Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 17 de febrero de 2012

Chagall







Nada más entrar en la primera sala del Thyssen, a la derecha, hay un pequeño cuadro de Chagall, una escena de interior, que podría pasar perfectamente por un Matisse, de hecho, a mí, así me lo pareció. Luego, leyendo las cartelas te enteras de que Chagall, en Petersburgo, tuvo un profesor de pintura que le había contagiado su pasión por Matisse, por París. En 1911, Chagall se traslada a París. Estos pequeños detalles pueden iluminar esa repetida consigna que calificaba a París (o antes Roma)  como la capital mundial del arte, el lugar donde los artistas debían estar y trabajar, el lugar donde se cocinaba lo nuevo, lo vanguardista. Y con todos los matices, y son muchos, que se quieran, así fue desde el último cuarto del XIX hasta la segunda guerra mundial. Un desconocido pintor ruso pasa una pequeña temporada en París, visita exposiciones, galerías, el Salón de los Independientes, el de los Rechazados… y se queda anonadado, perplejo, desconcertado ante las nuevas vías que están explorando aquellos artistas antiacadémicos, aquellos  irreverentes experimentadores, aquellos “don nadie”… y se vuelve a un rincón de Rusia y lo contratan en una academia de profesor de pintura y, es ahí donde  le cuenta a un joven alumno judío, que parece dotado para el oficio, que, en París ha visto cosas… y el inevitable contagio sucede y se expande.




Ya en París, Chagall se rinde al cubismo y a los colores de los fauvistas. Hay un cuadro, del mismo año, 1911, de su llegada a París, que se titula “Las tres y media (El poeta)”, a mi me parece que es una obra capital. Dentro de él encontramos lo que Chagall traía consigo de Vitebsk, su ciudad natal, más su formación en Petersburgo y aquello con lo que tropezó en Paris, las formas y conceptos cubistas y los colores salvajes y expresionistas. Y, claro, su poética personal. ¡Ese gato verde!



Llenos de tradición y vanguardia hay dos magníficos cuadros curiosamente titulados “La habitación amarilla” y “La casa azul”, las dos piezas, en mi opinión, evocan a Van Gogh, aunque ni por estilo ni por técnica tengan nada en común con la obra del  holandés. Pero la poética me parece similar, y la “utilización” del color, equivalente. Todo ello me confirma en algo que ya sospechaba, Chagall es un gran “lector” de pintura, y su capacidad para apropiarse de todo lo que le pueda venir bien a su propia obra, es extraordinaria. Por abundar un poco más en ello diré que he podido disfrutar de mi admirado Kandinsky en muchos “cachos” de obras de Chagall (de su primera etapa), y conste que lo digo como elogio, ya que estoy plenamente de acuerdo con Godard cuando afirmaba que lo importante no es de dónde lo coges, sino a dónde lo llevas. Y en esas obras de Chagall, Kandinsky, amí así me lo parece, está a  gusto, se le nota en los colores.





Chagall es un extraordinario dibujante y un virtuoso del color. En el dibujo lo mas inmediato es constatar su influencia “cubista”, a mi me recuerda, sin llegar a su altura aunque algo más imaginativo, a Juan Gris. Pero creo que son los pintores primitivos los que marcaron su etapa de formación, esos enamorados que vuelan en el interior de las buhardillas parisinas, esos hombres del saco, esos violinistas tocando en el tejado, esas atmósferas de levedad, esas cabras, esos gatos, esas vacas, tienen un dibujo primitivo y un color expresionista y es la magia poética de Chagall la que ha conseguido esa milagrosa cohabitación, esa enriquecedora fusión en el núcleo de sus grandes obras.
La gran tradición popular rusa y judía (pagana y religiosa) sumada al “vocabulario” vanguardista, fueron la base y las herramientas con las que Chagall construyó un mundo de elementos ya existentes, sí,  pero que tras su asombrosa combinación ha devenido en un universo insólito, muy personal. Algo que muchos se proponen pero que muy pocos consiguen, un sello peculiar.
Bien es verdad, y esto es una opinión que he apuntalado con esta exposición, que todas sus grandes aportaciones y el alto nivel de sus obras se evaporaron definitivamente a finales de los años veinte.




El sello personal se transformó en “tampón”, (el dichoso mercado, tan irresistiblemente seductor para algunos, ha inundado el arte de basura de “firma”, véase entre cientos a Dalí, Tapies, Chillida, Barceló…) el dibujo y el tratamiento del color se amaneraron, se vulgarizaron, se banalizaron hasta, en algunas obras, llegar a la simple y barata  cursilería (No niego que en alguna ocasión –recuerdo ahora unos murales para un Museo Judío que vi hace años en Londres- no fuese vuelto a ser tocado por Fortuna). Un mal ejemplo: “Florero delante de la ventana” de 1959, propiedad de la Duquesa de Alba y ¡olé!, (un año por otra parte magnifico y no solo por la victoria de los revolucionarios cubanos) es un cuadro sin dibujo, sin color, sin composición, con todos sus elementos desubicados, mal ensamblados; donde antes existía una delirante orgía de colores, ahora, (y no se trata de cuáles y cuántos) hay una muy formal y aburrida reunión; en resumen: un “mal pastiche” del otrora joven y genial Chagall.

Hay una anécdota que puede ser ilustrativa, no hace mucho reseñábamos en “escomberoides” el cuadro de Picasso “La acróbata de la bola” y cómo estas obras del periodo rosa eran fruto de ciertas  “circunstancias”. Las familias circenses montaban sus carpas a las afueras de París, en los suburbios, en Montmartre.  Allí vivían y trabajaban los más menesterosos pintores, allí coincidían. Allí unos pintaban y otros ensayaban y, por qué no, a ratos posaban. Allí convivían. Y aquello dio sus frutos. Pues bien, el negociante Vollard resulta que tiene, no va a tener, un palco fijo en el Circo de Invierno (veinte años después) y allí invita al ya declinante (artísticamente hablando) Chagall a llevar, al papel de calidad, y en edición de lujo numerada, el “espíritu y la magia” del fabuloso mundo del circo. Y claro, luego llega lo que llega: algo sin asomo de vida, inerte, hueco, que ni tiene verdad, ni es una bien elaborada mentira. Una pintura aburrida es obra de una mano hastiada; una pintura floja, endeble, fofa, es obra de una mano desganada; una pintura que apunta hacia ningún misterio, es una pintura deshabitada, pero, para su desgracia, no llega siquiera a ser inhóspita, lo que al menos le daría su aquel. Estamos hablando de obras absolutamente prescindibles, por mucha firma que lleven. Y ahora acabo la tesis, ¿hay demanda de obras de calidad independientemente de la firma? Y por último, ¿hay demanda de obras cuya única justificación sea estar firmadas por “vacas sagradas”? Un hombre de negocios exitoso como Vollard, ¿A quién le encargaría la ilustración de unos libros de lujo en tirada limitada para ganarse unos francos a pachas? me acojo al método socrático y veo la luz, la que genera el mercado del arte, digo. Y sí, el beodo tenía toda la razón, la explicación estaba delante de mis narices, pero me obcecaba en mirar hacia otra parte, hacia un resquicio que creí ver a través del espejismo del “negocio”.
Pero si hay que alabarlo todo, se alaba todo, a tanto el folio tasarán los “expertos” y sumisos amanuenses… Yo prefiero sacudir la basura que enturbia, afea y degrada las grandes obras del gran Chagall. Cristalino.




Por seguir dando un poco más la barrila con el temita de la decadencia de Chagall, podríamos valorar sus grabados al aguafuerte y litografías, de los cuales hay una variada representación en la muestra. Y el catálogo los elogia, los ensalza y los califica de geniales. Pues no, a mi se me antoja otra cosa, seamos serios. Ambroise Vollard era un magnífico hombre de negocios (les recomiendo que lean su librito: “Memorias de un vendedor de cuadros”) y Chagall había sido un magnífico pintor hasta un rato antes, pero, sus ilustraciones para los libros, (Fábulas… Las mil y una…) encargados por el avispado marchante no pasan de regulares tirando a malas, por dar una pincelada elegante. Es evidente que Chagall no domina las técnicas del grabado y desconoce (y no aprovecha) sus “posibilidades” específicas. Su dibujo ha perdido el vigor, sus composiciones son tristes sucedáneos de las de sus viejos cuadros, y del colorido aplicado posteriormente, mejor no hablar. Se dice que por esos años, Picasso se burlaba un poco de él, (dejemos las maldades del “tigre” aparte) supongo que prefería ser antipático y sincero antes que esquivo o indiferente con el penoso rumbo que había tomado la obra de su amigo. Eso pienso.
Ya me imagino que los tipos y tipas que han cobrado por llenar el catálogo de grandilocuentes halagos no van a escribir esto, ni aunque lo piensen, pero yo no tengo que dar explicaciones a nadie, porque nadie me paga, claro, y esta es mi opinión someramente argumentada. Sobre las esculturitas y cerámicas, tres cuarto de lo mismo… dan pena, penita, pena.




Al hilo de esta apreciación se me vienen a la memoria dos listas de artistas: en una figuran los artistas que en su juventud, o en sus primeras obras, lo dieron todo, se vaciaron y en su madurez, por no recogerse a tiempo cuando es evidente que la cosa no da más de sí, rozaron el ridículo de manera patética (¡todo por la pasta!); y la de los que fueron paulatinamente creciendo y enriqueciéndose con sus aciertos y fracasos hasta llegar a  la esencia misma de su arte, al meollo del asunto, a hacer que el arte con mayúsculas suceda ante nosotros. Yo tengo mis nombres por si otro día viene a cuento, mientras tanto, allá cada uno…

La exposición está organizada en comandita por el Thyssen y Caja Madrid, dato superfluo sino fuera porque las obras del Thyssen, donde hay que pagar la entrada, finalizan en los años treinta y todas las posteriores las han colgado en Caja Madrid, de gratis. Al verlas por separado se puede apreciar, creo yo, dónde “sucede” el arte y dónde no ocurre nada reseñable, si acaso, alguna agraciada mirona de cuadros que te levanta y te anima, también la tarde. Bien es verdad que, en parte,  es el peso de  las obras precedentes las que empequeñecen y dejan en muy mal lugar, todo lo que vino después. En fin. Con todo, merece, y mucho, la pena visitar a Chagall. Yo volveré, pero solo al Thyssen, como soy un desempleado, no me cobra la baronesa, de momento.


ELOTRO


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