Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

martes, 29 de noviembre de 2011





No estaba sentado, en una silla fea y coja como la mesa, ante una vieja maquina de escribir Underwood. No sentía ningún terror paralizante ante el folio en blanco, ni tan siquiera ante el mazo de holandesas empaquetadas y depositadas incongruentemente dentro de una cestilla de mimbre sobre la desierta y polvorienta estantería. No poseía libros dedicados ni ediciones príncipe ni facsímiles ni viejos mapas ni antiguos manuscritos de propia mano o ajenos. No tenía a la vista viejas plumas de ganso o estilográficas ni soldaditos de plomo descascarillados  ni amuletos africanos desgastados. No tenía una negrísima piedra volcánica, regalo de un viejo amor, que hiciera la función de pisapapeles. No había a mano ningún diccionario. No los utilizó nunca, no tenía necesidad, decía. No había en las baldas ninguna foto enmarcada, o simplemente clavada en la rústica pared con chinchetas, de sus escritores favoritos. No confesó nunca su especial predilección por ninguno. No utilizaba cuadernos de apuntes, ni hojas sueltas ni servilletas de cafetería ni molesquines con gomita. No había dado, en los albores del día, el saludable paseo por el pinar cercano para despejarse, ordenar sus pensamientos y tratar de aclarar conceptos preliminares de la obra. No le gustaba andar, ni mucho menos madrugar. No penetraban las primeras luces del alba por la ventana con vistosos visillos situada a su izquierda, la que acostumbra dar al jardín. No estaban abiertas las contraventanas, no había jardín siquiera, era solo un arenal yermo poblado de escolopendras y en un estado de abandono y suciedad deplorable. No reinaba en la lúgubre estancia ningún silencio ni mucho menos sepulcral, había un chocante y enigmático trajín de ruidos,  a aquella hora tan temprana, que tampoco lo era tanto. No había tonos anaranjados ni violetas colgados sobre el horizonte porque no era la hora y porque esa región era la residencia permanente de los cielos grises y tristes. No dormía, ella, con una enorme y gastada camiseta de él como pijama, en el dormitorio de arriba. No, la dacha constaba solo de una planta baja, sin buhardilla ni doblao y también carecía del típico  sótano con bodega. No, tampoco había “ella” y él de siempre solo utiliza camisetas tipo “imperio” de tirantes y gayumbos largos, blancos, un conjunto anti-lujuria. No se veía ningún cenicero rebosante de colillas retorcidas y apestosas. No fumaba. No bebía alcohol, así que ya se pueden imaginar que no había botellas vacías ni de ginebra ni de  bourbon ni de güisqui artísticamente esparcidas por el suelo. No había comodidades en la casa, por decirlo de forma benevolente, aunque él no era para nada ni espartano ni austero. No tenía una idea precisa de qué quería escribir, ni resaca que le inspirara o le bloqueara, de hecho él era el único de la cuadrilla que nunca dijo que la escritura sería lo único que podría dar sentido a su vida. No era poeta, tampoco hacía versos con sus experiencias o sus excrementos. No era especialmente quejica ni llorica, al menos en público. No sentía ninguna necesidad de darle sentido a su vida, sabía que no lo tenía y no creía, además,  necesitarlo. No quería una vía para conocerse a sí mismo, no más; no se caía bien; no necesitaba matar a su padre ni vengarse de su madre ni humillar a su ex ni avergonzar a su cuñada ni buscar explicaciones al absurdo de la existencia. No creía que en el hecho de escribir pudiese encontrar el menor consuelo. No le interesaba la vida de los demás ni el más allá ni otras geografías exóticas ni otras zarandajas, así las calificaba,  por el estilo. No quería que le quisiesen los demás en general. No se sentía nada, y menos escritor. No tenía ninguna ambición literaria. No había sido ni era escritor. No sabía qué cojones hacía allí, o qué o quién lo había arrojado allí, en ese extraño, tedioso y aburrido lugar…
Yo tampoco sé, ni deseo saber, qué lugar era aquél ni por qué escribí ésto. No, no lo sé, y no padezco por ello, aunque sospecho que…

ELOTRO

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