Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 13 de diciembre de 2011

El fornicio con Dolores








A primera vista la mayoría de nuestros actos cotidianos solemos considerarlos como de poca importancia. Los repetimos mecánicamente cada día, lo sabemos de memoria todo sobre ellos. En algún sitio leí que, incluso el cerebro, ante lo repetitivo de estas tareas, acostumbra a delegar en el cerebelo, en quien confía para despacharlas sin dificultad, de manera que él, libre de esas minucias, pueda concentrarse en exclusiva en lo extraordinario e importante.
No sé si esa será también la actitud de aquellos cerebros que pueblan las cabezas de las gentes con vidas sustancialmente más vulgares e insustanciales, en las que tanto lo extraordinario como lo importante, por lógica, suelen brillar por su ausencia o en todo caso, hacerse más de rogar.
Estas cavilaciones me llevaron a pensar en los mecanismos del reparto de curro entre los cerebros y los cerebelos según el grupo o clase al que pertenecen por nacimiento.





En el caso de esos individuos, uno mismo, cuya vida diaria no es más que un repetido y anodino ir y venir, pringados usualmente en actos corrientuchos y ordinarios, no parece que, el oportuno cerebro al mando, tenga fácil encontrar una coartada mínimamente plausible como para endilgarle el “alienante” trabajo a su correspondiente cerebelo. Y nada nos induce a pensar que sus relaciones puedan regirse de acuerdo a los parámetros conocidos (Capital / Trabajo) de la “demodé” lucha de clases. Mucho me temo que en estos casos  lo que  funciona es la subordinación jerárquica pura y dura, o sea: ¡no es una petición, Rebolledo, es una orden!
De todas maneras abrigo serias dudas sobre la actitud “obediente y sumisa” del cerebelo: no creo que se limite, de suyo, a acatar ciegamente. Creo que en más de una ocasión, discrepa. Y lo hace notar. Pienso que no es del todo dócil, aunque no afirmaría que  llegue a rebelde. ¿Cómo explicar algunos olvidos inexplicables? Lo que se ha hecho mil veces bien, ¿por qué de pronto se hace rematadamente mal? De acuerdo que las relaciones cerebro/cerebelo no son equiparables a las leyes que rigen en las contradicciones antagónicas de clases, pero ciertas acciones huelen indudablemente a “sabotaje a la producción”. Demasiados platos rotos (casi media vajilla) en fechas próximas al 1º de mayo. ¿Casualidad? Demasiados olvidos: Las salidas desde la autovía hacia la fábrica no han variado en los últimos diez años, ¿Cómo es posible que se despiste y se pase de largo, sabiendo que el próximo cambio de sentido está situado, ¡desde hace diez años!, a 15 kilómetros? Acaso no es cierto que la fuerza del cerebelo es la fuerza de la costumbre. Y si esto es así, ¿Son pocos diez años de costumbre? Necesitará mi señor cerebelo, pregunto, un croquis para llegar a un puesto de trabajo que no ha osado moverse de su sitio en los últimos diez años. No respondan, sé que, visto en otros, es para troncharse de risa. Pero créanme si les digo que estos contratiempos me están resultando enormemente  costosos. En los últimos días  ya me han tildado, mis jefes,  más de una vez de “descerebrado”, y claro, no están las cosas como para ponerse a dar explicaciones sobre el reparto de papeles cerebral en la época del capitalismo tardío.  





Voy a añadir una bobada más, que pienso que viene a huevo, con el objeto de rematar mi estólida tesis. Se cumplen ahora unos diez años de mi última aventura amorosa seria (en la que llegué a mojar, se entiende). Ella decía que era escritora aunque ejercía de periodista del corazón en un puticlub de la carretera de Valencia. Pero no se confundan, era una mujer muy cerebral. El caso es que al hilo de este asunto de la distribución del trabajo entre cerebro y cerebelo, recuerdo que Dolores, que así se llamaba la elementa, tenía un comportamiento muy peculiar a la hora del fornicio. Era una especie de distanciamiento brechtiano mezclado con una rigidez expresiva de matrioska y entreverado de una frialdad marmórea y una textura de lija del nº7. Este coctel, libado durante algunos meses, llegó a producirme un daño irreparable en eso que podríamos llamar “mi pulsión sexual” y cuyas graves secuelas aun sufro en silencio. Al cabo de un tiempo prudencial, en el que pude aguantarme las ganas de estrangularla a duras penas y durante el que cimenté la convicción de que estaba ¿follando? con una autentica autómata, no pude o no supe callarme a tiempo y le espeté:
-tía, ¿tú qué?
-Yo ná, -contestó-, si lo dices por lo del folleteo, es que, contigo, lo hago con el cerebelo, ¿me entiendes?
-No te voy a entender, le dije, pero esas cosas se avisan, tía, y me traigo los crucis. Para que mi cerebro no se aburra mientras. ¿Mentiendes?

ELOTRO

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