miércoles, 28 de diciembre de 2011

No seamos maximalistas...





El premio Nobel, hoy por hoy, lo descarto. Hay que ser realistas, no parece que me estuviera destinado, hay que saber perder. Además no debo entrar en lastimeros dimes y diretes sobre ciertas zancadillas, cuchilladas, trampas, celadas y ciertos oscuros porqués. No es mi estilo entablar batallas que no pueda ganar o al menos rebañar algo. Y, a qué negarlo,  tengo otra razón de peso: me han hecho saber que si abro el pico sanseacabó. ¿Por qué, podría preguntar en voz baja, es tan importante que yo calle? No es que conozca secretos de estado, pero, claro, ciertas “revelaciones” podrían dar que pensar a más de uno del otro bando. Pero, seamos sensatos, si tu único enchufe con la “teta del estado” te dice que son lentejas o nada. Pues lentejitas y no se hable más, jefe. Ahora bien, no seamos maximalistas, el Nobel o el marquesado, no lo son todo en esta dura vida de genio infravalorado de la literatura. Sin ir más lejos, llegar a ser un escritor conocidillo con su pequeño círculo de admirador@s y que de vez en cuando incluso folla, ¡sin pagar!, con algun@s. Y que vive  hastiado (frente a la galería) de tanta comparecencia pública, y de la asistencia a cócteles de garrafón y canapiés, y de disfrutar de las generosas regalías y dietas de las universidades de verano y ayuntamientos de las cuatro estaciones; de figurar, poniendo el consabido cazo, en jurados provincianos y de impartir conferencias o charletas y participar en mesas redondas (que las muy díscolas nunca lo son) entre otras sinecuras y canonjías…eso, y sobre todo, y no es por presumir, a la vista y el peso de  la estulta competencia, ¡francamente!,  ¡francamente!,  ¡francamente!,  lo veo al alcance de mi culo, digo de mi boca, digo de mi pluma.

ELOTRO

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