Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 8 de febrero de 2012

“El mudo”, divaga… (1)





A pesar de todo, decía “el mudo”, hay que escribir como si a los lectores se les tuviese algún respeto. Les ilusiona la pantomima. En realidad suelen creer, en ciertos casos con toda la razón, que, si ellos no estuviesen tan ocupados en mamársela (disculpen el eufemismo) al amo, “estos escritorzuelos se iban a enterar de lo que vale un peine en el viejo arte de contar cuentos y enlazar palabras”. Así que los guiños a la “inteligencia y perspicacia” del lector deben emerger de forma inconfundible y reiterada, (mogollón de veces, digo) a lo largo del texto, como si se tratase del aceitito en la bisagra; no se me alboroten y háganme caso y comprobaran que, en la íntima relación, ahorra chirridos. Al fin y al cabo, la literatura es cosa de dos, (o trina) el que la da escribiendo y el que la toma leyendo. Cierto que no conviene perder de vista algunas asimetrías que del común adornan a los integrantes de la relación. Las más de las veces, no parece que todas, el escritor suele asumir además el “rol” de lector, (que tiene por costumbre leer, digo) y esto le confiere cierta “ventaja” sobre el “solo lector” que, como no dispone de tiempo, compréndanle,  no escribe. Pero no nos engañemos, como sabemos por boquita de los más insignes vanguardistas del siglo XX, el espectador-lector, también es, en parte, (en los porcentajes hay sus más y sus menos) “autor” de la obra a la que dedica, “mas sus vale no olvidarlo”, de su capacidad adquisitiva, una pequeña parte de sus escasos cuartos, y sobre todo: su amable atención. “Pues mira que bien”, suelen comentar, entre cubata y cubata, los escritores más gandules a la vista de la brillante coartada minimalista.
Ahora apunten esta, avisó “el mudo”: un lector serio, atento y tenaz, puede terminar conociendo, a poco que se lo proponga,  las interioridades, recursos y herramientas del oficio, y de una forma tan profunda como el más aplicado de los profesionales surgido de esas escuelas llamadas talleres. A partir de ahí, solo le quedaría conquistar, ay, el talento creador. Pero claro, de esos, amigos míos, ¿Cuántos? Antes y después de los talleres, digo. De lo realmente determinante, los padrinos, los enchufes y el azar, les hablaré otro día, aunque es pa ná


ELOTRO


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