martes, 3 de enero de 2012

Sobre la importancia de las cosas que no tienen importancia.






Y desde aquí mismito comienzan a aflorar las dudas y los interrogantes. ¿Estamos hablando de la importancia de las “cosas” que no tienen importancia para ti, para mí o para el vecino del quinto? O de las cosas que no tienen importancia “per se”, es decir según un criterio más o menos objetivo que se profería, indiscriminadamente, en tiempos de “paquito el chocolatero”.
¿Conviene que consensuemos una lista de cosas sin importancia que sin embargo tienen su importancia o lo hacemos a la buena de dios? ¿Si lo hacemos a la buena de dios, encontraremos algo que ÉL haya creado que “no tenga importancia”? ¿Y qué dirá Rouco? Y si así fuere, ¿estaríamos cometiendo un pecado “sin” importancia o, por el contrario, su perdón requeriría algo más que unas someras y cansinas avemarías? ¿La importancia de las cosas, tiene caducidad? Quiero aclarar si nos debemos limitar a las “cosas” sin importancia que tienen su importancia de nuestra época o podemos abarcar cosas de cuando existía la lucha de clases… 





No se trata, sinceramente, de provocar quebraderos de cabeza a nadie, pero, por ejemplo Teruel, y no estoy de coña, es una ciudad, aunque abunden voces que dudan de su existencia real, que para la mayoría de los españoles es una “cosa” sin importancia, y que no tiene visos de ser importante ni por esas. Ahora bien, los escasos habitantes de la ciudad, en el incierto caso de que exista, ¿la estimarán sin importancia para poder considerar su importancia? ¿O la reputarán como muy importante y por lo tanto fuera de cuestión en este asunto? Y claro, ¿Qué opinión prevalecería, la de la mayoría de los súbditos del reino, aplicando la utilísima ley D’hont  o la de esos improbables habitantes de la dudosa capital de provincia? Ya digo que no busco alambicar aún más la cuestión pero me parece conveniente despejar estas dudas metodológicas antes de entrar en tan grata y prometedora faena.
Todas las noches, antes de contar gallifantes o cortycoles, miro dentro de mí, a ver si por casualidad doy cobijo en mi interior a “cosas” sin importancia para, a continuación, discurrir en concreto sobre la importancia de lo no importante o, sí importante pero no evaluado, mayoritariamente, como tal.





Parece una tontería, total una más, pero el asunto tiene su buena miga. Como no quiero que los de Teruel piensen que la hemos tomado con ellos, cambiemos de “cosa”. “Las clases sociales”, por ejemplo, (¿ya tardaba verdad?) ¿Existen o no existen? Como en casi todo, hay opiniones encontradas. ¿Estamos hablando de explotaciones agrícolas o mineras o de ingeniería financiera? ¿De la explotación de una idea o de una marca, o de unos brazos o unas espaldas o de tu tiempo o de tu salud o de un pozo comunal? Ni de coña, estamos hablando, yo estoy hablando, de la explotación del hombre por el hombre por puro ánimo de lucro del que explota. Ah, pero en ese caso, como en el de Teruel, la opinión mayoritaria en el mundo mundial es que no hay tal. Que hay, se afirma, gente importante que vale, vale mucho, vale un güevo, resumiendo, que posee, entre otras muchas cosas, valía, y por eso y no por otra cosa,  maneja a su antojo y para su beneficio, lo importante, el capital y los medios de producción y distracción, y, por otro lado, hay gente que no es importante, qué le vamos a hacer, aunque tenga su importancia, eso nadie lo discute por que no es importante, que vale para lo único que vale, para poner sus brazos, sus espaldas, su tiempo y su salud al servicio de la gente realmente importante, que posee lo importante y que lo defiende con lo único importante que existe sobre la faz del planeta: la fuerza del poder.
Lo demás, todo es ilusión, decía sabiendo lo que decía, mi admirado Vladimir.

ELOTRO

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