viernes, 16 de diciembre de 2011

Del Hermitage al Prado








Han traído al Museo del Prado, un cacho del Hermitage. Según el catálogo unas 170 obras. Los que nunca fuimos a Leningrado, bueno, los “zaristas” la llaman San Petersburgo, que fue como la bautizó el zar Pedro I el Grande, tenemos ahora la posibilidad de apreciar de cerca algunas de sus joyas. Y hablando de “joyas”, una parte del cacho esta compuesta por piezas arqueológicas, armas, adornos, valiosas piezas de artes decorativas, orfebrería china e india…en fin, mucho oro, muchas piedras preciosas y esmaltes de colores expuestas en el interior de blindadas urnas de cristal. Esta parte de la exposición no la he visto; imposible acercarse a los brillantes objetos custodiados por manadas de señoras entraditas en años y con abrigos de pieles más o menos legítimas, muy peripuestas, recién salidas de la peluquería y armadas con el aparatito explicativo correspondiente. Solo se les escucha preguntar en voz alta, a las que se han apalancado en primera fila, cuál es el maldito número de la urna en cuestión.




Por mi parte he preferido dedicarme a la pintura, el dibujo y la escultura de las que hay estupendas piezas (desde el siglo XVI al XX) de los más grandes artistas. Aunque voy a empezar por denunciar la excepción. De mi admirado Claude Monet han colgado un cuadro cuyo título es, “El estanque en Montgeron”, que es una pintura de su época de aprendizaje, sí, de acuerdo, pero es mala de cojones. Es mala de composición, es mala de colorido, es mala de técnica pictórica, es mala se la mire por donde se la mire. Es tan mala que no puede ser una falsificación, con eso lo digo todo. Lo cual, por otra parte, es bueno para consolar a todos los que están tratando de aprender el oficio, cualquier oficio: ¡tranqui criaturitas!, hasta los más grandes empezaron cagándola.






De la pintura holandesa y flamenca nos han traído a Rembrandt, Hals y Rubens. Ni un mal dibujo, ni una mala pintura, ni un mal grabado, he visto en mi vida de Rembrandt. Y eso que dicen que un tercio de la obra que se le adjudica no es de su mano, sino del “taller”. En fin, aquí he visto dos esplendidas pinturas, una de su primera época y otra de su madurez. De Hals han colgado un retrato que es una lección de síntesis, de economía y de precisión pictórica. De Rubens un dibujo extraordinario. Y, antes de que se me olvide: hay en la muestra un magnífico dibujo de Watteau, que representa el rostro de perfil de una joven, que me juego lo que quieran que está copiado o de un dibujo o de una pintura de Rubens. Realmente curioso, para un pintor de un estilo diametralmente opuesto. Tiziano cada día que pasa es más grande. Su autorretrato con más de ochenta años del Prado es, para mí, una de las cimas de la pintura. El san Sebastian (ese pie izquierdo es una plasmación milagrosa) del Hermitage, de la misma época, es otra muestra extraordinaria de la culminación de la maestría pictórica del veneciano. Del tañedor de laúd de Caravaggio, qué decir, que no se haya dicho ya o que sí hayan dicho ya Les Luthiers. De su primera etapa sevillana es el Velázquez, las figuras todavía un poco apelotonadas, como aplastadas sobre el lienzo, sin ese aire circundante que no tardaría en convertir en marca de la casa, pero, lo realmente prodigioso, es el bodegón, la naturaleza muerta que introduce, y el juego que realiza con la sombra del cuchillo del primer plano, colocado en juguetón escorzo diagonal. Ya apuntaba maneras, el sevillano. En escultura, magníficas piezas de Antonio Canova y a destacar una terracota de Bernini, “Éxtasis de santa Teresa”.






Impresionante el paisaje crepuscular de Friedrich, como todos los suyos, pero este tiene un toque especial, muy bucólico, con las figuras de unos pastores colocados caprichosamente en la cima de un monte, a contraluz, en primer plano. Dos magnificas piezas de Matisse, según una visitante que me tocó en suerte, “dos birrias horrendas” en alto y claro; su masculino acompañante corroboró su juicio con una leve inclinación de la testuz. Las dos muestras del mejor Matisse, no pareció que se dieran por aludidas. Picasso, el de siempre, marcando territorio: Un desnudo cubista de la época de las señoritas de Avignon, impresionante. Una bebedora de absenta de su época rosa y un pequeño pastel de un golfillo con perro de su época azul. El famoso “Cuadrado negro” de Malevich, pasa completamente desapercibido para la inmensa mayoría. Y, como guinda final, el primer gran cuadro abstracto del pionero Kandinsky. Con estos cuadros del maestro ruso me pasa lo mismo que con los mejores de Willem de Kooning, me atrapan de tal manera que consiguen meterme dentro del cuadro. Unas veces me llevan, como en visita guiada, por la ruta del color, otras, por la de las formas; de pronto, lo que marca el camino es la textura de las pinceladas y a la vuelta de la esquina acabo persiguiendo la sombra de una música hipnótica que tira de mí y nunca logro descubrir de donde mana. La dicha de la ebriedad, de la que era un experto de Kooning, aunque el ruso, que tampoco despreciaba la priva, presumía de poder pintar cualquiera de sus abigarrados y coloristas cuadros vestido de frac, pulcramente, sin mancharse, como un sobrio y atildado mago. Qué vértigo de exposición, un paseo por cuatro siglos del mejor arte, en dos horas (¡Dos horas fuera del estercolero! Que se dice pronto).

ELOTRO
(El Hermitage en el Prado, hasta el 25/03/2012)

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