Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 22 de diciembre de 2011

Claudio de Lorena



 

 

Claudio de Lorena (1600, Lorena, noroeste de Francia) nació a comienzos del siglo XVII, por tanto contemporáneo estricto de Poussin, Rembrandt y Velázquez, entre otros destacados artistas que en estos momentos recuerde. A los doce años quedó huérfano de padres. Su hermano mayor, escultor, le inició en el dibujo. A los trece años, en Roma, entró al servicio de un pintor paisajista. Su periodo de formación continuó en Nápoles durante dos años, de 1619 a 1621, junto a un pintor alemán, Gottfried Wals, un extraordinario paisajista. Con veinticinco años realiza un viaje por Loreto, Venecia, Tirol, Baviera y por último su lugar de origen, Nancy (Lorena) donde durante año y medio trabaja como ayudante de Claude Deruet, pintor de la corte. Con veintisiete años regresa a Roma.

En Roma hizo amistad con Poussin, que estaba afincado allí. También contacta con otros pintores extranjeros especializados en el paisajismo. En 1630 pintó al fresco en varios palacios, sin embargo, quizás porque no la dominó o porque no le gustó, nunca en el futuro volvió a emplear esta técnica. Trepó en el escalón romano hasta un cardenal que le llevó hasta el papa Urbano VIII. A partir de ahí y durante toda su vida pintará para la nobleza y recibirá encargos de todo el continente. En 1636 realizó una serie de aguafuertes, “Fuegos artificiales”,  por encargo del embajador de España en Roma. También recibió un encargo de Felipe IV para el Palacio del Buen Retiro (¿tendría algún papel Velázquez?), ocho cuadros paisajísticos y de contenido iconográfico bíblico. Fallece en Roma en 1682.

 

 

Ambientaba sus panorámicos paisajes “idealizados”, de construcción “culta” e “intelectual”, con motivos religiosos (La Biblia) y mitológicos (Ovidio, Virgilio). Todas sus obras  procuran evocar un culto a la antigüedad, a unos mundos desaparecidos, al mítico y clásico pasado, transmitiendo, por medio del “ritmo” y el “equilibrio” una sensación de serenidad y placidez: con la luz, las figuras (siempre secundarias, pero quizás el elemento que menos dominó), la vegetación, la arquitectura… que conforman un escenario de belleza lírica, de perfección ideal.

El manejo de la luz en Claudio de Lorena, del mismo modo que hicieron sus contemporáneos, Rembrandt, Velázquez o Vermeer, eso sí, estos en escenas de interior, es la cualidad principal de su obra. La luz directa, o filtrada o difusa, el sol al atardecer o al amanecer o a cualquier hora del día se erige en el centro o el gozne sobre el que “funciona” la obra.

Todo lo que se pinta tiene su punto de apoyo en la luz. Es decir en la relación que tiene cada elemento con la luz que le toca o que le roza o que directamente le ignora.





Es la luz la que la que marca las sutiles graduaciones del cromatismo, su tonalidad, su calidez, su opacidad o su transparencia.
La luz crea y organiza el espacio, es decir ordena la composición y la envuelve, ofreciendo de ese modo una heterogeneidad de elementos “impregnados” de una luz “dispar”, múltiple pero que resulta homogénea a la mirada del espectador, es el hilo que hilvana las partes y desencadena una “pesada” unidad que ningún componente cuestiona. Menudo subterfugio, ese de la luz, y su sombra y su penumbra y sus brillos y sus contraluces y su media luz y su presencia rebotada o tamizada, o su insólita ausencia… subterfugio si, aunque rudimentario, solo al alcance de alguien que tenga luces…
Es esta compleja construcción de luces la que dota a la obra de ese “halo” de serena y equilibrada perfección “ideal”.





Lorena era un pintor que fantaseaba en las composiciones, que reordenaba la naturaleza, que recolocaba cada uno de los elementos en función de las necesidades “vitales” de la obra. Inventaba encuentros y disposiciones, pero cuando se trataba de cada uno de los elementos, un árbol, una columna, una nube, una barca, una piedra, un animal, una banderola, una cuerda… es entonces cuando aparece el genio, el currante infatigable de la observación directa de la realidad. Lorena se pasaba días enteros dibujando todo lo que veía en sus paseos por el campo, paseos éstos muy selectivos, muy dirigidos a la creación de un importante banco de datos que, en su momento, alimentaran con su precisa “realidad” la ideal perfección, de cada una de sus pinturas.
Ahí están sus dibujos a pluma, a sanguina, a carboncillo y sus magnificas aguadas. Tuve la suerte de verlos este verano pasado en París. La base documental “real” que sostiene la trama del artefacto “intelectual”, lleno de ínfimos detalles que le dotan de su incuestionable grandeza una vez que, en el orden “creado” por el artista, reciben su baño de luz y color, su soplo de vida. Que suena cursi pero es exacto.

Admiró y aprendió Claudio de Lorena, de maestros como, Tiziano, Elsheimer, Giorgione… pero su especialización en el paisajismo le colocó en la cima de ese género.



Todos los grandes pintores que, posteriormente, se  han dedicado al paisaje, hasta finales del siglo XIX, Ruysdael, Constable, el gran Turner descaradamente, Corot y no pocos impresionistas, tienen en sus obras algo de Lorena, y el que no, es que no ha entendido nada.
Aunque los detalles más prescindibles y el tono petulante son míos, lo anterior es un resumen “orientado” de Wikipedia. Y todo viene a cuento de una exposición sobre “Arquitecturas pintadas” que se celebra en el Museo Thyssen. Paseando por sus salas, en ese momento casi desiertas, y debo de reconocer que era la segunda vez que visitaba la exposición, he recibido una insensata punzada que me ha dejado sin aire y pasmado frente al cuadro “Puerto con Villa Medici” (1637) de Claudio de Lorena. Luego ha estallado la euforia.
Mi menda debe de tener días, como el reloj del gitano, porque si esa maravilla me pasó desapercibida en mi anterior visita, ese día al digital se le acabó la cuerda. Al lío, toda la gratuita palabrería de arriba, está majestuosamente plasmada “plásticamente”, en ese trozo de tela. En la ilustración que acompaña a este texto no puede apreciarse casi nada. Está ahí solo como referencia. He buscado en la red y no he hallado ni una sola muestra con un mínimo de calidad. El original está en Florencia, Galleria degli Uffizi. Ya sé que en el Prado tenemos ocho grandes obras maestras de Lorena, pero, ya les digo, esa pintura, realizada a la edad de 37 años, es lo más extraordinario que he visto de Claudio de Lorena. 

En Madrid hasta el 22 de enero de 2012.


ELOTRO


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1 comentario:

  1. Este cuadro y otros muchos, a menudo, nos pasan desapercibidos. Es mucha la oferta pictórica y nos hemos acostumbrado a ver, sin mirar. ¿Cuánto tiempo ha empleado cada pintor en pintar un cuadro? ¿Cuánto tiempo dedicamos a disfrutar cada cuadro?. Sería imposible pararnos a mirar cada obra para apreciarla debidamente y empaparnos de la maestría con la que los pintores saben vaciar sus ojos para plasmar sus impresiones en el lienzo, y así limpiar los vidrios de los nuestros para que encontremos registros nuevos.

    Así que: Gracias por individualizar este cuadro para que podamos disfrutar de él.

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