Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

lunes, 19 de diciembre de 2011

El conferenciante.








El escenario, la sala principal de la “Obra”, a rebosar como de costumbre (conviene recordar que como muestra magnánima de tolerancia para con los menos adictos, en esas fechas ya no era requisito obligatorio para  los asistentes tomar el agua bendita o persignarse).
Allí se dio cita, una vez más, toda la flor “innata” de la ciudad, lo más selecto de las fuerzas vivas de la comarca, toda la gente VIP y algunos ejemplares de otras subespecies. A la garantía que tradicionalmente ofrece la muy pía Fundación Emprendedores de Obras de la “Obra”, como patrocinadora del acto,  se sumaba el bien ganado prestigio del conferenciante. Un joven políglota (latín y esperanto a nivel medio) y soltero (repeinado hacia atrás, engominado, traje gris, camisa blanca y corbata azul), un experimentado y aguerrido soldado de la “Obra” (se rumorea sobre un inminente y merecidísimo “ascenso”), y por cierto, pieza muy codiciada por las impacientes jóvenes casaderas y sus ávidas mamás, hembras éstas siempre atentas y predispuestas al aplauso unánime y la admiración de las “piezas” emergentes y eminentes. Nuestro hombre poseía además las mejores referencias académicas y una muy acreditada erudición escolástica en todas las ramas del saber tradicional y, sobre todo, en la doctrina católica. Era la encarnación de un impecable triunfador, un hombre surgido del “aparato”, un victorioso trepador. Sus intervenciones, siempre respetuosas con la más estricta tradición, resultaban de un nivel altísimo y un gran calado espiritual; además eran un prodigio de legibilidad, (que se le entendía todo muy clarito, quiere decirse)  nada de  abstracciones paganas ni moderneces evolucionistas. Y, por supuesto, sus charlas eran dictadas invariablemente en nuestra ancestral, sobria y cristalina lengua, en la nuestra, (ya me entienden, nada de dialectos tribales) la de toda la santa vida.








Pero las cosas estaban por torcerse. El brillante conferenciante, a mitad de su discurso, hasta entonces perfectamente encarrilado, se notaba, a sí mismo, suelto, demasiado suelto, quizá. Empezó a acalorarse visiblemente y, en medio del sofoco, a sentir el típico sudor frío de cuando algo te está estrujando y retorciendo las tripas y por las mismas te coloca el estómago boca abajo. A renglón seguido debió de sufrir un agudo pinchazo en algún punto crucial del  abdomen, lo que le obligó a  doblarse violentamente sobre su propio vientre (por muy poquito no se sacó un ojo con el crucifijo que presidía el atril)  y seguramente le provocó la que sería primera pérdida de masa fecal. Nada, ya les aviso, para lo que estaba por llegar. Miró a su alrededor espantado por el desastre que se mascaba. Se siente abochornado ante la vorágine de acontecimientos que empiezan a sucederse fuera de su control, necesita recuperarse, volver a respirar con normalidad, se dice. La lengua pastosa se movía por una boca seca, arenosa, la visión algo nublada, indicios de mareo, las manos húmedas: creyó incluso padecer síntomas de taquicardia. Nerviosamente se aflojó la corbata y se desabotonó el cuello de la camisa. Se veía absorto en la contemplación del drama, como desde fuera, pero estando dentro, no sé si me entienden, en fin, una situación rara, rara, rara. ¿Sería víctima, se preguntaba desconcertado, de una percepción alucinatoria? ¿Acaso de un encantamiento? ¿Una súbita ofuscación de los sentidos?
Estaba abatido, “esto no podía estar pasándole a él”, era la frasecita que veía circular, con estrellitas pintadas de purpurina intercaladas y en sesión continua por delante de sus ojos, tal y como suele ocurrirle a un accidentado dibujo animado. Con creciente agobio percibía en su interior  que el mazo de folios de su conferencia, un taco macizo,  un compendio apretado formado por  multitud de  elementos (axiomas, consignas, y moralejas hábilmente emboscadas y entrelazadas con  las fábulas, parábolas, bulos y milongas habituales), perdía su solidez y comenzaba a  descomponerse y fragmentarse en minúsculas partículas, y, a continuación, cada partícula se subdividía en otras que se multiplicaban exponencialmente y de forma descontrolada. No se libraron de este putrefacto proceso de metamorfosis ni siquiera las chuletas de apoyo, con sus escolios y observaciones que había guardado el charlista, como era su prudente costumbre,  en la faltriquera.








La repetida práctica de la disección ideológica y doctrinaria, experiencia por otra parte que puede llegar a ser gratísima en sí misma, tiene esas cosas. Al diseccionar un mecanismo vivo, no un esquemita teórico sobre el papel, trajinando y trasteando en el interior, en las mismísimas tripas y en plena función operativa, pueden ocurrir esos lamentables sucesos. Y es que la vida real, no digamos ya la auténtica, en ciertos niveles y en los otros también, hiede, apesta de un modo atroz.
Tras las primeras señales alarmantes, (sigamos con el relato), comenzó a manifestarse con descaro, de cara a la audiencia, el nauseabundo desastre. A velocidad de vértigo, aquel enrarecido puré, (a saber: mantecoso y algo caldoso condimentado a base de  tropezones muy menuditos y media cucharadita, de las de Uri Geller, de frases, palabras, morfemas, fonemas, doctrinas, mensajes subliminales, tergiversaciones, falacias, consignas y moralejas rancias, procedió (no perdamos el hilo) a escurrirse de manera avasalladora y en espiral descendente por el angosto canal hacia su desembocadura natural: el mismísimo ano del joven orador, que de esta manera quedó constituido, tras haber sufrido una brutal dilatación, en “el gran vector” o, si gustan,  “la madre de todos los vectores” de pura mierda que en el mundo han sido.








Antes de que el desdichado vocero pudiera hacerse una idea exacta de todo lo que le estaba ocurriendo, sintió cómo se le iba la vida, casi literalmente, de manera torrencial por el mismísimo sieso. “Fíjate la que está expeliendo el tío…” cuchicheó escandalizado algún oyente finolis, sin duda  fascinado por la desmesura de las excreciones.
Un incontenible y  copioso flujo de porquería mucosa inundó con suma rapidez, (ya se sabe que un solo caballo berberisco corre más que cien frisones) el solemne salón de actos de la “Obra”. Toda la nave se convirtió en una gran pocilga. La mierda cayó generosamente como un gran maná. Simultáneamente,  en un ambiente donde hasta entonces había reinado un más o menos soportable olor (a viejas maderas de roble, sotanas pringosas, cera requemada, repollo,  naftalina, sudores y orines secos, ambientador de limones salvajes del caribe  y colonia barata), un hedor inaguantable se apropió de todo, lo animado y lo inanimado. Si se escribe que el pestazo que aleteó en el aire era insoportable, se dice bien poco. El olor a dogma viejo, a fanatismo oscurantista instalado en todas las narices y sus respectivos sistemas olfativos, resultaba insufrible. Las partículas odoríferas saturaron los epitelios olfatorios y colapsaron todos los quimiorreceptores presentes. Se desencadenó una verdadera, bueno casi, conmoción cósmica, la pestilencia se adueñó del espacio y grabó en los rostros de los escogidísimos asistentes, (y algunos tarugos difíciles de identificar) un gesto unánime, una auténtica pintura de guerra,  que los conjuraba en torno a una absoluta certeza: el de la grandiosa diarrea iba a ser descuartizado como castigo ejemplar, no se podía consentir aquella  intolerable agresión.








Aunque hubiese querido alegar, que no alegó, alguna disculpa para abandonar la sala, ya no había tiempo. Ni escape posible. La primera capa de mierda que se extendió por la sala, y que alcanzó más de un palmo de altura, se había petrificado en un santiamén. Todos los presentes quedaron atenazados,  literalmente pegados, inmovilizados,  en el lugar que ocupaban en el momento de la inundación. Con los pies clavados a la tarima, una corteza blanda y grumosa les subió poco a poco y los ciñó, a los más bajitos, hasta las ingles; trataron estúpidamente de defenderse a manotazos pero solo consiguieron pringarse aún más las zarpas. Nadie pudo librarse de la garra inexorable de la mierda. Más de uno, los que habían frecuentado la mitología pagana, se acordó de las aladas sandalias de Perseo.









Las primeras bancadas, ocupadas mayoritariamente por la “crème de la crème” reaccionaron mal, muy mal. Empezaron a comportarse, con un fanatismo propio de  mandingas u hotentotes que  alcanzó extremos impensables de degradación: como auténticas bestias, se podría decir. Menos disparos de arcabuces hubo de todo. Se ve que, en su cercanía física, habían sufrido un impacto de gran potencia, por tierra y por aire, sólido y gaseoso, y por tanto, mayores daños en su ya de por sí hipersensible sistema nervioso. Se mostraban espantados, conmocionados, enajenados, pasmados, eran incapaces de asimilar lo que estaba sucediendo ¿les engañaban sus sentidos? Gesticulaban y vociferaban como si fuesen auténticos endemoniados o herejes atados al potro de tortura. En medio de un gran estruendo emitían estentóreos aullidos de pánico y horribles alaridos amenazantes. Más de uno vomitó compulsivamente, mezclándose entonces la colosal mierda de la ponencia con sus propios devueltos.  Algunos y algunas caían fulminados, allí quedaban, no había tiempo para contemplaciones, además, ¿qué se podía hacer estando presos de la mierda petrificada?
El griterío era ensordecedor. Algunas damas, víctimas de la angustia y la congoja, parecían haber quedado en estado catatónico. Las que no, aunque su estado también era deplorable, las piaron de lo lindo. Se extendió “urbi et orbi” el uso del lenguaje inapropiado. A nuestro hombre le llovió una tempestad de improperios. Que si marrano, que si ese cabrón al paredón, que si tú sabes cuánto vale éste traje sastre que me has “desgracio” maricón, que si no te ejecuta el calzonazos de mi marido te voy a dar yo misma una tunda que no te va a quedar un hueso sano, so cerdo, que si te voy a partir el cráneo, que si te voy a matar despacito y con mis propias manos hijo de la gran puta. Y de ellos, los machos, el que menos, que le iba a cortar los cojones y metérselos por el culo hasta sacárselos por las orejas. La expresión y el colorcito de algunos semblantes parecía anunciar una inmediata entrada en síncope de sus  propietarios. Y de los de la sotana mejor no hablar, su riqueza de exabruptos y blasfemias solo es explicable, y en parte disculpable,  por su destacado papel en el sacramento de la confesión. Y su acreditado espíritu sanguinario no es un secreto para nadie, fieles o infieles, a lo largo y ancho de todo el orbe desde hace más de dos mil años. Sin ninguna mesura, ¡a lo loco! ¡a lo loco!, su confesor le increpó relatando a voz en grito todos sus pecados. Algo, poco,  se oyó de cierta inclinación a la fornicación con animales…pero sin más especificaciones. Lo que no se entendió muy bien fue que, el padre Chitón, desvelara la obsesión del ponente por la ingesta de níscalos, enfatizando que lo hacía porque creía que resultaban muy convenientes para la potencia del pene. ¿Y? Se preguntó la señora marquesa “consorte” mientras miraba perpleja al “capo” de la “Obra”, hombre largo y enjuto, de cara oscura y que luce en la frente un vistoso eczema de forma circular y color magenta. El “capo”, por su parte, no podía dejar de pensar en la indeseable repercusión mediática de la pavorosa y devastadora diarrea.
En cierto momento, el ponente pareció superar aquella horrible sensación de ahogo escénico y un muy evidente estado de bloqueo psíquico. No movió, sin embargo,  un solo músculo de la cara, bueno, quizá alguno subepidérmico. Sin embargo se barruntaba un salto.
Desde hace un tiempo y agobiado por el continuo crecimiento de las  exigencias laborales: “un día de éstos van a ver…”, había sido uno de sus recurrentes y fantasiosos pensamientos (secretos), dirigido no tanto al “jefe”, al que nunca pudo ver el careto en persona,  como a los tiránicos “capataces de la Obra” a los que veía hasta en sueños y pesadillas; pues bien: el “día menos pensado” parecía llegado. Tras toda una vida marcada por “el sometimiento”, emergía una faceta diferente del temperamento, y de los razonamientos,  del que hasta ese mismo instante fue un  servicial, fervoroso y pío divulgador.








Sin previo aviso, de manera repentina y a grito pelado desde el atril, en medio del escandaloso fragor: exigió silencio. Para su propia sorpresa, todos parecieron sucumbir al imperativo hechizo de su potente grito. El caso es que, respetuosa e incomprensiblemente, fue obedecido por toda la concurrencia (en este punto conviene recordar que el personal arrastraba un gran desgaste físico ya que llevaba largo tiempo, gesticulando agresivamente, gritando insultos y amenazas y balanceándose violenta e infructuosamente, castigando espaldas y riñones, sin poder moverse un solo centímetro de donde estaban plantados, ni liberarse del pétreo cepo de mierda). Se abrió pues  un benigno paréntesis irreal donde reinaba el silencio. De tal modo que instaurada quedó una atmósfera de sosiego que respetaron hasta las moscas de uniforme verde; supongo que ya saben cuales. (Todo ocurrió en un instante, ya se sabe, las hadas hacen muy rápido las cosas). Todo adquiría una nueva dimensión. Fue como si el charlista, después de una larga amnesia, recobrara su verdadera identidad. Se encontraba en medio de un lago de mierda petrificada, solo. Sí, solo, aquellas bestias gritonas, que habían pasado de la entrega subyugada al más fiero de los ataques, no se comportaban con él, no ya como hermanos, sino ni tan siquiera como congéneres. Era la cabeza de turco, era un árbol caído y lo iban a hacer leña. Comprende, por fin, que los aborrece, que siempre los ha aborrecido; por su hipocresía, por su falta de escrúpulos teñidos de piedad cristiana; son caprichosos, cruelmente antojadizos: hoy te ensalzan, sí, como se ensalza a un lacayo pero te ensalzan, y con sutil brutalidad, mañana te derriban por la misma sinrazón.
Parecía que siempre había estado esperando ese momento, que la “cosa” estallaría de manera ineluctable. Iba a poner en práctica el arte de saber interrumpirse en el momento justo. Hasta entonces él era otro, y ahora había entrado en uno de esos raros momentos de júbilo que la vida concede muy de cuando en cuando. Primero procedió a aclararse el gaznate expectorando displicentemente a diestra y siniestra; a continuación se tocó los huevos, ¿ le picaban?, con procacidad, luego comenzó a hablar, por vez primera sin guión, en un tono neutro, como de megafonía de aeropuerto, pero firme:
“Mis queridos hermanos, dijo,  ¿qué he hecho que merezca la muerte?
¡He cumplido a rajatabla el "plan de vida" que, según nuestro beato marqués de Peralta, deben seguir los miembros de la “Obra”, incluyendo prácticas como la misa diaria, comunión, el rezo del ángelus, la visita al sagrario, la lectura espiritual, el rezo del rosario y las mortificaciones (uso del cilicio dos horas al día y de las disciplinas semanalmente).[]  ¡Acudo a las tribunas, me he chupado años haciéndolo, a obnubilar a la plebe y divulgar con eficacia y pasión, vuestras indecentes doctrinas y soporíferas consignas! ¡He difundido una imagen del mundo, tergiversada y sin ningún parentesco con la verdad, pero que casualmente se corresponde exactamente  con vuestros egoístas e insaciables intereses! (Un brillo especial e inaudito apareció en sus ojos, indicaba a las claras que en esos momentos se sentía dichoso, debía de ser la alegría del guionista que no ha sufrido la censura inquisitorial. No había guión previo, no había censura; pero era evidente que “aquello” ya estaba escrito, como suele decirse) ¡He utilizado las más tramposas técnicas de comunicación capaces de confundir y anular el juicio del oyente más pintado! ¡He grabado en el inconsciente de la grey, sin que se note, todas las indigestas majaderías acientíficas que venís predicando desde hace siglos para alimentar el sacro negocio! ¡He apuntalado con mi más brillante y persuasiva retórica todas las milongas infumables sobre las que asentáis vuestro muy manoseado y obsoleto discurso! ¡He tapado con mi erudición, las vergüenzas y mamarrachadas de vuestras demenciales y criminales bases doctrinales! No es que pretenda merecer el trato de un personaje de primer nivel de la “Obra”, sino algo pura y simplemente humano. ¡Cojones, si hasta he vendido estampitas de la supuesta virgen! …y en recompensa me queréis cortar la cabeza.
No se escuchó ni un carraspeo…hasta que estallaron las carcajadas.






Se solaparon “in crescendo”, en el espacio y el tiempo,  los dos estruendos, el de las escandalosas carcajadas histéricas de la concurrencia y el desplome de las robustas puertas de la sala que habían quedado bloqueadas por la capa mierda petrificada y que, en esos momentos, caían derribadas a hachazo limpio. Los miembros de seguridad de la “Obra” y los chóferes y guardaespaldas de las diversas autoridades, que como norma  solían estar matando el tiempo en la antesala, entraron en tromba en el salón y se dirigieron directamente hacia el punto de convergencia de las acusadoras miradas de sus amos: la tribuna del conferenciante. 
Sintió un golpe, el primero,  sordo y doloroso en la cabeza que lo derribó, luego, como envuelto en un violento tornado sufrió un completo y meticuloso apaleamiento: mientras la envalentonada y enardecida concurrencia jaleaba con ferocidad a los matones, le llovían los puñetazos, patadas en los riñones, rodillazos en la espalda, golpes con porras en las costillas y alguna demoledora descarga eléctrica en los genitales. Por fin, los “gorilas” decidieron dar por terminada la paliza.  Lo levantaron por el pelo, pero se volvió a desplomar y, semiinconsciente, lo arrastraron hacia el callejón trasero por la salida de emergencia. Lo habían machacado bien, lo dejaron en estado de shock. Ya en la calle, lo pusieron de pie, le torcieron los brazos por detrás de la espalda y le dieron un furioso empujón; ¡lárgate!, le gritaron. Se tambaleaba,  le castañeteaban los dientes que no había perdido, le temblaban las piernas, sintió cómo le resbalaba un chorro de orina caliente hasta los tobillos, le costaba mantener el equilibrio. Se vio rodeado por un abismo negro y vaciló; le dio un vahído y medio se sentó en el empedrado de la calle. Un hilillo de sangre le salía del oído derecho y tres o cuatro de la boca; dentro de su cabeza tronaba, a un volumen infernal, un órgano y un coro que cantaba un himno estremecedor …”Divino es el origen de la culpa”. No pudo sostenerse y se hincó de rodillas en medio de la acera. Uno de los “hermanos” con la bocamanga llena de galones, se le acercó y le ayudó a incorporarse: “recuerda”, le dijo, atenazándole por la nuca, “el señor juez está dentro todavía, lo digo por si no revientas y decides poner una denuncia por las caricias recibidas…en ese caso, yo que tú, le daría tiempo al excelentísimo a llegar al juzgado…¿capisci?”
El tiempo, finales de marzo,  era desapacible, frío y lluvioso; impropio de la estación. Extraviado, con dubitativos e imprecisos pasos deambuló por calles solitarias. Al pasar frente a un escaparate se miró, la imagen era turbia y el campo visual en el reflejo, muy limitado. Aquella figura que se reflejaba no parecía tener cara, en su lugar había lo que quedaba de un rostro hecho trizas, un amasijo de carne amoratada, hinchada, tumefacta y sanguinolenta; indescifrable, inescrutable para sí mismo.
El resto se lo pueden imaginar. FIN.

ELOTRO

(Este relato ha sido escrito, es un decir, con la inestimable ayuda (involuntaria, eso sí) de algunos escritores (a los que leía mientras tanto) cuyo nombre ahora mismo no recuerdo. Por supuesto, faltaría más, el único responsable penal de las sustracciones y del estropicio resultante es un servidor.)

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