Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

domingo, 15 de enero de 2012

Viendo entrar y salir los navíos.








Por veces se me pone en el magín escribir alguna cosa que alivie el mientras tanto. De antiguo abundaban los que se buscaban el sustento contando historias inventadas, aunque a veces, bien que las menos, adornadas con alguna punta de verdad, y alternaban de preferencia por las posadas, cafeterías, y chiringuitos del centro.
Y sí, como decía el italiano, la casual lectura de obra maestra o bagatela puede ejercer de mecha o acicate. Los más leídos ya habrán podido apreciar que en esta ocasión el empujón se debe a don Álvaro, el de Mondoñedo. Aciertan, pero acertando en algo no aciertan del todo. No he de dar más pistas, solo que, sí, hay más hilos, no ha de haber, más que hembras avispadas, y el ovillo, el que derrama, viaja en una caja de mantecadas de Astorga. Aunque, no se me precipiten, de los “Panero”, en este pasatiempo, ni mentar. El juego, como cotejaran,  es de más bulto que peso, liviano lo marcan. Le doy, con permiso, el último tiento a la jarra. Y ya metidos en obras, y vuestras mercedes en gastos, no se puede ir a la caridad y menos en estos tiempos, es hora que asome el cuento. En un amén, lo doy por acicalado. No hay tal mérito, es mi tráfico de cada día





Se atribuye el relato, los derechos de progenitor, a un viejo e insolente loro, por lo demás,  sospechoso de herejía. Cuenta de un caballerete, espigado, de hombros apretados y resbalosos, tez rosada, el culo sumido, rubicundo, muy cortés y afecto al aguardiente de Portomarín. La verdad sea dicha, el rufián se daba aires de señorío con la gente de escaleras de abajo, como si el no fuese paje a soldada temporal o por obra o vía ETT. Faceta tal que daba en  restarle popularidad entre amplios sectores del personal subalterno. Circunstancia esta, además, que todos sabemos tarde o temprano termina por estorbar cualesquiera de nuestros empeños. El caso es que el malandrín valiéndose de mañas atravesadas y cierta habilidad en la versificación de lastimeros amoríos, supo conquistar el descocado pensamiento de la señora de la casa, que a partir de entonces no sosegaba. De cuando en veces, la señora reclamaba, con mucho mando, los servicios del bribón, recalcando que acudiera presto y sin compaña al interior de  sus aposentos. Tal coincidía, invariablemente, con el horario de las ausencias del amo. Repitiéronse a intervalos cada vez más cortos y con más dilatados tiempos. Las apreturas horarias acabaron por solapar las visitas del tunante con las escasas estancias caseras del amo, que, quizá picado por la curiosa y reiterada presencia  del paje en los aledaños del catre matrimonial, quiso saber de tan misteriosa circunstancia.
No tardó en crecer el resquemor tras la primera encuesta, a pié de cocina. Pertrechado de su habitual torpeza trató de sonsacar a la servidumbre señas del paje y sus cometidos en la casa. Claro que la mayoría de la servicial tropa, a disgusto con el petulante, corregía el desvarío   de la pregunta con el encarrilar de la respuesta: “Desconocemos, señor, cualquier cometido del paje en la casa, salvo lo que pueda o deba en la alcoba de la suya dama, donde fuera de alcance a nuestros sentidos, pasa todo su tiempo”.





Quizá fuese que la tal noticia, transformase al manso y boberas amo, en una airado  marido que se sospecha cornudo y, como de común, último en averiguar el origen del sobrepeso. Se planta frente al espejo y se pasma contemplando la triste figura del no avisado, del cornúpeto estupefacto que da en no creer posible el reflejo que vive en todos los ojos chisposos y chismosos del séquito que le observa. Más que la procesión que inadvertidamente le arrolla, le duele su cándida ceguera. A ella siempre dijo sí a todo. Siempre la vio mansita, dulce, inocente, sincera, recatada, sumisa. Se ponía colorada por nada. Por así decir no era un bellezón, pero parecía limpia y de buen conformar. Nada más conocerla se dijo que  la había de enamorar y llevarla a casorio. Así fue.






Puestos los anteojos que ahora a todas horas precisaba y  dado el cariz que tomaban los acontecimientos, convenía que se hiciesen perentorias pesquisas. Pareciole que se había pasado un poco de confianzudo. En caso de confirmación del engaño, se dijo, a la pareja de infames correspondería el pago que aguarda a los fanáticos del ilegítimo fornicio. Se sentía como esos  viejos que se casan con moza, y que aún no sale la pareja de la iglesia y ya están inventando, ¿inventando?, cuernos las imaginaciones  sospechantes. ¿Trocaron en puterías  las delicadezas y melindres de la señora? ¿Se enamoró en un repente traicionero de aquel granuja? ¿Qué arteras armas usó el perillán con la maliciosa intención de embeberla y perderla? ¿El amor con el que siempre la gratificó, no era impedimento de marrullero engaño? En vez de ir a soltar la cometa o jugar a las ranas, con su dama de compañía, ¿pasaba las horas libres viendo entrar y salir los navíos, ¡Oh!, y chupando palitos de canela, ¡Oh!?
No me vienen ahora ganas de seguir planteando dolorosas interrogantes, se dijo, y recordó además que de mozo él también desenvainaba fácil, que andaba levantando las faldas y traía amores con señoras a excuso de sus maridos y supo también que el amor no se paraba en preñadas. Decidió entonces, como  punto final y principal de esta acontecida, fijar la vista en el reloj de arena, a la manera de los más letrados, que  se distraen mirando el hilillo que va de vaso a vaso, perdiendo el de su triste discurso, el del inapelable ocaso de sus días.



ELOTRO  (Cunqueiro)


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