”.
M.D.

Sí, yo no lo podía sospechar cuando salía de casa, pero el paseo de hoy iba en línea directa (pasando por Raymond Roussel) hacia Marcel Duchamp. Como resulta que ya he empezado a sentir y sufrir los primeros síntomas de mi alergia al polen (¡el primero de febrero!) he decidido, para evitar males mayores, bordear el Retiro. Hasta finales de julio se acabaron para el menda los paseitos por el parque, por si eran pocos los recortes…
El tiempo empleado en husmear entre los libros de la Cuesta de Moyano se va reduciendo implacablemente tras cada visita en pos de algo nuevo que leer. La mayoría de las casetas tienen siempre expuestos prácticamente los mismos libros, y éstos cada día se muestran más deteriorados por la intemperie, el manoseo y el trasiego. Parece que aquellas reposiciones de libros procedentes de la compra de bibliotecas personales o de cualquier otro origen que revitalizaban de continuo los vetustos expositores han pasado a mejor vida o han tomado otros derroteros. El caso es que la falta de novedades y sorpresas provoca que la “cuesta” vaya perdiendo aliciente…





Siguiendo la ruta habitual, el Caixaforum es un buen sitio para orinar y sacar fotos (bueno y ver exposiciones y curiosear en su tienda librería). De esos “verdes” servicios ya he publicado por aquí alguna,  por supuesto  convenientemente manipulada en el fotochó. Con la vejiga aliviada, (Duchamp cuenta en su correspondencia que empezó a tener problemas con la suya a los 42 años, en eso le he sacado diez, yo es que solo me mido con los grandes) dirigimos nuestros pasos hacia el pequeño local del ahora llamado Barrio de la Letras donde acostumbramos almorzar. Pasamos, sin sufrir ningún síndrome de belleza a lo Stendhal,  delante de la imprenta donde se realizó la primera tirada de El Quijote, cruzamos la calle Moratín, la calle Lope de Vega donde se encuentra la iglesia con los restos de Cervantes, la calle Cervantes donde se encuentra la casa en la que moró el sin par Lope de Vega, (y acabemos con el rollo de guía cultureta que nos estamos poniendo pelín estomagantes) y… por fin aposentamos, con un ay,  las sumidas nalgas frente al ventanal.






A través del rectángulo acristalado, y algo más a resguardo que las disciplinadas hileras de mirones típicas de las terrazas parisinas, veo pasar toda una variadísima gama de transeúntes. Abundan los turistas mochileros, bajan de la Plaza de Santa Ana y se dirigen, mapa en mano, hacia los museos:  El Prado, El Reina, El Thyssen. Los museos, esos lugares que tan poca gracia le hacían a Duchamp y sobre los que decía que estaban llenos de: “obras de copistas, eso que a menudo se llama tradición”. Justo en la acera de enfrente hay un corrillo de fumadores en el portal; hace rasca y se les ve pasando frío, frotándose los brazos y oscilando sobre sus pies de izquierda a derecha mientras consumen frenéticamente su dosis de nicotina y vaya usted a saber que otros componentes adictivos más, sin olvidar que a pie de calle suman también la cercanía a los tubos de escape y ya tenemos el cóctel completo. Pasan como a cámara lenta enormes coches negros, impolutos, con las lunas tintadas, de marcas francesas y alemanas casualmente, van siempre de dos en dos: el Congreso de los Diputados y El Palace están a doscientos metros. Y muy cerca también, varado, hacia el este, un enorme y lujosísimo edificio propiedad de esa secta “Cienciología” fundada por un tal L. Ron Hubbard,  que un día se descolgó con: “Me gustaría comenzar una religión. ¡Ahí es donde está el dinero!” (según la Wiki) y de la que es fervoroso seguidor, y seguro que accionista, el gran enano-actor Tom Cruise. Pues bien, cada semana, hay un negrito vestido de portero de casino que me ofrece amablemente propaganda de los libros o catecismos de su secta con una sonrisa de oreja a oreja. Él ya sabe que conmigo no tiene nada que hacer, pero insiste, como la estupidez, que decía Camus. Una pulguita caliente de roast beef con recula y mostaza dulce (3,50 euros) y otra de carne mechada con queso Gouda (2,30 euros) con pan de chapata crujiente. Suelo acompañarlo con una cerveza o un rioja. Luego un café con un bollo de chocolate. Total 10,90 euros. (Ofrecen también un menú por 12,50 y un medio menú por 7,90 euros). Ustedes quizá no se expliquen por qué incluyo tantos  datos, pero yo ya me entiendo. A 50 metros al oeste, el Ateneo de Madrid, siempre en obras, no sé si en construcción o desmantelamiento; ni sombra de lo que era. Pasan gentes arrastrando maletas o carritos de la compra. La mayoría de las mujeres ya no llevan un bolso, llevan dos: uno muy pequeño y otro muy grande. La mitad va hablando por el móvil y la otra mitad con los auriculares puestos. Hay grupos y parejas, pero sobre todo solitarios, como dentro del café. En el local suena de fondo uno de esos cantantes melódicos italianos que parecen salidos de una cadena de montaje de San Remo, festivalera, digo. Pasa también mucho ocioso sin rumbo y muchas mujeres y hombres de la tercera edad, solitarios y cabizbajos y lentos, sin prisas en su deambular. Pasa la controladora del aparcamiento callejero, que hace mucho que no es joven, pero aún tiene buen ver. Acaricia suavemente con la palma abierta de su mano izquierda el capó del presunto, frío, frío. Multa que te crió. Papelillo bajo el limpia.





Dice Duchamp en una de sus cartas: “todo cuadro está hecho no por el pintor sino por los que lo miran y les conceden sus favores”. Este texto espero que se beneficie de ese aserto. La exposición “Locus Solus – Impresiones de Raymond Roussel” en el Reina Sofía, es la que ha provocado esta nueva inmersión en Duchamp. Picabia, Apollinaire y Marcel asistieron en 1912 a una representación de “Impresiones de África” de Roussel, que era un artista con dos cojones y mucha pasta, no sé si en ese orden, así que pagaba de su propio bolsillo la edición y representación de sus obras, pasando olímpicamente de editores y productores. El caso es que Duchamp quedó impresionado por la obra y el personaje R.R., aquí habría que señalar que a Marcel la gente con pasta siempre le ha impresionado y atraído mucho, muchísimo, aunque fuese gorda y fea; y no digo más. Los dadaístas y los surrealistas, siguiendo a Duchamp, también tenían en alta estima al señor R.R., “el presidente de la república de los sueños” (Louis Aragon), “el mayor hipnotizador de los tiempos modernos” (André Breton), “el ojo pegado a su microscopio” (Robert Desnos). “La huida del terreno de la realidad hacia el de la concepción” (Michel Leiris). Ditirambos habituales de  los vanguardistas, en esta ocasión dedicados a R.R. (por si caía algo, supongo yo).







La influyente sombra del artista más “preferiría no” de la historia es muy alargada. Dice, entre otras pocas cosas, el hijo del notario: “trato gradualmente de hacer lo menos posible”, y “Estoy haciendo “readymade” (ya hecho), los firmo y les doy un título en inglés.” Y añade “Opino que todo lo que uno hace es correcto, y rechazo luchar por una u otra opinión, y su contraria”, y “un arte malo sigue siendo arte, igual que una mala emoción sigue siendo una emoción”.





Volviendo a la tierra: tras haber degustado esta selección de citas de Marcel (están todas recogidas de un librito sobre su escasísima correspondencia que pude leer en el museo), me paseo por las salas de la colección permanente posando mis ojos sobre esas obras de copistas que conforman la tradición y, sobre todo, cuando por enésima vez me sitúo delante del Guernica creo comprender perfectamente a Duchamp, y su deseo de “estar solo lo más posible”.
Me lo imagino rumiando su incurable impotencia mientras se abisma hasta la demencia en un insólito juego  de ajedrez, con extrañas piezas, llamado “lenguaje”. Pero con eso y todo sin malgastar saliva, y mucho menos retina, sobre el tablero…


ELOTRO

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