Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 23 de enero de 2012

¿Botas o sandalias?









Levanté la vista y tropecé con su mirada. Tenía los ojos clavados en mí. Como cada lunes estoy en mi mesa del café situada junto al ventanal. Había levantado  la cabeza, como tantas veces,  para fijar y descansar la mirada en algún punto neutro. Trataba de poner algún orden en los apuntes que había tomado de las últimas lecturas y también de algunas ideas sueltas que se me van ocurriendo en los momentos y lugares más insospechados. Es jovencita, tiene el cabello castaño oscuro, casi negro, y largo y liso, me resulta atractiva, los ojos oscuros, no puedo distinguir el color. O no lleva maquillaje o es muy discreto. Sobre el mármol de la mesa, además del móvil, tiene un libro abierto con las cubiertas forradas. El choque con su mirada me ha sacado del ensimismamiento en el  que me encontraba. A partir de ese momento y de forma maquinal me he puesto a garabatear estos apuntes, sin pensarlo y sin pensarlos.




Ahora me vienen a la memoria gran cantidad de  obras que se han tejido a partir de encuentros accidentales o visiones pasajeras o  roces casuales. “Enamorarse”, con Robert de Niro y Meryl Streep, en el tren o en la librería “Rizzoli” de Manhattan. Menudo recurso este, lo mismo vale para gente que ni se conocía y que no se vuelve a ver, que para aquellos que hace años que no se ven o… en fin, que es un estupendo comodín. Se me viene a la memoria la película de Eric Rohmer, “Mi noche con Maud”, varios encuentros casuales con rubias y morenas y un amigo del colegio. Y no digamos la abusiva utilización del “truco” por Woody Allen. Y “Breve encuentro” de David Lean. Pero esto que estoy viviendo en estos momentos se parece más al “encuentro” que nos relataba  Hemingway en un café “no famoso” de París, donde precisamente se refugiaba de los conocidos para poder  trabajar, con una desconocida morena que ocupaba una mesa vecina y que le dejó impactado no recuerdo bien si por su belleza, su mirada triste o su soledad y, claro, le inspiró una historia, quizás un cuento... lo contó en su, para mí, magnifico libro, “Paris era una fiesta”.
Como no la vi llegar, no puedo calcular bien si es alta o baja. Observo que lleva botas negras con medio taconcito. Tiene toda la pinta de ser delgada, flaca, debajo de la ropa, pero parece, por como rellena su camisa de “rojo garibaldiano”, de tetas voluminosas. Está tomando o ha tomado una infusión. En la película antes citada de Rohmer, la rubia, decía que los sobrecitos requerían, para su gusto, siete minutos, y recuerdo que Clara, la señora “escritora y profe”, la del “ratoncito”, exigía tres. En fin, mujeres. Lo más parecido al paraíso que conocerás en la tierra, decía “el ligón” de Camus, y lo más parecido al infierno, habría que añadir por parte de los que no nos jalamos un “saci”.





Todo ha ocurrido muy rápido y además me he perdido su llegada porque, como ya he dicho, estaba en Babia. Por lo mismo no he podido oír su voz cuando haya llamado, supongo, la atención del camarero para pedir su consumición. La voz, ya se sabe, es un atributo fundamental. Tanto en ellas como en ellos. Acordaos de la catástrofe que provocó el “sonoro” en los actores del cine mudo. Por cierto en “Cantando bajo la lluvia”, además de lo del cine mudo,  también recuerdo encuentros casuales. Hay mujeres que pierden su atractivo, al menos para mí, en cuanto hablan. Por muy buenorras que estén. Y no estoy refiriéndome al temita del contenido de la charleta, no. Eso, mira tú,  lo puedo sobrellevar en casos justificados; pero el timbre, la entonación y la tonalidad cazallera-camionera, es algo que, junto con la gestualidad ostensiblemente “machorra”, me resultan absolutamente insoportables. ¡Que tienes vulva, cojones!
Para lo que tratamos ahora es mejor especular con las apariencias, y hacerlo de acuerdo a las necesidades del “guión”, que si no lo hay, ya llegará. Que interesa que el libro que tiene sobre la mesa del café esté forrado impidiendo cualquier mínima posibilidad de identificación, pues se forra. Que en vez de botas con taconcito lleva sandalias y exhibe las uñas sin cuidar y alguna que otra dureza, pues eso. Se cierran algunas vías y se abren muchas otras, se sacan a la luz o se dejan en la penumbra, según se te antoje que para eso eres el autor, o como dicen ahora: el puto amo.






Se trata de desarrollar hipótesis: la A, la B, la C, las que hagan falta, y a continuación elegir las combinaciones más adecuadas, jugando con los tiempos y las cronologías, según tu punto de sentido y significado. Eso pienso, sin pretensión de sentar cátedra,  que es la literatura: observar la realidad del mundo que te rodea, imaginarla y contarla, con lo que se calla y lo que se ignora, y así organizar el tinglado, en definitiva otro puñado de laberintos dispares sembrados de párrafos inconexos estibados al buen tuntún, y poniendo por en medio tu ángulo de visión, tus cristales de colores, tu manera de valorar e interpretar, tus intereses, tus talentos cargados de tus carencias, tus necesidades. La literatura te permite, en los límites de su territorio, desmantelar un trozo de vida, de esa vida que no estimas, y rehacerla, sobre el papel, según tu personal criterio o desvarío. Eso y pasar el rato, que no es poco.

¿Se levantó y se fue?… al final, se ha ido como llegó, y ésta, fíjate tú,  era una hipótesis no contemplada (hasta este momento). Cuando por fin decido mirarla de nuevo, su mesa está vacía. No está, se ha escabullido, no sé siquiera si ella me habría vuelto a mirar antes de abandonar el escenario, si habría llevado a cabo algún gesto de aviso para sacarme de mi profundo estado de retraimiento en el que paladeaba lentamente  mis  pueriles elucubraciones. Desde hace un rato no puedo dejar de mirar el “collage incompleto” formado por la que fue su mesa, su silla, y la taza de la infusión, que, ay, rozó sus sensuales labios, sobre el platillo ocupado con los exhaustos restos de los sobrecitos, estrujados a conciencia. Y veo con claridad su ausencia y sobre todo la de las sensaciones que había provocado en mí, y siento una profunda decepción. Y me sumerjo, una vez más,  en un desolador estado de estupor mental. Todo como la vida misma; no observada ni narrada, vivida a pelo.

Algo parecido a la más calcinante aridez crecía e inundaba mi interior amenazando con asfixiarme. Busqué entonces un punto de fuga a través del ventanal… para mi pasmo ahí estaba la cabrona, (por cierto, es más alta que la media) a un metro escaso de distancia, fumándose un truji  al otro lado del cristal…y me miraba… y me sonreía. Y, claro, yo…


(Pero no puedo anticiparme, ya si eso les cuento…)


ELOTRO




***

2 comentarios:

  1. La tentación de proseguir la historia -desde la imperativa llamada de los puntos suspensivos- es muy grande, pero el personaje literario, narrador de este relato, me ha llevado a “desmenuzarle”. ¿Por qué?. La historia está muy bien contada, tan bien contada que puede pasar desapercibida la naturaleza del “observador del café”. Muy bien la frase “me he puesto a garabatear estos apuntes, sin pensarlo y sin pensarlos”, porque es “sin pensar” el motivo por el que descubre su naturaleza.
    A lo mejor tiene que ver el “no jalarse un Saci” con ese rezumar de mujer-objeto. Vale que admita la posibilidad de que no le guste la voz, eso entra en el campo de lo que nos atrae, pero la exclamación: “¡Qué tienes vulva, cojones!” es un reproche, y a nadie se le puede reprochar lo que no tiene posibilidad de corregir….o simplemente no quiere corregirlo porque la modalidad mujer-gheisa resulta hoy anacrónica. Y el llamarla “cabrona” también es significativo. El diccionario nos dice que un cabrón es el macho de la cabra, y en este caso no procede. También nos dice que coloquialmente se puede aplicar al marido cornudo (tampoco procede) o a una persona que hace malas pasadas o resulta molesta. ¿Le ha jugado la desconocida malas pasadas? ¿Le resulta molesta?. Aquí entraría la psicología. Y desde mi posición de mujer le diría: “Muchachito, vuélvete a Babia, a ver si la contemplación de sus montañas te ayuda a comprender que una mujer no es un adorno, ni un objeto. ¿O tú te pintas las uñas y te quitas las durezas en los pies?”.
    Y resumo porque este comentario se está haciendo demasiado largo: El relato me ha gustado mucho por lo que dice, por lo que no dice y por como lo dice

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  2. María me alegra que haya caído usted en los brazos de la tentación, siguiendo el consejo de Oscar, y tire del hilo del relato aunque sea para machacar al “muchachito” narrador. Yo no puedo, ahora, desdoblarme y ponerme en la piel del narrador. Y mucho menos salir en su defensa, que ni la necesita ni viene a cuento. Recuerdo que el “leitmotiv” del relato fue “el encuentro casual”. Y lo que pueda dar de sí, en la realidad o en la imaginación. Recuerdo que me venía bien para tirarme el moco sobre los libros que leo, las películas que leo y todo lo que leo…¡pueril que es uno!
    Recuerdo que la foto que había tomado de una desconocida leyendo en un café, también fue un factor a favor. Recuerdo que en la estructura del relato (me sonroja escribir algo tan pedante) la desconocida no tenía un papel importante, era solo una coartada para “justificar” las divagaciones del “muchachito” con ínfulas de escritor. De ahí que la participación de la desconocida lectora sea como “objeto” y no como “mujer” con todos los atributos de un personaje, no digamos ya de todo el género femenino, en una historia por mínima o ridícula que ésta sea. Ella no solo “no tiene voz”, sino que como de cualquier “objeto” solo nos llega, a los lectores, alguna somera descripción “subjetiva” del narrador. Se ve que de su probable vida interior, el chaval no tenía datos. Viste una camisa roja “garibaldiana” (estaba leyendo la última de U. Eco) y todo hace sospechar que tiene las tetas grandes. El asunto de que el narrador elucubre sobre la variante de las mujeres machorras no me parece discutible, él se lo pierde y punto. Cuando habla de pintura de uñas y durezas no creo yo que esté juzgando a todo el sexo débil sino alertando sobre las posibilidades o variantes que el “autor-dios-puto amo” puede implementar en su relato según le convenga. Sobre la locución “cabrona” y la definición de los académicos…


    Un saludo, María.

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