Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 30 de diciembre de 2011

La tipografía según Garamond











(Un retazo)
(…)
Para “desactivar” una información peligrosa, en otras palabras, que “no interesa”, no es necesario ni conveniente montar el numerito de censurarla y quitarla de la circulación, afirmaba el profesor Garamond. Ya no, esos fueron métodos, muy eficaces por cierto, del pasado remoto, bueno, quizá no tan remoto, pero hoy, y por lo menos hasta que nos agenciemos el control de la red al cien por cien, son usos que resultan contraproducentes para la imagen democrática del “sistema”.
Ahora, en la era de la sobredosis de desinformación, basta con vomitar sobre esas incómodas excrecencias (así llamó el conferenciante a las informaciones consideradas antisistema), doscientas mil noticias que “sí interesan”. En realidad, hoy por hoy y desde el invento de la escritura, no hay límite en nuestra capacidad de interferir en los resortes que generan la llamada “información”. ¿Acaso no reclaman lastimeramente “información completa sobre todo”?, pues nada de tacañería, además, atender sus reclamaciones es algo que les descoloca, sin dilación conviene que se la proporcionemos, hay que cebarlos, dejarlos satisfechos, embotarlos. Y eso sí, “las raciones deben estar cuidadosamente precocinadas”, y luego, con la apropiada sutileza,   se la debemos hacer tragar, como antaño el aceite de ricino, ¡qué tiempos!, pero sin innecesarias y antiestéticas demostraciones de fuerza bruta. Y es conveniente que “los comensales” no se huelan “la indigesta plasta” hasta que la hayan engullido completamente. Será entonces cuando comiencen a notar cómo, irremisiblemente, la sinuosa topografía de sus cerebros comienzan a sufrir desperfectos, averías, colapsos y daños irreversibles  en el tejido neuronal de ambos hemisferios. Tras el síncope, el atasco será absoluto en cada uno de los pliegues de  las áreas sensoriales. El proceso de percepción, procesamiento de la información y la consiguiente “toma” de decisiones se harán “impensables”, en el interior de sus estupefactas molleras. Un gran caos y  la más absoluta confusión, propiciada por la desmesurada ingestión de datos, se impondrá entre los otrora exigentes  y pendencieros reclamadores.






Todavía, y a pesar de nuestro proceder o precisamente por ello, no lo duden, los más “mentalmente estreñidos” de entre ellos, nos lo agradecerán y premiaran el día, cuando toque, del voto.
-¡Cuánto trabajo, gensanta, nos da el cuidado de estos memos!, exclamó Garamond como colofón a su docta charleta.
Por cierto, que nuestro ilustre ensayista había titulado la brillante perorata: “La tipografía es el único mensaje legible en las paredes del retrete”. A modo de guiño hiriente a los revoltosos grafiteros, comentan.

ELOTRO

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Otrerías

jueves, 29 de diciembre de 2011

Un juego, de pelotas.






Título de la obra: Una de catorce.
Autor: Imagínatelo.
Interpretación: A cargo de un lector más enfermo que imaginario.


1. La obra de autor no pertenece, ya quisieran, a los que la imaginarán.

2. La imaginación de un autor, alternativamente penosa y lamentable, no pertenece al amanuense de turno.

3. La imaginación de un autor no pertenece a su obra edita. Se vuelca, allí donde lo tropieza, sobre el lector iletrado.

4. La imaginación de una obra no pertenece al autor que la interpreta. Aunque sí la personifica, en las campañas de promoción, a su leal saber y entender.

5. La interpretación no pertenece a la obra, aunque claro está, influyó profundamente en su forma, que, por otra parte, no transige con nada real o imaginario.

6. El autor no pertenece, ni aunque lo pretenda, a la obra. Él se debe a una disparatada tradición que no se parece a la de ningún otro artista, muerto o ya difunto se entiende.

7. La obra no se pertenece fuera de la imaginación, puesto que no se entiende a sí misma. Aunque tampoco quiero exagerar.

8. La obra no cabe en el autor que la imagina lo mejor de lo mejor. Su imaginativa interpretación resultará ser más basta que vasta.

9. El autor, también en su imaginación, sospecha de lo que encierra la obra entre sus cubiertas de piel. Es algo que se ve a la legua y se puede aplicar, en su caso, a cualquier lengua.

10. La pertenencia “real”, a la obra, impide su interpretación con propiedad.

11. La obra no puede interpretarse desde su impropia imaginación. ¿Me interpretas o me empobreces? ¿Es por eso que en mí te guareces?

12. La imaginación no conoce, en la realidad, la interpretación del lector. Aunque le sentaría la mar de bien.

13. La interpretación no se deja encandilar por la imaginación inédita. Y yo la entiendo.

14. La obra defrauda, aunque de forma esporádica,  la interpretación que se aloja en la imaginación del autor.


ELOTRO

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Otrerías

miércoles, 28 de diciembre de 2011

No seamos maximalistas...





El premio Nobel, hoy por hoy, lo descarto. Hay que ser realistas, no parece que me estuviera destinado, hay que saber perder. Además no debo entrar en lastimeros dimes y diretes sobre ciertas zancadillas, cuchilladas, trampas, celadas y ciertos oscuros porqués. No es mi estilo entablar batallas que no pueda ganar o al menos rebañar algo. Y, a qué negarlo,  tengo otra razón de peso: me han hecho saber que si abro el pico sanseacabó. ¿Por qué, podría preguntar en voz baja, es tan importante que yo calle? No es que conozca secretos de estado, pero, claro, ciertas “revelaciones” podrían dar que pensar a más de uno del otro bando. Pero, seamos sensatos, si tu único enchufe con la “teta del estado” te dice que son lentejas o nada. Pues lentejitas y no se hable más, jefe. Ahora bien, no seamos maximalistas, el Nobel o el marquesado, no lo son todo en esta dura vida de genio infravalorado de la literatura. Sin ir más lejos, llegar a ser un escritor conocidillo con su pequeño círculo de admirador@s y que de vez en cuando incluso folla, ¡sin pagar!, con algun@s. Y que vive  hastiado (frente a la galería) de tanta comparecencia pública, y de la asistencia a cócteles de garrafón y canapiés, y de disfrutar de las generosas regalías y dietas de las universidades de verano y ayuntamientos de las cuatro estaciones; de figurar, poniendo el consabido cazo, en jurados provincianos y de impartir conferencias o charletas y participar en mesas redondas (que las muy díscolas nunca lo son) entre otras sinecuras y canonjías…eso, y sobre todo, y no es por presumir, a la vista y el peso de  la estulta competencia, ¡francamente!,  ¡francamente!,  ¡francamente!,  lo veo al alcance de mi culo, digo de mi boca, digo de mi pluma.

ELOTRO

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lunes, 26 de diciembre de 2011

La gente de orden me tilda de revoltoso. (Párrafos de un “Manual de estilo”)








(He transcrito los siguientes  párrafos de un “Manual” que he recibido por correo electrónico. Es posible que alguien haya cometido un ¿error imperdonable? al incluir mi dirección en su lista de contactos. Como soy tan hábil con las herramientas informáticas no he podido contactar con el desconocido remitente. También es posible, esto lo he conjeturado después, que deliberadamente se me haya hecho llegar este “documento” para provocar su difusión por un tercero ajeno a la “organización”. Claro que también es posible que solo se trate de la estúpida broma de algún chiflado sin nada mejor que hacer, y que tanto abundan en la red.
En cualquier caso prefiero ser blanco de burlas y chanzas “culturetas”, que ser calificado de fullero. Cuando conozcan el contenido de esas notas comprenderán por qué no puedo arriesgarme a ser tomado por un vulgar timador que llega a falsear los hechos por motivo tan nimio como evitar unas pueriles burlas de cuatro “enteradillos”. Lo que leerán a continuación no es solo asunto de risa, ya me gustaría. He de reconocer que va para quince días, desde que tuve el “encontronazo”, que no concilio el sueño como solía. Por otra parte y para evitar más que posibles y penosas “responsabilidades penales” he suprimido nombres, direcciones y fechas, que podrían ser tomadas como ingerencias ilegales en la vida privada de ciertas personas muy conocidas, y sobre todo muy poderosas de nuestro país. Aún así creo que estoy arriesgando en demasía, pero, ¿qué hacer?, me pregunté después del infausto hallazgo, parafraseando a mi estimado Vladimir. Si para una vez que tiene uno la oportunidad de hacer algo épico, ¿nos vamos a comportar como si fuésemos gente maja, de buen corazón, caritativa, comprometida con las causas mediáticas y solidaria”de la muerte”?, pues no, la verdad.
En fin, que, como suele decirse,  me he liado la manta a la cabeza y así, más ciego que una polla vendá, me he asomado a este horrible abismo que, sin más tardanza, les invito a  visitar.)

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“Aviso a todos los miembr@s:

El presente Manuel de Estilo, es para uso exclusivo de los miembr@s de la secta. No debe, bajo ningún concepto, caer en manos enemigas. Y si no pertenecen a la congregación son, a todos los efectos,  enemigas; así que mucho ojito con extraviar el catecismo que, al infractor, se le puede caer el pelo. Advertidos quedan.”

“No osen confundirse: Lo que sigue es dogma, y punto.”
Firmado: El inquilino de la cúspide*.
(*Cierto, es seudónimo)

El desorden, ¡que se sepa!, solo puede ser calamitoso.

Al desorden le corresponde, entre otras miles de lacras,  la inseguridad, la tensión, el miedo, el estado de alarma, las consecuencias fatales, el desequilibrio, la inestabilidad, la incompatibilidad de caracteres, la disfunción eréctil, la ninfomanía, el paganismo, la oscuridad, el llanto, la tristeza, el ruido, la pérdida, la guerra, la destrucción, la muerte…
Por el contrario el orden lo asociaremos siempre con la seguridad, el sosiego, la complacencia después del sacramento, la religiosidad, la fidelidad, la formalidad, la casta renuncia, la aceptación entusiasta de los misterios, la tranquilidad, la luz, la construcción, la solidez, el equilibrio, la música, la paz, la alegría, la vida…

(…)
Cambiar el orden existente solo puede significar desordenar la seguridad, la tranquilidad, la paz, la vida. Sería abrir la puerta a la inseguridad, el desasosiego, la pérdida, la destrucción, la guerra, la muerte. En consecuencia, ¿Qué es lo que pregona y persigue el que cuestiona el orden?, la respuesta, siguiendo nuestra lista de equivalencias, es clara: el enfrentamiento violento, la guerra, la muerte.
¿Merece la pena morir, porque es seguro que nos los cepillaremos, por querer “cambiar” cuando es posible, es decir, cuando hay alternativa para  vivir y “reformar”? Esta debería ser la disyuntiva o dilema  donde desembocasen todas las reflexiones sobre el binomio cambio/reforma. Planteado el dilema en estos términos, la victoria “ideológica” resultaría prácticamente segura.










(…)
La revolución es romántica, (a los veinte años todo corazón, a los cuarenta usar la cabeza) pero es insensata, confluye en la muerte. La reforma no emociona, pero es sensata, (gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones) garantiza vivir.
El “concepto reforma” debe encontrarse siempre agazapado en el interior de cada palabra, de cada frase, de cada caramelo, de cada idea que lancemos al aire. Y debemos acompañarlo y contraponerlo constantemente al concepto “cambio”. No hay que desaprovechar ocasión alguna  para subrayar las analogías y equivalencias entre los dos conceptos antagónicos. Y debemos elegir cuidadosamente el tiempo y el lugar idóneo en el que deben  emerger a la vista de la audiencia. Abogaremos por el discurso de “complementariedad” frente al de “antagonismo” que enarbolan los enemigos del orden. De esa manera, ellos, siempre quedarán, a la vista de los espectadores, como los “malos de la película”.

(…)
Concebir y utilizar repetidamente toda clase de inútiles y falaces argumentaciones nos permitirá estragar, despistar, confundir y neutralizar a los más lerdos y perezosos, que, sin embargo, asimilarán sin dificultad las más simples e infantiloides asociaciones conceptuales que les propongamos. El orden es la civilización, el cambio radical provoca desorden, es la barbarie. De lo que se deduce que la violencia que se ejerce para defender la civilización de los ataques de los bárbaros, es totalmente  legítima. Como decía aquel, pensemos en las consecuencias de los actos…y en las consecuencias de las consecuencias de las consecuencias.
El objetivo es que acaben por no saber adónde mirar. Hay que atosigarlos constantemente con auténticos galimatías de palabras, ideas y conceptos ligados siempre a imágenes de violencia, insubordinación, reclamación o protesta. El sentido último será el sinsentido, “para sus vidas”, de todo acto o pensamiento fuera de las reglas del orden establecido. Hay que grabarles en la mente “las causas malas” y los “efectos malos” que llevan aparejados. Eso les enseñará lo suficiente. Conviene en cualquier caso explicar poco y  preservar los misterios. Un solo misterio le puede a cien revelaciones. La existencia, hábilmente explicitada, de “misterios ocultos” les turba, les intimida, les atemoriza, les llena de  pánico. Si le vendas los ojos a alguien, ya solo ve precipicios y abismos, y el solo se paraliza ante lo desconocido. Es mejor que floten en la oscuridad, en la incertidumbre…

El “orden” conoce esos misterios y podría en su caso utilizarlos en su propia defensa con la dureza y la crueldad necesarias. El orden permite dormir con tranquilidad, el desorden, no. El orden civiliza, corrige y perfecciona la realidad. El desorden potencia el salvajismo y pretende tratar por igual  a los laboriosos y a los vagos; a la propiedad y a la servidumbre. Es de cajón que no lo vamos a permitir. Menudos conservadores seríamos si permitiésemos a los alborotadores trastocar a su antojo las reglas del juego. No consentiremos ser derribados del pedestal. Los subversivos solo pretenden el mismo orden, solo que invertido. Lo llevan claro…







(…)
Las palabras poseen además de sus dobleces y sus pliegues, sus significados polisémicos. Utilizando estos “asideros”, se pueden llevar a cabo las más diversas estratagemas. Si se trata de vender humo, nada de abochornarse, nada de avergonzarse, emitan todas las promesas que hagan falta y más… ¿Quién se acordará? Y en última estancia, ¿Quién no se equivoca? O “Yo no mandé mis naves a luchar contra los fenómenos de la naturaleza” O “Me lo gasté en luchar contra los alborotadores”…

Cuando se perorata o se actúa frente a la plebe, para más impresionar, conviene aparecer como imperturbable, en ocasiones, las más, lo de menos es el contenido del mensaje oral: prácticamente no escuchan. Pero en cambio, y no pregunten por qué, sí  observan atentamente tu apariencia y tu convicción. Si detectan una actitud cohibida, llena de  dudas o vacilaciones, lo interpretan como debilidad. ¿Qué clase de verdad se predica dudando? ¿Qué clase de siervo se confía a un amo débil y le sigue ciegamente hasta el fin del mundo? Una intragable patraña propuesta con rigor y firmeza, cuela. Una certeza incuestionable expuesta de manera dubitativa, no. Así que, nada de bromas con la puesta en escena, debe estar cuidadosamente elaborada. El envoltorio puede ser más “valioso” que el contenido. Algo vistoso con cierta pompa. La critican pero la respetan, les impone. Si la verdad no gusta prefieres que te mientan. Hagamos que aborrezcan la verdad. Lo verosímil triunfa sobre lo verdadero incluso entre quienes saben que cualquier trola bien “vestida” puede llegar a ser totalmente verosímil y, además,  frecuentemente lo es.







 
(…)
No olvidemos que nunca hay que perder de vista lo que es accesorio y lo que es principal. Que todo quede exactamente como estaba, nada se remueve, nada se desplaza, cada pieza en su sitio, ésa es la norma que los conservadores, también cuando nos autoproclamamos reformistas, debemos cumplir; los soldados del orden cumplen, “con lo principal”,  como es de  rigor y con firmeza, en todo momento.

(…)
“Siempre ha habido pobres y ricos”, es una frase hecha aceptada por todos, nosotros debemos conseguir que también sea un hecho acatado por todos; pero estamos dispuestos, también debemos mostrarnos flexibles e inclinados al consenso, sin infligir, gratuitamente, ofensas o agravios, a que sigan intentando reformar este estado de cosas, hay que respetar el ritual, eso sí, según nuestras reglas. Así la masa se relaja y amainan las tensiones.
(…)
Es cierto que la plebe, de vez en cuando, tiene “ganas” de alborotar y que no es frecuente que tenga “ganas” de respetar el orden. Pero no hay que confundir “tener ganas” con “tener necesidad”. Nuestra misión es dejarles meridianamente claro cuál es su “necesidad”. Utilizaremos un lenguaje con la dosis mínima de complejidad, rudimentario sin llegar a cuartelero, nada hiriente, nada ofensivo, con tono amable, lleno de referencias al sentido común.








(…)
No permitiremos que se altere la raíz del orden establecido. Si acaso, y solo en la parcela que atañe y se ocupa “de las palabras”, ahí, si les place, que desfoguen sus ansias revolucionarias, cuestionen las tradiciones y propongan los cambios que se les antojen. Cuando se les suelta la lengua y se les calienta el magín, ellos mismos, cansados de patear los mismos caminos ya demasiado hollados, se enredan en estériles discusiones que siempre van a dar, ¿Un giro de 360 grados?, en un fortalecimiento de la tradición, de lo establecido, de lo firme, de lo que les da de comer, ¿Un gesto de gratitud para con sus benefactores?, de lo seguro. En definitiva, del orden.

ELOTRO (por la transcripción)

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Otrerías

domingo, 25 de diciembre de 2011

Otrerías







Si cuesta trabajo de entender es porque, ay, algo no hay.

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Desde un punto de vista “genético”, establecer parentescos por cuestiones ideológicas resulta, con el tiempo, un error estéticamente imperdonable.

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Las certidumbres inmutables solo “cantan”, por escrito, en la “realidad” de los libros.

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La ficción se desmiente en el primer párrafo de la irrealidad.

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La funesta manía de preguntar merma los significados y los posibles.

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A día de  hoy el dinero aparece como  una tentación intelectual de primer orden. O algo parecido.

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La lucha entre el bien y el mal no es eterna porque no es tal. Y eterna tampoco.

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El desencanto es más “desencuento”. Las más de las veces.

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Sin taparse los oídos no hay quien pueda distinguir dónde comienza la insensatez, dónde el decorado, dónde termina el plató y da paso a la intemperie.

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El ruido impide ver a las marionetas, solo se ven los hilos y los dedos, enamorados y no correspondidos, del titiritero.

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En el mentidero no hay engaño, nadie ignora, todos se ignoran, se chismorrea sin coquetería, ¡demasiados espejos!

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Olvidó qué se representaba, qué papel desempeñaba, qué hacía con esa gente a medio cultivar; aunque, por decoro y quizá por no caer bajo sospecha, en lo que se refiere al gesto del pulgar, actuó de forma contenida, y absolutamente hipócrita. Al abrigo de la penumbra.

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Si se me permite la opinión, algo así como el flirteo indebido con los placeres que oferta la vida, y por mucho arrebato que se alegue, no es algo que pueda ocurrir, como irreflexivamente suele afirmarse, en cualquier parte. Aunque, bien es cierto, que  el lugar del crimen, usualmente un terreno espinoso, sea algo que no te incumbe en absoluto, estimado lector.

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He aquí la cuestión. Aquí, no allí. Esa es la cuestión. Desde tiempo inmemorial hay trazada una línea que demarca. Eso se sabe. No se puede estar, todo el santo día, con la cabeza a pájaros: eso es dar motivos. Si a la delimitación no se le dispensa atención, pasa inadvertida. Esta es la cuestión: qué es lo que perdemos por el camino. Los de aquí, no los de allí.

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ELOTRO

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viernes, 23 de diciembre de 2011

En arquitectura, lo funcional, funciona o no funciona.





Estimados y sufridos lectores, desde la redacción de esta su  revista, “La plomada nos la suda”, deseamos realizar, para que nadie se llame a engaño debido a nuestro vergonzoso y prolongado silencio, algunas puntualizaciones sobre ese “asquerosito” asunto que tiene estos días un poco revueltas las ya de por sí ponzoñosas aguas fecales de la “arquitectura” más pinturera de nuestro país.
Sí, ya sabemos que, en el número del mes pasado, afirmamos rotundamente que por nada del mundo volveríamos a enfangarnos en más debates con cierta bandada de  cuervos indeseables que suelen picotear sus insidias e insultos, entre otras estulticias, en esa revistilla zafia y mugrienta en la que anidan en concupiscente ayuntamiento, y que han intitulado, solo para provocarnos: “Pico y pala os daba yo”.
Pero, qué quieren, el caso es que nos aburrimos de lo lindo de tanto confeccionar bolitas con los mocos e, impelidos por ese incurable aburrimiento, lo más ¡chanchi! que se nos ocurre es embestir   furiosamente contra el primero, y a ser posible indefenso, que se nos ponga por delante: ¿un puñetero cuervo tocapelotas?, mismamente, y en esas no vamos a aguantarnos las ganas de arrearle un saco de patadas por todo su emplumado cuerpo, buche incluido, hasta que el desplume del insumiso pajarraco sea completo, como manda el guión. Probadlo, ¡es la monda!. Por supuesto, todo ello  pulcramente ejecutado desde nuestra cómoda, blindada y acreditada atalaya intelectual: “La plomada…




¿Sobre qué dichoso asunto deseamos, en esta ocasión, sentar cátedra? Pues sobre aquel horripilante e inhóspito bloque o amontonamiento de pisos, (minúsculos e insalubres, sí, ahora ya de poco sirve negar la evidencia) obra de “juventud”, (detalle que olvidan, y los muy ladinos lo hacen aposta, los emplumados enemigos de nuestro prestigioso premio Pritzker)  cuyo estilo había sido caritativamente etiquetado por nuestra revista como  “arquitectura funcional”, y que lamentablemente, ha colapsado, sí, señores, como lo oyen, ha-co-lap-sa-do, (las malas lenguas, tan rencorosas como venenosas,  afirman injuriosamente que de tal guisa fue ya cagado).
Ha dejado pues, el otrora notorio ejemplo de arquitectura funcional, de funcionar. En consecuencia, ha perdido  incluso esa benevolente y, a todas luces incorrecta y, por qué no abundar, estúpida etiqueta.
Por su parte, sus consternados; se entiende; y alterados; también pero menos; inquilinos-víctimas le han adjudicado “otras no muy exquisitas etiquetas” pero todas ellas excesivamente bien argumentadas y fundamentadas (lo que nos hace abrigar razonables sospechas sobre su malintencionada y perversa autoría intelectual) en su “sufrida” experiencia practica por el lado de lo vivencial, pero, que resultan lamentablemente impublicables, debido sobre todo a su contenido, aunque no falto de razón, altamente ofensivo e insolente para el insigne autor y su corte de incondicionales lameculos; y hete aquí el porqué, aunque nos gustaría,  no las podemos reproducir (como clavo ardiendo, ya nos vale), en una revista de la solera, los intereses, el rigor, los anunciantes sostenedores y el  limitado pero selecto prestigio aldeano de la nuestra.




Y como resulta que según nuestro puñetero maquetista, (que no se hacen ustedes una idea de las malas pulgas que tiene) queda hueco por llenar, circunstancia esta que nos viene pintiparada en esta  coyuntura para reiterar, de nuevo, nuestra inconmovible voluntad de no permitir, bajo ninguna circunstancia, que se nos utilice como  plataforma o altavoz, (¡que son de nuestra propiedad, hostias!) por aquellos “eternos resentidos y fracasados” que solo buscan con descaro macular, con falsedades e insidias, la reputación incuestionable de nuestros egregios arquitectos de éxito, (de los cuales no nos cansaremos de repetir: ¡ son los nuestros, señores!) por eso deseamos que conste, estimados lectores, lo indigno del propósito de esos infames traidores; y lo seguiremos haciendo, por mucho que nos abochorne en privado: construyan, ¡los nuestros!, lo que construyan y como lo construyan y donde lo construyan, ¡faltaría más!

Y ahora, y a modo de guinda final, ahí va el anticlimax:
Qué tendrá que ver, (nos preguntamos habitualmente y casi todos los días en la redacción a la hora del tentempié de media mañana) la función con el órgano o con el clavicémbalo. Por favor…si ni Pavarotti ni Paco de Lucía han tenido nunca ni puta idea de solfeo… y, ¿suenan o no suenan? ¡Las bolsas!, digo. Pues eso.

ELOTRO

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Otrerías

jueves, 22 de diciembre de 2011

Claudio de Lorena



 

 

Claudio de Lorena (1600, Lorena, noroeste de Francia) nació a comienzos del siglo XVII, por tanto contemporáneo estricto de Poussin, Rembrandt y Velázquez, entre otros destacados artistas que en estos momentos recuerde. A los doce años quedó huérfano de padres. Su hermano mayor, escultor, le inició en el dibujo. A los trece años, en Roma, entró al servicio de un pintor paisajista. Su periodo de formación continuó en Nápoles durante dos años, de 1619 a 1621, junto a un pintor alemán, Gottfried Wals, un extraordinario paisajista. Con veinticinco años realiza un viaje por Loreto, Venecia, Tirol, Baviera y por último su lugar de origen, Nancy (Lorena) donde durante año y medio trabaja como ayudante de Claude Deruet, pintor de la corte. Con veintisiete años regresa a Roma.

En Roma hizo amistad con Poussin, que estaba afincado allí. También contacta con otros pintores extranjeros especializados en el paisajismo. En 1630 pintó al fresco en varios palacios, sin embargo, quizás porque no la dominó o porque no le gustó, nunca en el futuro volvió a emplear esta técnica. Trepó en el escalón romano hasta un cardenal que le llevó hasta el papa Urbano VIII. A partir de ahí y durante toda su vida pintará para la nobleza y recibirá encargos de todo el continente. En 1636 realizó una serie de aguafuertes, “Fuegos artificiales”,  por encargo del embajador de España en Roma. También recibió un encargo de Felipe IV para el Palacio del Buen Retiro (¿tendría algún papel Velázquez?), ocho cuadros paisajísticos y de contenido iconográfico bíblico. Fallece en Roma en 1682.

 

 

Ambientaba sus panorámicos paisajes “idealizados”, de construcción “culta” e “intelectual”, con motivos religiosos (La Biblia) y mitológicos (Ovidio, Virgilio). Todas sus obras  procuran evocar un culto a la antigüedad, a unos mundos desaparecidos, al mítico y clásico pasado, transmitiendo, por medio del “ritmo” y el “equilibrio” una sensación de serenidad y placidez: con la luz, las figuras (siempre secundarias, pero quizás el elemento que menos dominó), la vegetación, la arquitectura… que conforman un escenario de belleza lírica, de perfección ideal.

El manejo de la luz en Claudio de Lorena, del mismo modo que hicieron sus contemporáneos, Rembrandt, Velázquez o Vermeer, eso sí, estos en escenas de interior, es la cualidad principal de su obra. La luz directa, o filtrada o difusa, el sol al atardecer o al amanecer o a cualquier hora del día se erige en el centro o el gozne sobre el que “funciona” la obra.

Todo lo que se pinta tiene su punto de apoyo en la luz. Es decir en la relación que tiene cada elemento con la luz que le toca o que le roza o que directamente le ignora.





Es la luz la que la que marca las sutiles graduaciones del cromatismo, su tonalidad, su calidez, su opacidad o su transparencia.
La luz crea y organiza el espacio, es decir ordena la composición y la envuelve, ofreciendo de ese modo una heterogeneidad de elementos “impregnados” de una luz “dispar”, múltiple pero que resulta homogénea a la mirada del espectador, es el hilo que hilvana las partes y desencadena una “pesada” unidad que ningún componente cuestiona. Menudo subterfugio, ese de la luz, y su sombra y su penumbra y sus brillos y sus contraluces y su media luz y su presencia rebotada o tamizada, o su insólita ausencia… subterfugio si, aunque rudimentario, solo al alcance de alguien que tenga luces…
Es esta compleja construcción de luces la que dota a la obra de ese “halo” de serena y equilibrada perfección “ideal”.





Lorena era un pintor que fantaseaba en las composiciones, que reordenaba la naturaleza, que recolocaba cada uno de los elementos en función de las necesidades “vitales” de la obra. Inventaba encuentros y disposiciones, pero cuando se trataba de cada uno de los elementos, un árbol, una columna, una nube, una barca, una piedra, un animal, una banderola, una cuerda… es entonces cuando aparece el genio, el currante infatigable de la observación directa de la realidad. Lorena se pasaba días enteros dibujando todo lo que veía en sus paseos por el campo, paseos éstos muy selectivos, muy dirigidos a la creación de un importante banco de datos que, en su momento, alimentaran con su precisa “realidad” la ideal perfección, de cada una de sus pinturas.
Ahí están sus dibujos a pluma, a sanguina, a carboncillo y sus magnificas aguadas. Tuve la suerte de verlos este verano pasado en París. La base documental “real” que sostiene la trama del artefacto “intelectual”, lleno de ínfimos detalles que le dotan de su incuestionable grandeza una vez que, en el orden “creado” por el artista, reciben su baño de luz y color, su soplo de vida. Que suena cursi pero es exacto.

Admiró y aprendió Claudio de Lorena, de maestros como, Tiziano, Elsheimer, Giorgione… pero su especialización en el paisajismo le colocó en la cima de ese género.



Todos los grandes pintores que, posteriormente, se  han dedicado al paisaje, hasta finales del siglo XIX, Ruysdael, Constable, el gran Turner descaradamente, Corot y no pocos impresionistas, tienen en sus obras algo de Lorena, y el que no, es que no ha entendido nada.
Aunque los detalles más prescindibles y el tono petulante son míos, lo anterior es un resumen “orientado” de Wikipedia. Y todo viene a cuento de una exposición sobre “Arquitecturas pintadas” que se celebra en el Museo Thyssen. Paseando por sus salas, en ese momento casi desiertas, y debo de reconocer que era la segunda vez que visitaba la exposición, he recibido una insensata punzada que me ha dejado sin aire y pasmado frente al cuadro “Puerto con Villa Medici” (1637) de Claudio de Lorena. Luego ha estallado la euforia.
Mi menda debe de tener días, como el reloj del gitano, porque si esa maravilla me pasó desapercibida en mi anterior visita, ese día al digital se le acabó la cuerda. Al lío, toda la gratuita palabrería de arriba, está majestuosamente plasmada “plásticamente”, en ese trozo de tela. En la ilustración que acompaña a este texto no puede apreciarse casi nada. Está ahí solo como referencia. He buscado en la red y no he hallado ni una sola muestra con un mínimo de calidad. El original está en Florencia, Galleria degli Uffizi. Ya sé que en el Prado tenemos ocho grandes obras maestras de Lorena, pero, ya les digo, esa pintura, realizada a la edad de 37 años, es lo más extraordinario que he visto de Claudio de Lorena. 

En Madrid hasta el 22 de enero de 2012.


ELOTRO


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lunes, 19 de diciembre de 2011

El conferenciante.








El escenario, la sala principal de la “Obra”, a rebosar como de costumbre (conviene recordar que como muestra magnánima de tolerancia para con los menos adictos, en esas fechas ya no era requisito obligatorio para  los asistentes tomar el agua bendita o persignarse).
Allí se dio cita, una vez más, toda la flor “innata” de la ciudad, lo más selecto de las fuerzas vivas de la comarca, toda la gente VIP y algunos ejemplares de otras subespecies. A la garantía que tradicionalmente ofrece la muy pía Fundación Emprendedores de Obras de la “Obra”, como patrocinadora del acto,  se sumaba el bien ganado prestigio del conferenciante. Un joven políglota (latín y esperanto a nivel medio) y soltero (repeinado hacia atrás, engominado, traje gris, camisa blanca y corbata azul), un experimentado y aguerrido soldado de la “Obra” (se rumorea sobre un inminente y merecidísimo “ascenso”), y por cierto, pieza muy codiciada por las impacientes jóvenes casaderas y sus ávidas mamás, hembras éstas siempre atentas y predispuestas al aplauso unánime y la admiración de las “piezas” emergentes y eminentes. Nuestro hombre poseía además las mejores referencias académicas y una muy acreditada erudición escolástica en todas las ramas del saber tradicional y, sobre todo, en la doctrina católica. Era la encarnación de un impecable triunfador, un hombre surgido del “aparato”, un victorioso trepador. Sus intervenciones, siempre respetuosas con la más estricta tradición, resultaban de un nivel altísimo y un gran calado espiritual; además eran un prodigio de legibilidad, (que se le entendía todo muy clarito, quiere decirse)  nada de  abstracciones paganas ni moderneces evolucionistas. Y, por supuesto, sus charlas eran dictadas invariablemente en nuestra ancestral, sobria y cristalina lengua, en la nuestra, (ya me entienden, nada de dialectos tribales) la de toda la santa vida.








Pero las cosas estaban por torcerse. El brillante conferenciante, a mitad de su discurso, hasta entonces perfectamente encarrilado, se notaba, a sí mismo, suelto, demasiado suelto, quizá. Empezó a acalorarse visiblemente y, en medio del sofoco, a sentir el típico sudor frío de cuando algo te está estrujando y retorciendo las tripas y por las mismas te coloca el estómago boca abajo. A renglón seguido debió de sufrir un agudo pinchazo en algún punto crucial del  abdomen, lo que le obligó a  doblarse violentamente sobre su propio vientre (por muy poquito no se sacó un ojo con el crucifijo que presidía el atril)  y seguramente le provocó la que sería primera pérdida de masa fecal. Nada, ya les aviso, para lo que estaba por llegar. Miró a su alrededor espantado por el desastre que se mascaba. Se siente abochornado ante la vorágine de acontecimientos que empiezan a sucederse fuera de su control, necesita recuperarse, volver a respirar con normalidad, se dice. La lengua pastosa se movía por una boca seca, arenosa, la visión algo nublada, indicios de mareo, las manos húmedas: creyó incluso padecer síntomas de taquicardia. Nerviosamente se aflojó la corbata y se desabotonó el cuello de la camisa. Se veía absorto en la contemplación del drama, como desde fuera, pero estando dentro, no sé si me entienden, en fin, una situación rara, rara, rara. ¿Sería víctima, se preguntaba desconcertado, de una percepción alucinatoria? ¿Acaso de un encantamiento? ¿Una súbita ofuscación de los sentidos?
Estaba abatido, “esto no podía estar pasándole a él”, era la frasecita que veía circular, con estrellitas pintadas de purpurina intercaladas y en sesión continua por delante de sus ojos, tal y como suele ocurrirle a un accidentado dibujo animado. Con creciente agobio percibía en su interior  que el mazo de folios de su conferencia, un taco macizo,  un compendio apretado formado por  multitud de  elementos (axiomas, consignas, y moralejas hábilmente emboscadas y entrelazadas con  las fábulas, parábolas, bulos y milongas habituales), perdía su solidez y comenzaba a  descomponerse y fragmentarse en minúsculas partículas, y, a continuación, cada partícula se subdividía en otras que se multiplicaban exponencialmente y de forma descontrolada. No se libraron de este putrefacto proceso de metamorfosis ni siquiera las chuletas de apoyo, con sus escolios y observaciones que había guardado el charlista, como era su prudente costumbre,  en la faltriquera.








La repetida práctica de la disección ideológica y doctrinaria, experiencia por otra parte que puede llegar a ser gratísima en sí misma, tiene esas cosas. Al diseccionar un mecanismo vivo, no un esquemita teórico sobre el papel, trajinando y trasteando en el interior, en las mismísimas tripas y en plena función operativa, pueden ocurrir esos lamentables sucesos. Y es que la vida real, no digamos ya la auténtica, en ciertos niveles y en los otros también, hiede, apesta de un modo atroz.
Tras las primeras señales alarmantes, (sigamos con el relato), comenzó a manifestarse con descaro, de cara a la audiencia, el nauseabundo desastre. A velocidad de vértigo, aquel enrarecido puré, (a saber: mantecoso y algo caldoso condimentado a base de  tropezones muy menuditos y media cucharadita, de las de Uri Geller, de frases, palabras, morfemas, fonemas, doctrinas, mensajes subliminales, tergiversaciones, falacias, consignas y moralejas rancias, procedió (no perdamos el hilo) a escurrirse de manera avasalladora y en espiral descendente por el angosto canal hacia su desembocadura natural: el mismísimo ano del joven orador, que de esta manera quedó constituido, tras haber sufrido una brutal dilatación, en “el gran vector” o, si gustan,  “la madre de todos los vectores” de pura mierda que en el mundo han sido.








Antes de que el desdichado vocero pudiera hacerse una idea exacta de todo lo que le estaba ocurriendo, sintió cómo se le iba la vida, casi literalmente, de manera torrencial por el mismísimo sieso. “Fíjate la que está expeliendo el tío…” cuchicheó escandalizado algún oyente finolis, sin duda  fascinado por la desmesura de las excreciones.
Un incontenible y  copioso flujo de porquería mucosa inundó con suma rapidez, (ya se sabe que un solo caballo berberisco corre más que cien frisones) el solemne salón de actos de la “Obra”. Toda la nave se convirtió en una gran pocilga. La mierda cayó generosamente como un gran maná. Simultáneamente,  en un ambiente donde hasta entonces había reinado un más o menos soportable olor (a viejas maderas de roble, sotanas pringosas, cera requemada, repollo,  naftalina, sudores y orines secos, ambientador de limones salvajes del caribe  y colonia barata), un hedor inaguantable se apropió de todo, lo animado y lo inanimado. Si se escribe que el pestazo que aleteó en el aire era insoportable, se dice bien poco. El olor a dogma viejo, a fanatismo oscurantista instalado en todas las narices y sus respectivos sistemas olfativos, resultaba insufrible. Las partículas odoríferas saturaron los epitelios olfatorios y colapsaron todos los quimiorreceptores presentes. Se desencadenó una verdadera, bueno casi, conmoción cósmica, la pestilencia se adueñó del espacio y grabó en los rostros de los escogidísimos asistentes, (y algunos tarugos difíciles de identificar) un gesto unánime, una auténtica pintura de guerra,  que los conjuraba en torno a una absoluta certeza: el de la grandiosa diarrea iba a ser descuartizado como castigo ejemplar, no se podía consentir aquella  intolerable agresión.








Aunque hubiese querido alegar, que no alegó, alguna disculpa para abandonar la sala, ya no había tiempo. Ni escape posible. La primera capa de mierda que se extendió por la sala, y que alcanzó más de un palmo de altura, se había petrificado en un santiamén. Todos los presentes quedaron atenazados,  literalmente pegados, inmovilizados,  en el lugar que ocupaban en el momento de la inundación. Con los pies clavados a la tarima, una corteza blanda y grumosa les subió poco a poco y los ciñó, a los más bajitos, hasta las ingles; trataron estúpidamente de defenderse a manotazos pero solo consiguieron pringarse aún más las zarpas. Nadie pudo librarse de la garra inexorable de la mierda. Más de uno, los que habían frecuentado la mitología pagana, se acordó de las aladas sandalias de Perseo.









Las primeras bancadas, ocupadas mayoritariamente por la “crème de la crème” reaccionaron mal, muy mal. Empezaron a comportarse, con un fanatismo propio de  mandingas u hotentotes que  alcanzó extremos impensables de degradación: como auténticas bestias, se podría decir. Menos disparos de arcabuces hubo de todo. Se ve que, en su cercanía física, habían sufrido un impacto de gran potencia, por tierra y por aire, sólido y gaseoso, y por tanto, mayores daños en su ya de por sí hipersensible sistema nervioso. Se mostraban espantados, conmocionados, enajenados, pasmados, eran incapaces de asimilar lo que estaba sucediendo ¿les engañaban sus sentidos? Gesticulaban y vociferaban como si fuesen auténticos endemoniados o herejes atados al potro de tortura. En medio de un gran estruendo emitían estentóreos aullidos de pánico y horribles alaridos amenazantes. Más de uno vomitó compulsivamente, mezclándose entonces la colosal mierda de la ponencia con sus propios devueltos.  Algunos y algunas caían fulminados, allí quedaban, no había tiempo para contemplaciones, además, ¿qué se podía hacer estando presos de la mierda petrificada?
El griterío era ensordecedor. Algunas damas, víctimas de la angustia y la congoja, parecían haber quedado en estado catatónico. Las que no, aunque su estado también era deplorable, las piaron de lo lindo. Se extendió “urbi et orbi” el uso del lenguaje inapropiado. A nuestro hombre le llovió una tempestad de improperios. Que si marrano, que si ese cabrón al paredón, que si tú sabes cuánto vale éste traje sastre que me has “desgracio” maricón, que si no te ejecuta el calzonazos de mi marido te voy a dar yo misma una tunda que no te va a quedar un hueso sano, so cerdo, que si te voy a partir el cráneo, que si te voy a matar despacito y con mis propias manos hijo de la gran puta. Y de ellos, los machos, el que menos, que le iba a cortar los cojones y metérselos por el culo hasta sacárselos por las orejas. La expresión y el colorcito de algunos semblantes parecía anunciar una inmediata entrada en síncope de sus  propietarios. Y de los de la sotana mejor no hablar, su riqueza de exabruptos y blasfemias solo es explicable, y en parte disculpable,  por su destacado papel en el sacramento de la confesión. Y su acreditado espíritu sanguinario no es un secreto para nadie, fieles o infieles, a lo largo y ancho de todo el orbe desde hace más de dos mil años. Sin ninguna mesura, ¡a lo loco! ¡a lo loco!, su confesor le increpó relatando a voz en grito todos sus pecados. Algo, poco,  se oyó de cierta inclinación a la fornicación con animales…pero sin más especificaciones. Lo que no se entendió muy bien fue que, el padre Chitón, desvelara la obsesión del ponente por la ingesta de níscalos, enfatizando que lo hacía porque creía que resultaban muy convenientes para la potencia del pene. ¿Y? Se preguntó la señora marquesa “consorte” mientras miraba perpleja al “capo” de la “Obra”, hombre largo y enjuto, de cara oscura y que luce en la frente un vistoso eczema de forma circular y color magenta. El “capo”, por su parte, no podía dejar de pensar en la indeseable repercusión mediática de la pavorosa y devastadora diarrea.
En cierto momento, el ponente pareció superar aquella horrible sensación de ahogo escénico y un muy evidente estado de bloqueo psíquico. No movió, sin embargo,  un solo músculo de la cara, bueno, quizá alguno subepidérmico. Sin embargo se barruntaba un salto.
Desde hace un tiempo y agobiado por el continuo crecimiento de las  exigencias laborales: “un día de éstos van a ver…”, había sido uno de sus recurrentes y fantasiosos pensamientos (secretos), dirigido no tanto al “jefe”, al que nunca pudo ver el careto en persona,  como a los tiránicos “capataces de la Obra” a los que veía hasta en sueños y pesadillas; pues bien: el “día menos pensado” parecía llegado. Tras toda una vida marcada por “el sometimiento”, emergía una faceta diferente del temperamento, y de los razonamientos,  del que hasta ese mismo instante fue un  servicial, fervoroso y pío divulgador.








Sin previo aviso, de manera repentina y a grito pelado desde el atril, en medio del escandaloso fragor: exigió silencio. Para su propia sorpresa, todos parecieron sucumbir al imperativo hechizo de su potente grito. El caso es que, respetuosa e incomprensiblemente, fue obedecido por toda la concurrencia (en este punto conviene recordar que el personal arrastraba un gran desgaste físico ya que llevaba largo tiempo, gesticulando agresivamente, gritando insultos y amenazas y balanceándose violenta e infructuosamente, castigando espaldas y riñones, sin poder moverse un solo centímetro de donde estaban plantados, ni liberarse del pétreo cepo de mierda). Se abrió pues  un benigno paréntesis irreal donde reinaba el silencio. De tal modo que instaurada quedó una atmósfera de sosiego que respetaron hasta las moscas de uniforme verde; supongo que ya saben cuales. (Todo ocurrió en un instante, ya se sabe, las hadas hacen muy rápido las cosas). Todo adquiría una nueva dimensión. Fue como si el charlista, después de una larga amnesia, recobrara su verdadera identidad. Se encontraba en medio de un lago de mierda petrificada, solo. Sí, solo, aquellas bestias gritonas, que habían pasado de la entrega subyugada al más fiero de los ataques, no se comportaban con él, no ya como hermanos, sino ni tan siquiera como congéneres. Era la cabeza de turco, era un árbol caído y lo iban a hacer leña. Comprende, por fin, que los aborrece, que siempre los ha aborrecido; por su hipocresía, por su falta de escrúpulos teñidos de piedad cristiana; son caprichosos, cruelmente antojadizos: hoy te ensalzan, sí, como se ensalza a un lacayo pero te ensalzan, y con sutil brutalidad, mañana te derriban por la misma sinrazón.
Parecía que siempre había estado esperando ese momento, que la “cosa” estallaría de manera ineluctable. Iba a poner en práctica el arte de saber interrumpirse en el momento justo. Hasta entonces él era otro, y ahora había entrado en uno de esos raros momentos de júbilo que la vida concede muy de cuando en cuando. Primero procedió a aclararse el gaznate expectorando displicentemente a diestra y siniestra; a continuación se tocó los huevos, ¿ le picaban?, con procacidad, luego comenzó a hablar, por vez primera sin guión, en un tono neutro, como de megafonía de aeropuerto, pero firme:
“Mis queridos hermanos, dijo,  ¿qué he hecho que merezca la muerte?
¡He cumplido a rajatabla el "plan de vida" que, según nuestro beato marqués de Peralta, deben seguir los miembros de la “Obra”, incluyendo prácticas como la misa diaria, comunión, el rezo del ángelus, la visita al sagrario, la lectura espiritual, el rezo del rosario y las mortificaciones (uso del cilicio dos horas al día y de las disciplinas semanalmente).[]  ¡Acudo a las tribunas, me he chupado años haciéndolo, a obnubilar a la plebe y divulgar con eficacia y pasión, vuestras indecentes doctrinas y soporíferas consignas! ¡He difundido una imagen del mundo, tergiversada y sin ningún parentesco con la verdad, pero que casualmente se corresponde exactamente  con vuestros egoístas e insaciables intereses! (Un brillo especial e inaudito apareció en sus ojos, indicaba a las claras que en esos momentos se sentía dichoso, debía de ser la alegría del guionista que no ha sufrido la censura inquisitorial. No había guión previo, no había censura; pero era evidente que “aquello” ya estaba escrito, como suele decirse) ¡He utilizado las más tramposas técnicas de comunicación capaces de confundir y anular el juicio del oyente más pintado! ¡He grabado en el inconsciente de la grey, sin que se note, todas las indigestas majaderías acientíficas que venís predicando desde hace siglos para alimentar el sacro negocio! ¡He apuntalado con mi más brillante y persuasiva retórica todas las milongas infumables sobre las que asentáis vuestro muy manoseado y obsoleto discurso! ¡He tapado con mi erudición, las vergüenzas y mamarrachadas de vuestras demenciales y criminales bases doctrinales! No es que pretenda merecer el trato de un personaje de primer nivel de la “Obra”, sino algo pura y simplemente humano. ¡Cojones, si hasta he vendido estampitas de la supuesta virgen! …y en recompensa me queréis cortar la cabeza.
No se escuchó ni un carraspeo…hasta que estallaron las carcajadas.






Se solaparon “in crescendo”, en el espacio y el tiempo,  los dos estruendos, el de las escandalosas carcajadas histéricas de la concurrencia y el desplome de las robustas puertas de la sala que habían quedado bloqueadas por la capa mierda petrificada y que, en esos momentos, caían derribadas a hachazo limpio. Los miembros de seguridad de la “Obra” y los chóferes y guardaespaldas de las diversas autoridades, que como norma  solían estar matando el tiempo en la antesala, entraron en tromba en el salón y se dirigieron directamente hacia el punto de convergencia de las acusadoras miradas de sus amos: la tribuna del conferenciante. 
Sintió un golpe, el primero,  sordo y doloroso en la cabeza que lo derribó, luego, como envuelto en un violento tornado sufrió un completo y meticuloso apaleamiento: mientras la envalentonada y enardecida concurrencia jaleaba con ferocidad a los matones, le llovían los puñetazos, patadas en los riñones, rodillazos en la espalda, golpes con porras en las costillas y alguna demoledora descarga eléctrica en los genitales. Por fin, los “gorilas” decidieron dar por terminada la paliza.  Lo levantaron por el pelo, pero se volvió a desplomar y, semiinconsciente, lo arrastraron hacia el callejón trasero por la salida de emergencia. Lo habían machacado bien, lo dejaron en estado de shock. Ya en la calle, lo pusieron de pie, le torcieron los brazos por detrás de la espalda y le dieron un furioso empujón; ¡lárgate!, le gritaron. Se tambaleaba,  le castañeteaban los dientes que no había perdido, le temblaban las piernas, sintió cómo le resbalaba un chorro de orina caliente hasta los tobillos, le costaba mantener el equilibrio. Se vio rodeado por un abismo negro y vaciló; le dio un vahído y medio se sentó en el empedrado de la calle. Un hilillo de sangre le salía del oído derecho y tres o cuatro de la boca; dentro de su cabeza tronaba, a un volumen infernal, un órgano y un coro que cantaba un himno estremecedor …”Divino es el origen de la culpa”. No pudo sostenerse y se hincó de rodillas en medio de la acera. Uno de los “hermanos” con la bocamanga llena de galones, se le acercó y le ayudó a incorporarse: “recuerda”, le dijo, atenazándole por la nuca, “el señor juez está dentro todavía, lo digo por si no revientas y decides poner una denuncia por las caricias recibidas…en ese caso, yo que tú, le daría tiempo al excelentísimo a llegar al juzgado…¿capisci?”
El tiempo, finales de marzo,  era desapacible, frío y lluvioso; impropio de la estación. Extraviado, con dubitativos e imprecisos pasos deambuló por calles solitarias. Al pasar frente a un escaparate se miró, la imagen era turbia y el campo visual en el reflejo, muy limitado. Aquella figura que se reflejaba no parecía tener cara, en su lugar había lo que quedaba de un rostro hecho trizas, un amasijo de carne amoratada, hinchada, tumefacta y sanguinolenta; indescifrable, inescrutable para sí mismo.
El resto se lo pueden imaginar. FIN.

ELOTRO

(Este relato ha sido escrito, es un decir, con la inestimable ayuda (involuntaria, eso sí) de algunos escritores (a los que leía mientras tanto) cuyo nombre ahora mismo no recuerdo. Por supuesto, faltaría más, el único responsable penal de las sustracciones y del estropicio resultante es un servidor.)

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