Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 31 de enero de 2012

Bordeando círculos, desatando nudos…






Dicen: “La mayoría vamos por la vida dejando cabos sueltos”. ¿Consciente o inconscientemente? A veces porque desistimos en mitad de la tarea, ya fuese esta crucial o intrascendente. Y la abandonamos, a pesar de que a todas luces, (las de algunos) se nos muestra  obscenamente inacabada, precaria, sin rematar. Y, aún así, impelidos por una fuerza cuyo origen solemos desconocer, la damos, en lo que nos incumbe, por “mal” concluida, y la dejamos a medias. En ocasiones “algo” nos empuja imperceptiblemente, pero poderosamente,  al abandono, a la renuncia. Aquello dejó de arrebatarnos. Y ya solo nos provoca una especie de desagradable hastío. En otras, es evidente que nos desentendemos sin más.





Se dan casos en los que es posible que una cierta ceguera, más o menos deliberada, nos haya llevado a una situación sustancialmente distinta de la que anhelábamos y creíamos vislumbrar. ¿Error de lectura cartográfica? Pues no era para tanto, terminamos por afirmar decepcionados. La desgana y la inapetencia encuentran así el terreno abonado. El desencanto puede ser sin duda una de las razones para la renuncia, a medio camino, de la tarea. Más difícil resulta que explique, por sí solo, el inmediato comienzo de otra, o del abordaje de una nueva nave, antes del definitivo puntapié a la pretérita. Dicho esto sin intención de despreciar el tirón de nuestra ancestral naturaleza anfibia. No parece que voluntariamente dejemos a nuestras espaldas cabos sueltos, naves a la deriva, para a continuación dirigir nuestros pasos inmediatamente a anudar otros. Ocurre además que no siempre existe o se persigue  un “algo” que sustituya o llene el hueco del “algo” anterior. ¿O acaso están anillados todos los cabos, sueltos o atados, del circuito?






Situemos ahora nuestro punto de vista en otras atalayas. En cierta medida un nudo atado, lo digo por su vecindad “estructural” con el cabo suelto,  no deja de ser, también, una mera “derivación” de aquel y además equipado con marcha atrás o, también suele llamarse, inversión de sentido. En tal caso podríamos negar, con todo el énfasis que se quiera, que un cabo suelto sea impepinablemente un acto fallido, o algo “lamentablemente” inacabado. Más bien se me ocurre que podría ser, abriendo la profundidad de campo, una “obra abierta”. Qué bobo mecanicismo, inquiero, nos lleva a pensar que un cabo suelto necesita o reclama necesariamente “nuestro” anudar. Cuantas más vueltas le doy, más estúpida me parece la militancia ferviente en el “acabamiento”, en el “remate”, en la “finalización”. Díganme, ¿dónde termina la línea que traza la circunferencia? ¿Pueden decirme cómo situar la síntesis antes de la tesis? Obviamente ciertas vidas podrían consistir, estoy atando cabos de ciego, en un trayecto circular (imaginario o real, qué mas da) en el que no se hace otra cosa que anudar y desanudar arbitrariamente y  donde los nudos (mudables o no) no cumplen más papel que el de  “mojones”, (una gran constelación de nudos)  del itinerario, y que se afana en interpelar a los caminantes al principio o al final de cada cruce, cuesta, bucle o rodeo de la ruta, en la ida o en la vuelta y hasta en las horas de siesta.






En el anudar y desanudar cabos se sustenta el peculiar “viajar sin desplazarse”, fiel a sus anclajes, del nudo de uso corriente, entidad precaria donde las haya. Los cabos son retocables, moldeables, dúctiles y se transforman por asociación. Cada cabo contiene su memoria que en su caso comparte en el nudo, en el entramado, cambiante, compuesto de nudos y cabos sueltos que cubren los accidentes del veleidoso recorrido. Los arrepentimientos y los retrocesos y los destrozos que provocan y los fragmentos que se esparcen por la calzada, desmienten que el camino consista en  un inocente paseo. Los otrora cabos sueltos constituyeron los nudos que a posteriori reaparecieron de nuevo como “otros” cabos sueltos. Unos cambios intensos que repercuten a su vez en la orografía de la senda y que no pueden pasar desapercibidos en las castigadas plantas de los pies de los, siempre renovados, viajeros.

¿Se cansa uno de atar cabos o de atar ciertos cabos?
¿Hay cabos de más?
Hay nudos sin salida.
¿Alguien viene por detrás desanudando?
¿Hay nudos subterráneos?
A mitad de trayecto un inesperado desvío nos seduce con sus metáforas, y nos dejamos arrastrar  hacia su violento empedrado.
¿Abandonar la rueda?
¿Emprender el vuelo?
Cuánta cobardía. Cuánta desazón.
En esas estamos.
¿O soy un caso particular?


ELOTRO




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