Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 9 de enero de 2012

¡Coño! tenéis cada cosa...







De todos es bien sabido que en lo que atañe a contar cuentos, siempre hubo opiniones discordes en lo que toca a las lindes entre la ficción y la realidad, y siempre habrá porfía en esa tierra de nadie que todos subestiman y por la misma sinrazón apetecen.
Gustaba nuestro fabulista de verter misterio alrededor de sus historias, y si digo que pasmé, aun no digo todo el asombro en que me hallaba tras la escucha de su relato.
Siempre le oí hablar con mucho respeto de la autoridad. Era de fina nobleza, tenía rico aposento y muchos posibles, muy gracioso de maneras, convidador y limosnero. Tenía un decir jocoso y retorneado, como discípulo de la elocuencia antigua. También se cuenta, aunque para esta fábrica no venga a cuento, o sí, que era porfiador y avaro en el trato mercantil.
Sabido es que no es cosa de pasar por escribano todo lo que espejea. Pero la presente historia posee en verdad más que brillo y apariencia. Por sí o por no el cronista, presto y cortés, nos mete en faena sin prólogo.
Nos habla de la gentil doncella, joven viuda, solamente vestida, apunta, de su rubor. Ante despliegue tal de belleza, afirma, desnuda del todo y todo lo lindo a la vista, no había comparación que valga. De su cuerpo flaco, vaso de la confiada juventud, emanaban perfumes balsámicos como caricias, detectables por cualquier olfato sutil y venteador, que envolvía y ganaba con incondicionalidad  para cualquiera causa que fuere de su santo capricho, el de la damisela, se refiere. Ante su presencia se amustiaban sin excepción las demás mujeres.





Iba algo fatigado del mundanal ruido, y triste y dubitante, un ya no tan joven señor extranjero, de paso por aquellas tierras. Acompañado de grande séquito, hizo la comitiva parada en la gran posada, llamada “Guevara”, en honor a cierto cronista que alabó la gracia de algunas alegres damas que regalaron, mediante su caritativo oficio, fama a la villa.
No tardó en llegar a oídos de la dulce y jovencísima  viuda la llegada del cortejo forastero y del atractivo, aunque atribulado, señor. Saberlo y convidarlo a su palacio fue todo uno. Mandó urgente recado con súplica de contestación. Puesto en “ilustrados y picantes” antecedentes el “caballero extranjero” por parte de lacayos y sirvientes nativos, desde la misma posada respondió en tono afable la encomienda: Pues vuestra señoría manda, yo, gustoso, me conformo.
Baste decir que la invitación de la gentil dama obró, al punto, el milagro de disipar los nubarrones que acosaban y ensombrecían los pensamientos del afligido señor. Y no es de menos mérito que sus labios de nuevo dibujasen un principio de sonrisa. Nada de esto pasó desapercibido a su fiel ayudante, tipo alto y delgado, y con barba que le llegaba hasta la cintura, que, aunque feliz de ver a su señor principiar en la salida del pozo de la desolación, prefería, conociendo las costumbres inveteradas de su amo,  un ritmo de recuperación más pausado. Entre caída y caída, procurar más amplio tramo. Qué menos, se decía,  para poder expulsar en regla, a base de insultos y patadas en la boca, los demonios del cuerpo de su señor.
Era archisabido que el destino del enamoradizo caballero siempre coloreaba con el acierto de perseguir a la dama equivocada. Esta redundante suerte en la querencia, vaciaba de misterio la coronación, que no la escalada, de las sucesivas aventuras amorosas. Las alegrías de las etapas de conquista acababan sepultadas bajo los polvorientos escombros de la inevitable caída en Meta. Y claro que él lo sabía, no iba a saberlo, pero, es bien cierto y repetido que  cuando, y fueron muchas las veces, se le interrogaba de por qué a sabiendas se internaba en los jardines de la decepción, retrucaba: ¡Coño! tenéis cada cosa,  ¿Queréis que le corrija la plana a Dios?

ELOTRO  (Cunqueiro)


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