miércoles, 4 de enero de 2012

Hasta que llegue la aurora…









Nada más verla, así de sopetón, y después de tanto tiempo de espera, me causó un no exagerado aunque sí persistente picor en el interior de la bragueta. Se trataría, me pregunto, de ese fenómeno, como tantos otros ya extinto, pero frecuente en la etapa álgida del romanticismo y conocido como "la locura sobrevenida de lo inesperado".
No diré que fuera insufrible pero me urgía, sin demora,  atinar con algún remedio o  consuelo. En ese enervante estado no daba pié con bola. Cinco minutos antes el mundo obedecía mis instrucciones o se comportaba de forma predecible; las cosas estaban en su sitio, todo encajaba con la debida perfección. El mecanismo, aun con sus chirridos, funcionaba. Ahora, aquella plácida armonía se había esfumado a algún lugar recóndito, dejándome en medio de un mar agitado y convulso  y sin corcho. Algo se hospedó dentro de mí y no paraba de armar bulla. ¿Se puede actuar con tino y sensatez bajo los efectos provocados por la presencia inesperada de tal fuerza de la naturaleza? No se puede; ¡qué se va poder! ¿Se complacen en los desarreglos y el desgobierno que provocan en el artefacto?









La invencible atracción que se sufre resulta de una fuerza brutal, irresistible, tiránica. No admite réplica. Tampoco concede el más leve desvío de rumbo o propuesta alternativa de destino. ¿Qué será lo que desprenden cuando atraviesan (y nos atraviesan) el periodo de celo, que termina por dejarnos de esta impresentable guisa? El entuerto no tenía pinta de poder solventarse mediante un tratamiento estrictamente “manual”. Qué corto, para el necesitado,  resulta el tramo que separa la alegría de la pena. ¿Es la incitante cercanía de la golosina la que provoca en los machos cavernícolas, (no, ya sabemos que tú no) la desbocada y ciega carrera hacia un más que improbable deleitoso desahogo? ¿Qué se supone que aguardan de nosotros, condenados al desperdicio del cuerpo, para tener a bien concedernos la ansiada, sí ya sé, com-penetración? Pero, ¿saben qué?, yo, cuando estoy tan encendido, y caigo rehén de la desazón, no puedo pensar. Suena a disculpa manida, vale,  y quizás lo sea, pero así es. Y cuando la puta, y pertinaz, ¡o persistente!, lluvia, apaga mi cirio, no tengo malditas las ganas de oír mis aburridos y alucinados lamentos mezclados con desgarradores gimoteos. En estas mortificantes situaciones ni sé qué preguntar ni qué responder ni, lo que es peor,  dónde hostias hay un angosto recoveco donde esconderme. Y redactarlo, no jodamos,  no alumbra una mierda, ¡ya lo veis!. Escribir sobre semejante trivialidad tampoco debería abochornar, pero lo hace. En fin, ya se escucha el pitorreo generalizado de la grada.  Y, cómo no, recitas: ¡Venid aquí, de uno en uno, cobardes!
Ella ya no está, ¡oh!, (Y esto, cada vez más, atufa como lacrimoso folletón) y el caso es que, gracias a su ausencia, al menos, se acaban las ambigüedades. Y se abre ante mis pies una grieta negra, creo que así se puede expresar, un abismo pavoroso que se traga, sin miramientos y  a velocidad de vértigo,  el lote completo de mis ridículas fantasías…

Sharazad se dio cuenta de
que había llegado la aurora…

La luz se apaga; yo, me apago. Hasta otro picor.

ELOTRO

***

No hay comentarios:

Publicar un comentario