Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 30 de septiembre de 2011

Realismo versus ficción.



Para mí este es un debate absurdo. Yo, como de costumbre, lo tengo muy claro. Todo el mundo tiene que cargar con su historia a las espaldas; así que no es extraño que la mayoría prefiera la insoportable levedad a la aplastante pesadez. Los privilegiados que pueden elegir, claro.
ELOTRO

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Otrerías

jueves, 29 de septiembre de 2011

Un lugar en el que llovía...



Un lugar en el que llovía; al primer toque un nudo, a la primera escucha un rebujo, al paladar un gurullo, al primer olor una maraña, a primera vista un enredo: el diagnóstico, ¿un ovillo?
ELOTRO.

Otrerías

miércoles, 28 de septiembre de 2011

martes, 27 de septiembre de 2011

Improbables diálogos (5)



ELOTRO
Del estallido de la burbuja inmobiliaria y el colapso del ladrillo solo han salido indemnes los autores del desastre. Para que luego digan que no hay justicia.
ELLA
No dicen que no existe justicia, dicen que ésta no lo es. Y la democracia, tampoco.
ELOTRO
Lo que pasa es que esta justicia siempre ajusticia a los de abajo.
ELLA
Eso de siempre…como las cláusulas… las estadísticas… las prioridades…las buenas intenciones…los recortes…el todopoderoso…


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Otrerías

lunes, 26 de septiembre de 2011

Ocurrencias...








La vida ya es suficientemente confusa como para añadirle explicaciones.
ELOTRO

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jueves, 22 de septiembre de 2011

Viaje alrededor de mi lienzo (a mitad de camino)



Sin apresurar el paso, quizás te ha llegado el momento de inventariar, amortajar y facturar las meteduras de pata. Sí, ya sabemos, no fue más que un prolongado malentendido. Que fue, de acuerdo. Fue. No debe pues, lastrar más pasos ni desdibujar más días. O borras, o rascas, o das dos manos de blanco opaco. No esperes ni siquiera moho.
Y aguarda discretamente y en calma a que irrumpa de nuevo el sosiego, el de los viejos tiempos.
El que propicia.

ELOTRO

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martes, 20 de septiembre de 2011

Ahora que lo pienso, del móvil no me acuerdo.



Ahora que lo pienso, señoría, creo que, como me aconseja mi abogado,  no podré dar una explicación satisfactoria. Recuerdo, eso sí,  todos los hechos claramente, con absoluta nitidez. Quienes nos reunimos y quién nos convocó. Me acuerdo perfectamente dónde fue. Lo que bebimos, lo que acordamos; lo que más tarde, aplicada y afanosamente, hicimos. Pero, ahora que lo pienso y lo repienso: no sé el porqué. Lo siento, señoría, no puedo ayudarle con el móvil.
ELOTRO

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domingo, 18 de septiembre de 2011

Zippo



Mascullé entre mis muelas tal cantidad de incendiarias blasfemias y exabruptos que sentía la garganta arder y la lengua como escaldada. Hay días que, sin pretenderlo, parezco otro, como todo el mundo sabe ordinariamente me achanto, pero ayer no pude; creo que –aunque de forma inopinada- ni siquiera lo intenté. Todo fue por el Zippo. Sí, como te lo digo: Ni el Zippo se respeta.

No podría calcular el tiempo que ha pasado desde la aceptación de la derrota, la humillante entrega de las armas y mi capitulación incondicional. Claro que no lo urdió en un sólo acto, tonta no es, aunque pudiese parecer improbable me hubiera dado cuenta, creo. El asunto es que mientras bonitamente me entregaba a la manduca y libación frenética, deserté del “yo”, eso sí, en cómodas letras, que entra mejor. Me abandoné a la rastrera costumbre, al hábito perezoso, a la huida por sistema…yo qué sé… el caso es que me harté de permanecer neciamente despierto, de hacer guardias, de llevar la pesarosa cuenta, de registrar los sórdidos casos, de medirlos, de pesarlos, de calibrarles su importancia, de contabilizarlos… ¡Menuda vida de  contable huevón!

Yo no sería capaz, por evidente falta de destreza, de hacerle a ella una cosa así. Un día amanecí desposeído de territorio: ni una loseta para el chotis ¿se evaporó?, no; lo entregué llave en mano. ¿Se lo comió?, con papas fritas. En la papada roja que le rebosa por el cuello se le nota. Con la infecta combustión la atmósfera se densa, el espeso olor a fritanga te empuja de malas maneras, te arrincona, te aprieta, te remete el embozo, te impide estirarte, no te deja desentumecerte. Despojado, a más a más, del aire velazqueño que circula entre las figuras del cuadro, toso. El canario, con su hojita de lechuga y su agüita, no trina y empieza a boquear…esto, sin perspectiva aérea, no pinta bien, me digo todos los días malgastados.

A base de pescozones infligidos en la herida supurante acabas aprendiendo lo que vale un oportuno enroque. Sin embargo –y sin vuelta de hoja- un collage es un collage; tu aportación particular al conjunto: palanganero.

Y ahora, a modo de espontánea valoración popular:
-¡Qué poca vergüenza! –dijo alguien.
-¡Poca es alguna! –precisó otra.
-Y luego dicen que si dicen que dicen –remató la de más allá.

Vale, pero, ¿dónde hostias respiramos?
¿Adónde “mi” Zippo? – lamenté inconsolable.
¡Es insaciable! – chillé hasta casi desgañitarme.
¡Pero si no fuma! ¡Qué hijaputa! – vociferé por último, en pleno colapso de mi elocuencia.
Perdonen este arrebato pero algo no termina de estar donde debe.


ELOTRO


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Otrerías

sábado, 17 de septiembre de 2011

El interruptor.


Llega un día en que comienzas a sospechar que alguien, en algún sitio, controla el interruptor. No tienes ni idea de quién pueda ser y por qué lo hace o para qué. No sabes tampoco desde dónde. Tienes motivos que te inclinan a entrever que el controlador puede poseer, o ser poseído, por un carácter  obsesivo y caprichoso. Imaginas que tal vez, y debido a la regular intermitencia cíclica de las órdenes, sufra de algún tipo de síndrome bipolar (ON/OFF) cadencioso y temporalmente simétrico. Barruntas que quizás se trate de la ejecución de alguna venganza ya fría, de urdimbre lejana. Te escama la inexistencia de indicios, de signos, de señales… nunca observaste nada extraño… hasta aquel día en que volvió la luz a tu mente sin que se hubiese ido previamente en la casa o en la vecindad.  A partir de  entonces comenzaste a columbrar que alguien, en algún oscuro sitio, juega con tu interruptor.

ELOTRO

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Otrerías

viernes, 16 de septiembre de 2011

hikikomori catalán



Con asombrosa obstinación, se dedican a perpetrar de manera enfermiza la última –eso dicen- versión definitiva de la obra. Desligadas cada vez más de cualquier ángulo poético y ahora ya en clara y perversa deriva porno-mecanicista, las palabras se muestran como diminutas piezas, ya émbolos, ya vainas, en constante y violento movimiento de huida y retorno: me voy, me vengo (con la opción, cielo, cariño, vida. Disponible). Ríos de palabras que, por el contrario, nunca vuelven al hogar, y que, aunque fatalmente nostálgicas, no se lamentan; que penetran y son atravesadas en excitada y autista monotonía. Y a ratos, con desconocida rabia, al grito del sublime y despreciable matasanos antisemita: “una vez dentro, hasta el cuello”.
Auto-lubricándose con colosales flujos a ritmos cadenciosos, las frenéticas y prolongadas cópulas impulsan la gigantesca y ciega maquinaria en su devastador camino, abatiendo orígenes y causas, sin –que se sepa- posean éstas aparente propósito subversivo.
Pero llegadas al inhóspito entresuelo, morada del hikikomori catalán, se contienen y se reprimen, con prodigiosa y disciplinada docilidad, justo en la linde del colapso.
Y cambian de conversación.

(¡Aplausos!, acota él.)

ELOTRO

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Otrerías

jueves, 15 de septiembre de 2011

Modelo nueva.



Todos dijimos de todo: que si tenía el perfil desdibujado, la mirada desdibujada, la sonrisa desdibujada, el rostro desdibujado, la expresión desdibujada, el pensamiento desdibujado…vamos, que más que una modelo como estaba mandado, era un pobre boceto inacabado, un simple esbozo…
-Mucho me temo que ésta vez, artistazos míos,  no queda más cojones que ponerse a dibujar; nos espetó jocosamente la seño.
ELOTRO

Otrerías

miércoles, 14 de septiembre de 2011

La hinchazón.


Poca cosa. Dieta baja en sal y mover el culo una hora, ¡por lo menos!, y procure hacerlo todos los días; me dijo la muy sonriente y campechana joven doctora. Ella sustituía, aquella mañana, al también joven aunque más circunspecto galeno titular. Me han dicho –le solté yo, comiéndomela con la mirada- que el Diente León va muy bien en estos casos. Sí, bueno, -replicó ella sin mirarme- las cosas de las abuelas, pero usted muévase, ande, ande mucho, ya verá como poco a poco deja de retener y se le va la hinchazón.
Camino de la salida y según recorría los pasillos del centro de salud me cruzaba con miradas seriamente averiadas, enfermas, derrotadas, llenas de hastío e incurablemente solitarias. Por contra, mi mente avanzaba como en volandas, ajena a tanto infortunio, en pos de una foto-fija que se había grabado en mi sistema operativo y se negaba a desocupar la pantalla virtual de mi mundo interior.
Mi cochina imaginación se lanzó babeante a fantasear libidinosamente con aquel doctorado y provocador cuerpo, lleno de curvas y revestido de una piel turgente que marcaba ostentosa y obscenamente sus inquietos pezones, caderas y nalgas; todo ello sugerentemente embutido en una  bata blanca que prometía pero no acababa de estallar y que apabullaba ordenando machaconamente: muévase…culo…deje de retener… hinchazón…
-¡Joder, qué calores!
Aquella misma tarde, obediencia debida, moví el culo, lo mejor que pude, hacia el museo. La foto-fija interior seguía allí, pero ya algo desvanecida, baja de resolución. La calorina era de no te menees, pero había que bajar la hinchazón, las dos. Y en los museos otra cosa no, pero hace fresquito. Bueno, en las salas, porque el jardín era una sartén. Pero lo que son las cosas, nada más entrar, a través de la cristalera, pude verla. Estaba en medio de la solanera, hecha un cuatro sobre el banco y como desmayada, era una imagen vítrea, como las de Antoñito, según Albertito,  en Manhattan. Salí al jardín a tocarla con mis pupilas y no, no era un sueño, aunque parecía que ella soñaba.
Inmediatamente me palpé, lo hice a conciencia, pero fatalmente allí sólo había una desmesurada  hinchazón, una vez más, la cámara pixeladora había quedado olvidada en casa. No moví el culo del ardiente banco en toda la tarde, no aparté la mirada, no recuerdo haber pestañeado, en una palabra, no recuerdo nada, ni siquiera cuándo y dónde me sumergí en aquel placentero abismo que acabó deshaciéndose.
Una mano datilera me sacudió el hombro: “Que vamos a cerrá jefe… venga… pa casita”, creo que me dijo uno de los  seguratas, el más porcino de los dos.
Camino a la calle, me sentía más pallá que pacá,  solo entreví gente apresurada despidiéndose y uniformes, muchos uniformes; debía de ser el último visitante. Me descargaron en la puerta, arrastré como pude mis hinchazones y, en la misma acera tomé un taxi. Al llegar a casa, en el portal me crucé, otra fatalidad, con el portero; recién duchado y vestido de bonito posaba el muñeco, y me dijo: don Luis me parece que ha tomado usted demasiado el sol… ¡y sin protección!… no tiene usted buena cara. A quién se le ocurre estar exponiéndose en la calle a estas horas… usted verá… pero ya vamos teniendo una edad… con lo agustito que se está en casa cuando el “Lorenzo” se enseñorea del asfalto…¡Ah!, si yo pudiera…don Luis…
No le dije nada porque no tenía fuerzas ni  ganitas. Subí en el ascensor y al abrir la puerta no le dí importancia al hecho de que cedió con solo media vuelta de llave, el resbalón. Completamente derrotado, y con media cara, la calva y los brazos quemados, me senté delante del ordenador, que inexplicablemente estaba encendido: en la pantalla brillaba una foto pixelada; no era un sueño, aunque parecía que soñaba.


ELOTRO


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Otrerías

martes, 13 de septiembre de 2011

En la mesa de al lado



Quiero mudar de estilo y de razones.
Lope de Vega




-Es la segunda vez que miras el reloj. ¿Tienes prisa? ¿Has quedado?
-No, ¿yo? No, que va. No sé por qué. Debe ser un automatismo. Un tic, yo que sé.
-Bueno… tampoco tienes que justificarte, yo solo…
-No estoy justificándome. Me has preguntado y trato de responderte. A estas alturas no sé de qué piensas que tengo que justificarme contigo. Joder…no creo que tenga que darte explicaciones de nada…hace un montón de tiempo que…
-Frena, frena… que como de costumbre te estás embalando. Ni tú tienes que justificar nada ni yo te lo he pedido. ¿Vale?. Simplemente me ha parecido que mirabas el reloj insistentemente y he preguntado; de manera que si tienes que irte por la razón que sea, yo puedo entenderlo…pero eres tú quien ha llamado… no sé si lo recuerdas… y decías que era importante que nos viéramos y sin embargo ahora tengo la sensación de que nada más verme es como si ya te hubieses arrepentido.
-Joder tía, como siempre lo estás arreglando, su poquito de buena voluntad y su chorrito de gasolina para apagar el fuego… te pones a interpretar y sacar conclusiones y…
-Perdona, puedo estar equivocada, no te digo que no, pero me da esa sensación…es que yo ahora prefiero decir lo que siento directamente sin rodeos, sabes. Sacarlo, no dejarlo dentro…Callar no me sirvió de nada. Más bien al revés. ¿Recuerdas?
- ¡Pero bueno! Cualquiera diría que no has largao todo lo que te ha dado la gana y más…¡Joder con la mudita!…pues menudas homilías…
- No grites, por favor. Nos están mirando.
- ¡No estoy gritando! Es mi tono natural, lo sabes de sobra. Y si miran que miren. Me la suda. Yo no tengo que aparentar nada. A ti, como siempre, solo te importan las formas, nunca el fondo. Ni puto caso a lo que digo, lo que importa es si el volumen de decibelios supera las recomendaciones de la UE…¡Cojones!... Y ahora ya has conseguido que no sepa ni de qué coño estoy hablando… veo que conservas intacta tu habilidad para sacarme de quicio. Vamos a ver bonita…mira… no te digo que te calles, no malinterpretes, pero déjame que te conteste por lo menos a la mitad de lo que me estás vomitando…
- Por lo que yo recuerdo, guapito de cara, cuando tuve la suerte de conocerte, ya estabas irremediablemente fuera de quicio, o sea, completamente desquiciado. Por ese lado, y por otros que de momento me callo, las quejas a mamá. Te puedo conceder que tuviera la culpa de algunas cosas, pocas, pero de esa precisamente no. Y en lo de vomitar reconocerás que me ganas por goleada, por decirlo con tu querido argot futbolero.
- Bueno, vale, me rindo… ¿Me vas a escuchar?
- ¿Y ese sobre?
- Deja eso ahora, no me interrumpas, luego te cuento…
- Como quieras…
- ¿Puedo hablar… ?
- Pero abrevia, que ahora la que tiene prisa soy yo.
- ¿Prisa? …prisa por qué, qué pasa ahora, ¿volvemos a las andadas?...¡joder! que hemos quedado con una semana de antelación. ¿Tienes otros planes para esta noche? ¿Es posible que tengas otros putos planes para esta puta noche?
- Acabo de hacerlos, capullo. ¡Entérate! Ya no te soporto, ni a ti, ni a tu tono habitual, ese al que llamas natural. He acudido a tu llamada porque creí que...pero no hay manera… ¡Déjalo! Me largo.

ELOTRO


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Otrerías

lunes, 12 de septiembre de 2011

A veces los rumores se confirman.



Contra todo pronóstico, su décima victima consecutiva no consiguió aumentar su reputación; su forma, que no su fondo, parece que ya hastía.
"¡Y que no todo en la vida es cuestión de cantidad!", se oyó proferir con evidente afán ejemplarizante en los concurridos pasillos del juzgado; por supuesto, ya con la desalentadora sentencia dictada.

ELOTRO


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Otrerías

viernes, 9 de septiembre de 2011

No hay humo sin fuego




Llegué a casa muy tarde, estaba muy cansada, no tenía nada de hambre y como de costumbre tampoco sueño. Me quedé un rato viendo la televisión, sin sonido. He leído que es lo que hacen las mujeres interesantes; procura compañía, la tele, y no molesta. Incomprensiblemente – fuera estaba nevando- hacía un calor infernal: las paredes, los suelos, los muebles parecían en llamas. Desde el sillón alargué la mano hasta el primer estante, tomé un libro al azar y lo leí. En un principio, el libro, me asustó, era sobre una mujer insomne que llega por la noche a su casa y se la encuentra en llamas. Frente a la visión del fuego ella no se detiene, no grita, no pide ayuda y como hechizada o sucumbiendo a una fuerza irresistible que tira de ella se adentra, impasiblemente, en el corazón del incendio. Me imaginé que su cabeza, su rostro, sus manos, todo su joven y hermoso cuerpo, en pocos minutos, ya no sería más que un triste pedazo de carne quemada, carbonizada. Y todo había ocurrido en silencio, como en la tele, sin sonido. Pero en el capítulo siguiente estaba más fresca que una rosa. Entonces me pregunté por qué leía esa basura cuando podía estar aprendiendo de memoria las obras completas de Elvira Lindo. No encontré ninguna buena respuesta, así que quemé el libro, apagué la luz y traté de dormir. Puse el despertador a las 6,30. Y bajo la almohada, que parecía arder, guardé las cerillas.


ELOTRO con la inestimable ayuda de R. Chandler

Otrerías

jueves, 8 de septiembre de 2011

Yo me acerco a Madrid



La cita era en el Café Unión a las siete de la tarde, le había dicho que antes no me iba a ser posible. No hay problema, -contestó- me va bien. Su tren llegaba de Barcelona a mediodía a la estación de Atocha. Me acercaré al “reina”, -añadió- ya sabes cuánto me gusta el cuadro de Ángeles Santos. Estuve a punto de decirle que era posible que no pudiera verlo; cada vez que cambian al “decididor amigüito” de PP o PSOE, lo primero que hace el listillo es trastocar las salas y sus obras, provocando un caótico tráfico entre las plantas y los almacenes. De esa manera “se trata de contar la historia del arte con otra mirada” el pobre idiota de turno cree que deja su huella en la historia del arte. Actúan como los caprichosos responsables de “sala” del “Carrefour”, reinventando los “puntos calientes” con la sal y el azúcar, ¡calcaos!, son los muy mamones.
Al final, por si acaso, no le dije nada…


 



A las cinco de la tarde la plaza del Ángel estaba casi vacía, solo algunos guiris, claramente delatados por sus pasos cansinos, su mirada implorante y su uniforme de sí mismos, cruzando en filita en dirección a  la plaza de Santa Ana y, por supuesto, el inevitable par de currelas atareados en su coqueto corralito modestamente apañado con cuatro inestables vallas de penosa apariencia y variopinto origen e ingeniosamente atadas entre sí, abriendo o tapando, siempre es un enigma, el ubicuo agujero “gallardoniano”. Y yo, con dos horas de adelanto, para tomar posiciones de la forma más cobarde que pude planear.

Elegí el Unión para evitar que ella se perdiera callejeando por Madrid; había estado varias veces aquí –me dijo- pero siempre con alguien que conocía el terreno, que ejercía de guía, y ya sabes lo que pasa. Salvo el museo, que lo recuerda justo enfrente de la estación, no es capaz de ubicar ni la Puerta del Sol. Desde el “reina” –le dije- es muy fácil llegar, subes la calle Atocha, por la acera de la derecha, unos trescientos metros hasta la esquina de la iglesia con la calle San Sebastian, una vez allí, tuerces a mano derecha y a treinta metros está la plaza y el café. Si te pierdes pregunta -le solté estúpidamente-, pero eso, aquí también, es una lotería – añadí con gracejo -. No te preocupes –zanjó ella con benevolencia- a las siete estaré allí.

Para reconocernos le propuse, en el correo, llevar a la vista el último libro de Ana Pérez –sabía que lo tenía-, con el grabado del corazón en la portada y el orientativo:“usted está aquí”. Además era adecuado por partida doble, ya que, no siendo un superventas, evitaríamos la escena de Buster Keaton en la estación con los claveles identificativos en la solapa.
Nada más entrar al café pude ver a Pablo, en su mesa habitual, en lo que mal aparentaba ser una animada tertulia de sobremesa, estaba con dos mendas que creí no conocer de nada, aunque rápidamente, cuando me acerqué, Pablo me espetó el manido “no recuerdas a mis socios” y yo, por consiguiente, hice el paripé del claro que sí. Sin embargo rehusé, ante Pablo & company, la amable invitación de sumarme al alegre simulacro tertuliano, alegando una ineludible cita de carácter privado, y señalé el maletín que llevaba en la mano; todavía no sé por qué. Tras mi excusa, pude notar nítidamente el alivio iluminando, es un decir, sus rostros. Qué cretinos, nunca lo comprenderé.
Con la tontería ya eran las cinco y cuarto, hice un primer barrido visual y dirigí mis pasos hacía la mesa, afortunadamente exenta de bicho, que previamente había decidido ocupar. Situada estratégicamente de cara a la puerta y con buena visibilidad sobre toda la sala principal. Puse buen cuidado de colocar el libro oculto en el maletín pero lo dejé semiabierto por si finalmente decidía mostrarlo.

Llamé al camarero levantando el brazo y moviendo levemente los dedos: ¡agua! Lo intenté de nuevo acompañando al gesto de un sonoro ¡por favor! y aunque resultaba evidente que me escuchó, él y toda la concurrencia con absoluta claridad, el figurín se hizo el longui y ajustándose el delantal dirigió su proa hacia el reservado para camareros situado al final de la barra. A Pablo, que es famoso por lo dejado que es con el negocio, le bastó una simple mirada con leve fruncido cejíl para que el tolili del mandil en cuestión girara de forma inmediata sobre sí mismo y con suma agilidad, no carente de elegancia e inaudita rapidez se plantara a medio metro de mis narices, con una sonrisita mitad servil y mitad nerviosa. Tuve que reprimirme las ganas de aplaudirle la faena. Era zurdo, observé como le temblaba la mano derecha, con la que apretaba en demasía la pequeña libretilla de las comandas. De la arrogante chulería al servilismo más rastrero, en unos segundos. Le pedí, por favor, un cortado con la leche caliente…cuando puedas -añadí-.
No sé de que coño se queja Pablo, un jueves por la tarde, la música en directo no empieza hasta las diez, y el aforo del café casi completo, las mesas a tope, y en la barra los suplentes esperando; un trasiego constante y la caja registradora con su mantra particular. De allí, de la atestada barra, precisamente procedían las punzantes miradas que sentía sobre mí, exhortándome, es un pensar, a levantar las nalgas y darme el piro de una puta vez.

Desde mi privilegiado minarete había controlado todos los movimientos de entrada y salida del café. Todos, durante las últimas tres horas. Ninguna mujer ni joven ni vieja, ni guapa ni fea, ni alta ni baja, ni sola ni acompañada, tenía el libro a la vista. Pensé que, quizás, también ella había tomado la precaución de no mostrarlo hasta verme a mí con mi libro. Pero rápido lo descarté, porque las pocas mujeres que entraron solas en el café, más pronto que tarde, se encontraron con sus respectivos o respectivas acompañantes. Bolsos, chaquetas, paraguas, periódicos, revistas, algún bastón, incluso una muleta. Ningún libro. Y el único solitario con mesa en sala, yo.
Las diez menos cuarto, los camareros recorren la sala, mesa a mesa, avisando cortésmente del coste y la obligatoriedad de la consumición a partir de las diez, por la actuación en directo, hoy: Tete Montoliu. Lo sentí por el maestro; aboné los tres cafés y el whisky doble. Precio exacto. Me levanté de la silla con el cuerpo dolorido y con el ánimo hecho pedazos. Camino de la salida, un poco aturdido, medio tambaleándome y con la mirada algo perdida, Pablo me salió al paso y me entregó un pequeño sobre cerrado:
- Un “viejete muy trajeao” me pidió que, por favor, te lo entregara cuando marcharas. ¿Algún problema? - preguntó sin ocultar el desinterés-
- Nada grave –creo que acerté a contestar-.



ELOTRO


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Otrerías

martes, 6 de septiembre de 2011

El pisito / Revolutionary road



Divagaciones sobre “El pisito” (1958)
de Rafael  Azcona y Marco Ferreri

Una película en blanco y negro, de un director italiano y un guionista de Logroño, que por aquellos años ya estaba doctorado en derrotas. Yo veo una película en gris, un gris subalterno, sumiso, costroso y pringoso, un gris “calcao” del Seat “1.500” de la policía franquista de los años 60. Un gris ahogado en gris y rodeado de grises. Un gris sucio que mancha y no da explicaciones. Un gris de adoquín y de “porque a mí me sale de los cojones”, con poquita gracia, con mucho “malage”. Un gris aplastante, que desalienta y derrota.


López Vázquez: “Pues me caso con la vieja…voy a ser inquilino con todos los derechos…¡¡Con todos los derechos!! ¡¡Inquilino!! ¡¡Me caso con la vieja!!“El pisito” es un retablo, parece medieval pero retrata a éste país a mediados del siglo XX, en el que figura el zoo de Madrid, bueno, la Casa de fieras de El Retiro, Chus Lampreave de mocita, los tranvías, los vendedores callejeros de castañas y de “chochitos” (decíamos en Sevilla) o altramuces, los edificios de corralas, los realquilados, los mutilados de la guerra y de la paz, un cojo desquiciado con muleta y muy ufano de lo bien que corre, la entreplanta de la cafetería Manila, creo, de la Gran Vía, las Cuevas de Sésamo: lo más parecido a París que había en Madrid, las concurridas salidas de misa, los jefes “negreros” y ripiosos; “señores ha llegado el momento de ingerir el alimento”, los currantes amenazantes; “Como me salga bien lo del circo, a este negrero lo dejo más plantao que una estaca.”
Y los callistas, el vino “agüao”, la Quina Santa Catalina, el anís, el coñá y los polvorones; las “orquestas de señoritas” como en “Con faldas y a lo loco”…bueno, es un decir.
Mary Carrillo: “Es la ocasión de que los niños de mi hermana salgan, tomen el aire…tú vete a empanar los filetes…el coche está pagao ¿no?...pues todos al cementerio…”.Me pasé toda la película acordándome de Gila…


Y curiosamente, de Leonardo DiCaprio y Kate Winslet y de la película de Sam Mendes: “Revolutionary road”.
Me explico. La novela de Richard Yates en la que se basa esta película, está situada en Connecticut, en una zona residencial, en los años 50. Aquí no hay “corralas” ni realquilados, sí hay gris, pero es en technicolor. Aquí las necesidades “primarias” han sido holgadamente superadas, DiCaprio no quiere ser inquilino, no está obligado a casarse con una vieja “con contrato de inquilina” para evitar que lo pongan de patitas en la calle; es propietario.
Posee trabajo, casa, coche, esposa e hijos y amante. ¿No le falta “dená”? Leonardo y Kate viven (también) en los años cincuenta, sí, pero en otra galaxia.


Es una galaxia en la que, sin embargo, existen graves dificultades de relación y comunicación, en la pareja, en la urbanización, en la empresa, (viene a cuento ahora una escena que me parece magistral en “El pisito”, cuando José Luis y Mary van en el autobús a ver pisos nuevos en las afueras y hay allí una madre sentada con su bebé en brazos y prácticamente todos los pasajeros le preguntan por el niño y hablan entre sí e incluso advierten al que lleva la barra de hielo en el hombro, que ponga cuidado que no moje. ¡Que grande era el de Logroño! ¡Que pintor de galaxias!). Trata de una pareja que (también) sufre una profunda decepción ante la vida, ve como van pasando los años, el hastío los acosa y sus sueños siguen sin poder realizarse. La realidad (también) les ha limado el inconformismo juvenil, se han dejado atrapar (también) por las restricciones (ratoneras) sociales, los han (también) doblegado, “nos estamos volviendo como todos los demás”, alcanzan a ver sin auparse mucho.


Hay una frase que suelta DiCaprio, en su mesa de trabajo dirigiéndose a su amante ocasional, que es muy ilustrativa (y que nunca podría pronunciar José Luis, en su galaxia) : “Saber lo que tenemos, saber lo que necesitamos, saber de qué podemos prescindir: eso es control de existencias”Según el novelista de Nueva York, las parejas “de Connecticut” están condenadas a malgastar sus días. Según el guionista logroñés las desdichadas parejas celtibéricas reciben los días, ya usados, ya gastados.
“Lo peor que se puede hacer en la vida es vivir una mentira” dijo Richard Yates. Nosotros sabemos hoy, Azcona mediante, que la falacia puede ser peor, mucho peor, bajo el miserable gris de una dictadura fascista.


ELOTRO


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Otrerías

lunes, 5 de septiembre de 2011

Improbables diálogos (4)




ELLA
Te das cuenta que son precisamente los señalados como más “sabios” de entre los “mortales” los que pierden el culo por conquistar  la “inmortalidad”
ELOTRO
Me doy… me doy cuenta, pero es que tengo entendido que van predicando por ahí que su sabiduría  “no es de este mundo”
ELLA
¿Y su culo?

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Otrerías

viernes, 2 de septiembre de 2011

Pequeño manuscrito encontrado en Moratalaz






(garabatos ilegibles)… Después de recibir en su trasero algunos suaves fustazos, madame, algo azorada, hizo varios remilgos, bufó, apretó los puños y rugió… luego, fingió vacilación y contrariedad. Tras unos escasos segundos en los que examinó con gravedad el asunto… (parecía evidente que se había quebrantado su aplomo ordinario)… llegó por fin a la conclusión que comunicó de inmediato al adusto y cejijunto cochero: “Juzgo señor mío  lo más aconsejable acatar por mi parte los designios, sin oponer la más leve resistencia, del caprichoso destino. Es por tanto que tengo el placer de comunicarle que dejaré hacer con absoluta complacencia, sin reparo y al modo y manera que el señor juzgue más conveniente. En esta, no por inesperada menos prometedora circunstancia, me parece que tal decisión resultará de lo más gozoso para todas las partes implicadas en este avatar. Estimo que así debe ser dada la enorme, desequilibrada y afortunadamente incorregible correlación de fuerzas realmente  existente; es, sin asomo de  duda, usted,  señor mío, quien posee el absolutista poder que legítimamente otorga tanto la castigadora fusta como  el enorme y membrudo mango, atributos ambos a los que servidora, y usted lo debe como poco sospechar, profesa antigua e inquebrantable devoción,- mire cómo se me pone el vello-, y ante los que  se volverá a inclinar sumisamente las veces que haga falta… ¡Faltaría más!.

Y, ni que decir tiene que, tratándose de un bigardo tan guapetón como usted  -me estremece solo pensarlo- con muchísimo gusto además. Por último, y si me lo concede a modo de modesta sugerencia y sin pretensión alguna de desmerecer otros cachivaches, me arrebata especialmente, anótelo, el fiero y vigoroso mango…ésa, sir, es mi secreta preferencia… ¿por qué callarla?…Déjeme que le diga, sir, que me he pasado tres cuartas partes de mi vida matrimonial (un porrón de años) sofocando las fogatas que me quemaban, pajeándome, culpable, sí,  por los oscuros confines de mi  cama… y sin embargo nunca dejé de  hacer grandes esfuerzos por parecer alegre ante los demás; Mas… ¡Un buen cacho de mango y los dulcísimos tormentos que suele infligir, ¡Oh!... esa es mi  fantasía favorita, la que más me podría contentar...¡la que me pone como una perra!...la que me pierde… ¡prométame brutalidad y desmesura!...esa sería la cumbre de mi dicha…(como no conseguía dominar los latidos de su corazón, lo dejó desbocarse un poco) …en fin, señor cochero –miró al suelo, estaba congestionada y como abatida- por mis partes ni una palabra  más, y, si es su deseo aliviarse, arremeta, sir, cuando guste…



-Levante esa cabeza, madame, y no se me desanime –dijo el cochero poniéndole distraídamente la mano en el culo y apretando la nalga con fuerza-, francamente la felicito, ha sido un discurso muy conmovedor, más que fogoso yo lo calificaría de ardiente y desde luego altamente estimulante, pero, permítame indicarle que a todas luces innecesario, al menos para cualquier veterano miembro, con carnet al corriente de pago, del selecto “Gremio de la Fusta”. Además, todo el mundo sabe que de las treinta y cinco especies de cocheros que se conocen, tan solo tres o cuatro practican la fornicación furtiva con damas de cierta alcurnia (lo que viene siendo gente fina, para entendernos). Y aún así -se interrumpió para obsequiar a la madame con un sonoro beso en la nalga derecha- atacan menos a las señoras que las señoras a ellos. Lo cual, dicho sea de paso,  no tiene por qué resultar en mi caso particular, óbice o impedimento para aceptar gustosamente su atractiva invitación… (dijo esto mientras una deliciosa y creciente excitación se apoderaba de él) en cualquier caso, madame, posteriormente le enviaré mis honorarios… no se preocupe, será una cantidad exorbitante…y sin más preámbulos chorras…


-Madame quedó en pelota picada en un santiamén-
…(garabatos ilegibles unos y no reproducibles otros)…
…Venga aquí, yegüita…no me vaya a coger un catarro…(le ordenó mientras se desabrochaba los pantalones.)
…(garabatos ilegibles)…
…Vaya despacio, cielo, y no sea ansioso…
…Anda ladrona, come y calla…y otorga…
…¡Oh, qué guasón es usted!...
…(garabatos irreproducibles)…
…¡Sujéteme, sir!…¡Sir, suélteme!...
…nena, no mareemos…
…¡Sir!.........
…¿Y ahora qué…?...
………¡SIRRR!........
…Y dale…
…¡Sir, me voy……………(*)”

(*) Y, de momento,  esto es todo amigos.

ELOTRO 

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Otrerías

jueves, 1 de septiembre de 2011

Hoy he visto siete Grecos…



-Ha sido un día agotador en el curro, pero vengo contenta. Faltó “Fendetestas”, ya sabes, el enano patizambo…

-…

- El que se casó en Soria… ¡el Wenceslao!... ¡joder!...¿no caes?... ¡el Vence…tío…el Vence!...

-…

-¡Mil veces te habré hablado de él!... para mi que cuando te cuento mis cosas no me haces ni puñetero caso… siempre hay que leerte la ficha completa, joder…

- Venga chati, no te pongas interesante…cuenta…anda…cuenta…

-Pues eso, llamó su mujer, “la Botero” a las 8 en punto: “fiebre alta, escalofríos y malestar general, que lo ha intentado, que ya sabemos como es de cabezón, pero no ha habido forma, estaba muy debilitado, se le aflojaban las rodillas; ni de pié se tenía.”(A través del iphone se escuchaba, de fondo, el rumor de las olas cántabras, tan tranquilas ellas.) “A ver si mañana está mejor y pasado se reincorpora. Ah, que dice “Lao” que lo siente y que os sea leve. Hasta el miércoles. Reparte besos por ahí.”
Tres días a partir del lunes, lo normal. Y claro con su puesto cerrado, la cola que se me ha formado ha sido el doble de larga, sin exagerar.
He visto desfilar, enmarcados por mi ventanilla: Siete Grecos, tres Riberas, doce Rubens, un Balthus, quince Meléndez, media docena de Sánchez Cotán, dos Castelaos, veintitantos Goyas y un Morandi; éste, extraordinario, de rasgos magníficos, muy delicado y sumido en esa atmósfera de serena ingravidez, como solo  el solterón de Bolonia conseguía. Al Morandi le he dicho: Vuelva usted mañana, porfa.

-…

- Cielo, ahora que lo pienso… ¿Morandi, pintó retratos?

- ¡Morandi!, ¿Quién coño es Morandi?

-…


ELOTRO

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