Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 11 de enero de 2012

Una memoria, la mía, poco dada a olvidarse…







Me cuenta que cuando tenía unos seis o siete años (1936-1937) en los albores del día, su madre, doña Carmen, la tomaba de la mano y todos los días le repetía las mismas normas: “No te sueltes de la mano, no hables con nadie y cuando lleguemos no mires hacia las tapias”. Las tapias eran las del antiguo campo de futbol del Sevilla. Allí arrojaban los criminales fascistas los cuerpos de las víctimas que habían fusilado la noche anterior. Allí acudían las mujeres que no sabían del paradero de sus padres, maridos o hermanos. Hace más de setenta años de aquello y es la primera vez que lo cuenta. Ella, era una niña, no supo hasta mucho más tarde el porqué de aquellas visitas madrugadores a las tapias. Su madre nunca se lo dijo. Los paseos acabaron el día que hubo noticias de su padre. Estaba vivo, en la cárcel. De esas cosas no se habla, y menos a los niños, era la regla de doña Carmen, su madre.






Resulta que a los nueve años, ella andaba por la calle Sierpes (o de las Sierpes) vendiendo pipas de girasol, con un cesto al brazo y un cubilete para servir y medir el contenido de los cartuchitos de papel. “A perra gorda el cartuchito”, “Yo era mu echá p’alante”, cuenta,”y como era la mayor y la cosa estaba tan mal, pues mi abuela, la que luego se fue a la Argentina,  me mandaba a vender las pipas al centro de Sevilla, mientras ella fregaba en casa de una señora de mucho dinero, la mujer de un militar de Franco”. “Pero, y aunque a mí no me daba vergüenza, cuando veía a alguien conocido, del barrio, me escondía y me hacía la despistá” y continúa, “claro que de poco me servía, porque con los dientes salíos que he tenido siempre me reconocía hasta el gato.” También vendía, (en aquella época de escasez y estraperlo estaba prohibido) por las casas granos de café y trozos de jabón. “Una vez tenía ya vendido un trozo de jabón a una señora muy amable, pero, cuando iba a pagarme, salió del interior de la casa su marido y me cogió por el brazo, el tío, con cara de muy malaleche, era un guardia con uniforme y todo. Le dijo a su mujer que tendría que denunciar a la niña. Ella le dijo que de eso nada. Que si la criatura estaba en la calle vendiendo sería por pura necesidad. En cuanto el guardia aflojó, me solté de un tirón y le arrebaté a la señora el trozo de jabón, que todavía no me había pagado, y salí como un rayo corriendo calle abajo, nerviosita y muerta de miedo. Había días que no vendía nada, otros algo y algunos bastante. El día que mejor se me dio, me acuerdo que volvía tan contenta para mi casa, y, en el camino me encontré a unas chiquillas amigas mías, y claro, me entretuve y estuvimos jugando un rato, un rato largo. Lo que les pasa a los niños, que se les va el santo al cielo. Llegué tarde a mi casa, mi madre había estado muy preocupada por mi retraso y me recibió de malas. Cuando quise darle el dinero de la venta, no lo tenía, lo había perdido. Lo que lloré ese día no te lo puedes imaginar. Y la tunda que me dio fue de campeonato. Era una chiquilla y pasábamos mucha necesidad. Mi madre, la pobre, no hacía más que trabajar a todas horas y luchar todo lo que podía para sacar a sus cinco hijos adelante, y yo, con nueve años,  era la mayor. Cuántas fatiguitas, hijo.”

ELOTRO

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2 comentarios:

  1. Me ha parecido un relato precioso. Claro en la expresión, pero escondiendo otros relatos que tiene que fabricar el lector.

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  2. María, gracias por el comentario. El relato es literal, tal y como salió de labios de su protagonista, pero es cierto que, aun siendo “una historia particular”, abriga en su interior “una historia universal” que “casi” cada lector podrá reconocer.

    Un saludo

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