sábado, 11 de febrero de 2012

“El mudo”, divaga… (y 4)






Estoy convencido, añadió “el mudo”, de que, a pesar de todo, algo puede cambiar en la vida de ciertos lectores tras el “revelador” encuentro con determinados autores o alguna de sus obras, o cualquiera de sus personajes, (también estoy igual de convencido de lo contrario, pero en esta coyuntura me interesa más tomar partido por la primera opción. El vil oportunismo, la transición española está llena de ejemplos, se puede disfrazar perfectamente de sacrificado pragmatismo.) no voy a negar, aunque sé que no es razón necesaria ni suficiente,  que a mí mismo me ha ocurrido y en más de una ocasión. ¿Y acaso, por el lado contrario, la existencia aplastantemente mayoritaria de ese lector indolente, simplón, tan engreído como inculto, tan consumidor compulsivo de “premios literarios” y famosos (en lo que sea) “firmantes” de los plagios de sus negros, no influye de manera rotunda en la vida y la obra del, chúpate esa, “autor literario”?
¿eso e la versión  dialéctica de los comemieda, papasito?, preguntó algún anónimo cavernícola desde la pared del fondo, la de las sombras.
(“el mudo” ni puto caso) Frente a la obra que huye de lo absolutamente trillado, que apuesta por experimentar en las formas y abordar nuevos contenidos, que se arriesga a explorar otros territorios y otros puntos de vista, fuera, dónde si no, de los moldes imperantes, que se arriesga a equivocarse, que titubea… el lector “mayoritario” dormita, como si aquello no fuera con él. En casos extremos, protestan y  hasta gimotean. Si no reciben su papilla sin grumos,  “lo habitual”, “lo que es costumbre”, “lo que ya es conocido y dominado”, se sienten mal, inseguros, desplazados de “su lugar conocido y sin sorpresas”, de su “acogedora rutina”. Él no se considera un “lector conejillo de indias”, no quiere que se le incomode,  no está dispuesto a que se “experimente” con su dinero, su tiempo o su ya delicado sistema nervioso. Ese es el mensaje, afirmó “el mudo”, que emite (¿O recibe?) a los cuatro vientos “el tipo de lector mayoritario”, el que hace posible las múltiples tiradas y las decenas de miles de ejemplares, el “perfil” que conocía perfectamente Lara-padre, (autodidacta pero un genio del marketing) y, por eso, le dijo a Marsé que le daba “el Planeta”  pero que se dejara de flash-back y chorradas por el estilo y que la historia fuera siempre hacia delante y muy legible, muy legible…y  don Juan ganó el Planeta, y el lector mayoritario tuvo su ración de forraje. Y si esto es una relación (Autor, editor, lector) dialéctica o interactiva o austrohúngara, lo mismo da, para el pulso, si lo hay, que no suele, porque si no entretienes y diviertes la digestión a la clase media, no vendes, no comes, no tienes piso con librería lacada, no puedes salir a la calle y considerarte escritor… (Otra cosa es si perteneces –el aspirante a cambiar la historia de la literatura, digo- al  nivel adquisitivo de Raymond Roussel, en ese caso los experimentos, ¡niño!, con Moet & Chandon).
Después de esta retahíla de incongruencias y despropósitos, “el mudo” callará por una temporada, dijo “el mudo”.


ELOTRO


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