Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

viernes, 9 de diciembre de 2011

Pero si yo no…








Todo apuntaba a que le estaban acechando, esperaban la ocasión, pero, ¿por qué a él?, se preguntó sin mucho énfasis. Bien, eso, reconocía, de momento es un misterio, pero sobre el hecho de que acechaban no había duda, sobre todo viendo el descaro con que procedían. ¿El vigilante vigilado? Trató de reflexionar, con calma y de forma más precisa, sobre la existencia de posibles motivaciones o razones que explicasen el cerco de observación y control al que estaba sometido y pronto comprendió que existir, valorado desde el “presumible” punto de vista de ellos, existen, y en gran número, además. Uno va dejando de forma descuidada y a la larga harto imprudente, huellas, miguitas y rastros indelebles y delatores de sus actos y pensamientos sin reparar en el  grado comprometedor que en ciertas circunstancias puedan llegar a tener. Lo damos instintivamente por sabido, pero olvidamos con demasiada frecuencia que ellos lo anotan todo escrupulosamente, (aunque no, y permítaseme el dato,  con la dedicación franciscana con que lo hacía Luciano, además sin ánimo de lucro, en la plaza de su pueblo) y conservan a buen recaudo (cada día me gustan más las frases hechas, los lugares comunes y los tópicos, y además y como dijo aquel: “escribo como me da la gana, sin preocuparme de contentar a nadie”) todos los datos, hasta los más anodinos, por lo que pueda pasar, se entiende. Porque ellos saben que, en casi todos los casos, tarde o temprano, pasa. Y es entonces cuando se ven obligados, vaya por dios,  a tirar de historial, que es casi lo mismo que tirar de faca.








Desde el mismo minuto en que fue consciente de la que se le venía encima, le resultó imposible resistirse al empuje de aquella convicción. Y, por otra parte, nada le hacía pensar que aquello se debiese a un error o una simple bufonada organizada por algún colega. Era sin duda, concluyó, un asunto para tomar en serio, parecía increíble, pero le había tocao. A renglón seguido, dejando de lado cualquier resto de desaliento y visiblemente dominado por cierto eufórico nerviosismo, se formó el propósito de enfrentarse con resolución a esa  inquietante e inminente agresión. Él sin embargo confiaba, aunque ahora con la mosca zumbándole detrás de la oreja, en que más adelante, todo se aclararía de forma favorable. Bueno, este tipo de reflexiones, reconocía, eran una forma balsámica de mentirse un poquito a sí mismo. Como decía el solitario paseante, “¡Qué fácil es decir algo que no se ajusta a la verdad!”. De momento, y hasta poder obtener pruebas irrefutables o que lo fuesen difícilmente, convenía no comentar nada a nadie.
Ni una sola palabra a nadie, ni siquiera a ella. Y recordó entonces, que en su dilatada experiencia profesional no era infrecuente que fuesen “ellas” las autoras del “señalamiento” o las instigadoras o las principales “delatoras”. Ellos, por otro lado,  siempre podrían, a la vez que ejercían su papel de verdugos justicieros, solucionar de camino algún que otro obstáculo en la felicidad de cualquiera de los componentes “esposados” de la otrora “feliz pareja”, ya tristemente escacharrada. ¿Explicaría esto el saqueo de las amarillentas y pegajosas páginas de los álbumes de fotos y la prolongada ausencia, habían transcurrido varios meses, de “ella”? Prefirió analizar esos datos más adelante y no precipitarse en esa amarga hipótesis.






En el futuro, era inexcusable mantenerse atento ante cualquier señal y procurar ir más allá de las simples apariencias. Se imponía, se lo dictaba su experiencia, tomar sigilosamente la iniciativa. No se debía posponer una permanente y concienzuda contra-vigilancia, no era aquel el momento oportuno de repanchigarse y sestear en el confortable refugio subterráneo mientras allá arriba el destructivo ciclón pasa arrasando. Estamos tan embrutecidos, se dijo,  por las rutinas diarias que nuestra capacidad de percepción se embota, se aletarga y se insensibiliza, perdiendo de ese modo la disposición de sentir o captar cualquiera de esas señales que están en el aire, en la realidad que nos envuelve con su perfume narcotizante. Sobre todo aquellas que podríamos calificar de baja potencia, las variaciones sutiles, las que anuncian las mutaciones que se avecinan; esas que nos podrían alertar con suficiente antelación del futuro sobresalto, de la traición, del susto o del chasco, (lo había comprobado innumerables veces desde la trinchera opuesta, sí, sí, la del optimismo, la alegría, la paz y la felicidad familiar) esas señales que toman la delantera y se adelantan unos minutos hacia el destino. Nuestro ignoto y escurridizo destino. Son esas las únicas llamadas que nos permitirían ponernos con antelación en guardia, contra lo inapreciable, lo intangible, lo mínimo, y evitar así una más que probable futura derrota sin paliativos, en esas condiciones de indefensión. Son estas revelaciones las que  hacen que te pique la curiosidad por las cosas más triviales e insustanciales, ¡en apariencia!
Que no pasa nada, nos dicen. ¡Noniná.!






Su mente se lanzó, a gran velocidad, a repasar los acontecimientos de los días precedentes. Seguro, se dijo, que hubo avisos, pero andaría como de costumbre  con la cabeza a pájaros, a remolque del despiste reinante, (por otro lado masivamente inducido en la trinchera de los legales, la del sector vigilante) y me pasaron desapercibidos.  Si lograba reconstruir los hechos “fuera de norma” acaecidos al menos desde unas semanas atrás, quizás podría aventurar alguna explicación racional sobre aquel amenazante, perturbador e irritante estado de cosas. Por extraño que parezca, un vigilante consumado no tiene ni la más repajolera idea de lo que pueda significar no solo sentirse sino estar vigilado. Los blandengues simulacros perpetrados en  la academia durante el periodo de formación no se acercaban siquiera a una ficción verosímil para la mente de un menor de doce años. Y, por otro lado, la imposibilidad “constitucional”, apuntalada por los consabidos motivos de seguridad nacional (el viejo truco sigue funcionando), de “conocer” el porqué, tanto de las vigilancias, como de los internamientos perpetuos o las desapariciones, impiden que los propios vigilantes, o cualesquiera otro agente de los numerosos y, desconectados entre sí, cuerpos de seguridad, puedan interpretar de forma certera qué normas o reglas han sido “en concreto” violadas por el súbdito “señalado” y sujeto a control. Es decir, saben lo que hacen y contra quien lo hacen pero no por qué lo hacen. Por supuesto también se desconoce la suerte que pueda correr “el transgresor” tras el preceptivo periodo de seguimiento y vigilancia y el culminante informe final y confidencial. Por todos lados nos rodea, observó, la sempiterna ignorancia de los porqués. “Dejen de preguntar, es mejor que no lo sepan, no lo pueden entender y solo van a conseguir preocuparse aún más”, aconseja el catecismo oficial. “No queráis saber más de lo que debáis saber” nos dicen que decía san Pablo. Y este conjunto de reglas incontestables que conforman el sacrosanto manual, convierten, bonitamente, el sistema en infalible. O casi.





Y en esas se desató su furia: ¡Ellos sugieren las preguntas y, quién si no, Ellos sugieren las respuestas! ¡Y fuera de sus sugerencias todo es ilegal! ¡Maldita sea, exclamó para sí ante tamaña epifanía, pero si resulta que lo siguen teniendo todo amasao y bien amasao!
Su aparición, la de ellos, tras el violento asalto definitivo, en el que por cierto exhibieron una impericia bochornosa, resultó de lo más desconcertante. Pero no para los asaltantes, a pesar de que no pudieron encontrar ni un solo libro con el que montar la fogata preceptiva, salvo la edición oficial encuadernada en polipiel y grabada en oro del que cagó el moro, de “Camino”, obra cumbre del señor marqués, claro está. El uniforme que vestían, entre irrisorio y grotesco, les confería una pinta indecorosa, más propia de empleados de alguna funeraria de provincias que de componentes de un intrépido pelotón de asalto. Observó, no obstante, algo familiar en la excesiva intensidad y duración a la hora  de los reglamentarios  destrozos gratuitos y en la no menos prescindible, ruda y grosera prosa cuartelera con que trataban de intimidarle; pero no fue capaz de poner en pie el qué, para no variar. Se tocaban la cabeza, o más bien se la apretujaban, con un casco similar al que lucían los bomberos del siglo diecinueve y que aparentaban quedarles demasiado pequeño, lo cual quizá podría explicar lo de los ojos saltones y sus rojizos y congestionados rostros; calzaban unas botas de caña demasiado altas y absolutamente inadecuadas para poder moverse con agilidad y algo de gracia, no digamos para en caso de necesidad, salir corriendo, para eso mejor les hubiese ido con unas chanclas. Y sobre el bolsillo superior derecho del ridículo uniforme, llevaban ostentosamente bordado en color rojo, lo que parecía un código o matrícula que paso a describirles: de izquierda a derecha, primero figuraba una efe, luego un cuatro seguido de un cinco y por último lo que parecía un uno.
Y no, por favor, evitemos las tediosas especulaciones esotéricas, nada que ver con poderes ocultos en el más allá, las ridículas supersticiones o fraudulentas brujerías de feria. Cuando se juntan, o si prefieren, yuxtaponen, la literatura, el cine y la televisión: pocas bromas con el medio, el mensaje y el Gran Hermano.
En eso me dormí. (Logró garabatear a duras penas.)
-Salvando los cuatrocientos golpes, la obra de este hombre envejece mal, muy mal, me susurró ella, que tampoco estaba contenta con su aparición en el relato, cerca del oído.

ELOTRO

***

No hay comentarios:

Publicar un comentario